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TENDENCIAS BY FÉLIX MOLINA

bukowski

Regresa félix Molina con su itinerario de autores de EEUU… Le escuchamos -j re crivello

Un asceta del vodka 7

A propósito de El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco. Charles Bukowski. Anagrama: Barcelona, 2000 [Ilustraciones de Robert Crumb]

La penúltima singladura del Charles más maldito en lengua inglesa –siempre será la penúltima mientras haya un maravilloso baúl sin fondo de donde tirar– nos coloca frente a un Bukowski distinto, un boxeador (esto no es nuevo) puesto contra las cuerdas de la vida y el tiempo y sumergido, desde las primeras páginas de esta explícita autobiografía, en un jacuzzi (esto sí lo es) que lo incomoda. Símbolo de la traición a una época en que el catre maloliente era un trono, las aguas tranquilas y residenciales de este Bukowski no nos ocultan sin embargo esa pasión nihilista del autor de La senda del perdedor, formulada a veces de una manera bella y desesperada: “el mejor lector y el mejor humano son los que me recompensan con su ausencia”; “la muerte… es una farsa. No queda nada que pueda morir”.

En esta agenda necesariamente impresionista y reducida (cabe pensar si su génesis no está en la práctica del autor frente al procesador de textos de su primera computadora), Bukowski el viejo se propone narrarnos una parcelita de su vida que va de agosto del 91 a febrero del 93, y que vino a resultar fatal y decisiva, aunque, como siempre, lo que nos impacta es la espontaneidad adolescente de un vozarrón que se muestra desafiante y afirmativo.

Con un Bukowski que abandona –con moderación– la bebida por un jardín de hipódromos que se bifurcan y se fascina ante la pantalla del ordenador o las 5000 hojas de papel de impresora por llenar, el lector puede emocionarse al comprobar que a esas alturas de curso todavía se encontraba el maldito con rechazos del Oxford American, o ponerse al tanto de sus filias (Mahler, D. H. Lawrence) y fobias (Tolstói y, ¡por supuesto!, Shakespeare). A medias siempre entre el artista vano que no duda en proclamarse el centro de la turbamulta de los 25000 asistentes a un concierto o el genio humilde que se declara escritor profesional solo a veces, es este un Bukowski que no desaprovecha la ocasión que le ofrece el destellante y primitivo wordperfect para reflexionar sobre la utilidad del arte (“las palabras no como algo precioso, sino como algo necesario”) o detenerse en la tierna contemplación de su esposa y sus gatos.

Todo en esta edición española a punto de cumplir los veinte años es, por otra parte, memorable. La traducción de Roger Wolfe está mejor modulada de lo que se acostumbra con el autor. Las ilustraciones de Robert Crumb, genio del viñetismo sucio, impagables. Sólo cabe imaginar una hipotética biblia bukowskiana manchada con el carbón realista y puñetero de este Miguel Ángel contemporáneo y claustrofóbico hasta la extenuación.

Bukowski es la soledad, es el camino (del perdedor), pero también la afirmación, ese grito descarado de un Blas de Otero en medio de la oscuridad y el silencio de Dios o del mundo. Asceta de una lucidez incurable –y casi siempre beoda–, Bukowski no duda en valerse cuando le entra en gana de la crítica de la sociedad norteamericana, como en el final demoledor de La senda del perdedor, en la lazarillesca peripecia de Cartero o en la caricatura de Hollywood. Pero la crítica que verdaderamente le interesa es la de la sociedad del hombre, de ese uno más uno humano que, con demasiada frecuencia, acaban siendo dos a base de una buena somanta de palos. Sus historias (las de Música de cañerías, por ejemplo) están llenas de hombres que son lobos para el hombre, pero también de una imposible autobiografía, a horcajadas siempre entre el hastío de todos y de sí mismo y un humorismo encantadoramente perverso y desesperado. Como si Woody Allen se hubiese emborrachado de veras y –por un instante al menos– se hubiese olvidado de los divanes de sus psicoanalistas y sus devaneos hipocondriacos.

Pero si hay un temperamento afín al de este maldito este es, sin duda, el del filósofo moral, el del contemplativo. Desde su atalaya de vino barato y vodka con gaseosa, Bukowski se nos propone, bajo la especie de la paradoja, como uno de los moralistas más auténticos del milenio que se acababa. Atrapado en su improvisado mostrador de bar (trasunto de la celda ascética) y sin otra vestimenta que sus lechos húmedos y sus eternas madrugadas, se atreve a llamarnos idiotas porque lo primero que hace, con toda honestidad, es darle la vuelta a aquel espejo del realismo decimonónico –ese que nos esperaba en medio de la calle– y colocárselo delante de la misma cara, donde las verrugas que sangran o se hacen mayores antes de tiempo son siempre un accidente peligroso.

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