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The Haunting of Hill House: Cuando el drama es la clave para el terror

Puede que el cine de terror sea el género más arriesgado de producir actualmente. Y es que no son pocos los espectadores que acaban decepcionados, afirmando que ni lo que han visto da miedo ni la calidad de las tramas es suficiente como para atraparles lo más mínimo. Poco se innova en este género y lo más seguro es tirar de remakes de viejas cintas de aclamado éxito.

Doble de mérito tiene esta serie, ya que precisamente tiene como origen una película que fue duramente perseguida por la crítica: ‘The Haunting’ (Jan de Bont, 1999).

‘The Haunting of Hill House’ podría ser catalogada como una especie de adaptación de la novela homónima de 1959, escrita por Shirley Jackson; sin embargo, pocos elementos permanecen intactos, haciendo malabares con aquellos que pudieran aportar la innovación que ha supuesto esta serie en el panorama actual de ficción de terror.

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Una obra aplaudida incluso por el genio de la literatura de terror, Stephen King, algo bastante complicado teniendo en cuenta su habitual nivel de exigencia en cuanto al género y que la novela se encuentra entre sus preferidas.

Como toda obra de terror, la estética bebe del Expresionismo y si hay algo que destaca en términos visuales es el aura de bruma, lo aséptico, frío y la tonalidad turquesa que recuerda a la putrefacción de la carne o el rigor mortis perceptible en los cadáveres.

La puesta en escena es uno de los platos fuertes, respaldada con un tremendo presupuesto que la pone al nivel de cualquier blockbuster. La construcción de decorados es clave en la Dirección de Arte, aportando ese toque barroco y sobrecargado, con planos generales que inciden en la simetría y lo majestuoso de una mansión que funciona como otro personaje más y cuya misión es absorber a sus invitados.

¿Cómo no va a ser una obra maestra una serie que se vendió y construyó en base a la planificación del episodio 6? Un episodio compuesto únicamente con 5 planos secuencia, en los que la coordinación y coreografías tanto de equipo técnico artístico no podían permitirse cometer un solo fallo. El trabajo de Mike Flanagan es impecable, contando además con el reto de dirigir a un grupo de jóvenes actores que aumentan el riesgo de obtener un buen resultado al realizar una serie tan completa.

Más allá de los elementos visuales, lo que hace de esta serie un punto y aparte es utilizar los elementos comunes del Terror y afinarlos sutilmente.

La serie juega en todo momento entre los umbrales de la realidad y la alucinación. El concepto que acuña Steve a los sucesos prenaturales permite al espectador no tener del todo claro si lo que ven los personajes es real o fruto de trastornos psicológicos. Juegan personajes escépticos y, a su vez, personajes sensibles a materia espiritual. Cada suceso paranormal puede ser justificado con bien el consumo de drogas o la parálisis del sueño. Esa duda queda en el aire, aunque la idea sobrenatural siempre será una opción más atractiva.

“Hay fenómenos naturales que entendemos y otros fenómenos naturales que no. Antes, la gente moría de miedo durante los eclipses. No sabían lo que eran. El ojo de un Dios maligno, un espíritu maligno… Aunque poco tienen de sobrenatural, en cuanto entendimos el fenómeno pasaron a ser naturales. Prefiero llamarlo “prenatural”, un fenómeno natural que todavía no entendemos.” Steve Crain.

La vida y la muerte como eje central de la historia. Mostrar la muerte tal y como es, sin adornos ni eufemismos. Cuando estamos en una sala de tanatorio el difunto no parece que está dormido, es lo que nos gustaría creer. Al igual que ellos han de enfrentarse a ella, nosotros también.

El propio formato condiciona la ventaja. Podemos hablar de una treintena de películas de terror, pero pocas producciones han apostado por crear series del género que no sean antologías o se alejen de clichés sobreexplotados. Y es que si ya es difícil mantener la tensión y el terror en el espectador durante 90 minutos, ¿cómo vas a construir unas tramas que lo consigan alargar a 10 capítulos?

Mike Flanagan ha dado en el blanco. ¿Cómo? Construyendo el terror en base a la trama dramática. El terror pasa a un segundo plano, convirtiéndose en un valor añadido en favor del desarrollo de los personajes y sus relaciones. La información se revela progresivamente gracias a la estructura temporal. Cada episodio habla de la experiencia vivida por un personaje, mezclando sucesos actuales y de la línea temporal pasada.

Si estas condiciones son efectivas es porque sirven como herramienta de refuerzo de los cimientos de ‘The Haunting of Hill House’: Una familia rota después de una tragedia, en un contexto en el que lo importante es saber qué pasó para entender qué pasará. Personajes con taras que derivan de un trauma que están dispuestos a echarse en cara. Nada que no recuerde a una familia normal y corriente, añadiendo un componente sobrenatural. Lo que aporta el suspense precisamente es la intriga de resolver el puzle, que las piezas encajen y todas las líneas temporales confluyan.

Cada uno carga con su lastre, un conflicto interno que hace la función de obstáculo. La reconciliación consigo mismos y con el mundo ha de llevarse acabo para resolver el enigma que esconde una mansión que parece quererlos asimilar como su propio alimento.

Todo esto conseguido gracias a un rompecabezas perfectamente armado, un casting increíble y una dirección de actores brillante teniendo en cuenta el número y la corta edad de los más pequeños.

Amigos del Terror, no busquen en ‘The Haunting of Hill House’ una serie que utilice los jumpscares para cagarte de miedo cada 5 minutos. Por favor, dejen a un lado las exigencias y siéntense a ver sin prejuicios, sin duda, una de las mejores series de 2018.

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