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“Si te maquillas eres tonta”

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Desconozco el autor/a de la foto, si alguien la sabe favor de compartirlmela.

Cuando iba al kínder, todas las mañanas mi mamá me rociaba un spray en el cabello y me ponía una pinza para hacerme un copete. No sé de dónde venía esa moda, pero yo disfrutaba ese ritual de estar frente al espejo y mirarnos a las dos, con pinzas en la frente,  enmarcadas en una especie de fotografía.

Después mi hermana mayor tomó su lugar. Un tiempo no nos llevamos bien, pero mientras hacíamos aquel ritual, el gel, las cepilladas, los brochazos y el perfume que me ponía eran las palabras cariñosas que no me decía o las caricias que a veces no nos dábamos.

Cuando estaba en el último año de secundaria, mi hermana me enseñó a maquillarme, y recuerdo  esa alegría de estar con ella frente al espejo, como cuando mi madre me peinaba. En ese entonces recuerdo que ya escuchaba, y yo misma empezaba a creer en esos juicios de que “si te maquillas eres tonta” “es mejor ‘al natural’ ” o si te ponías cierta ropa eras “una fácil”.

Cuando estaba en preparatoria me enfrenté a aquello de la identidad, tuve una disputa interna de si peinarme, vestirme de cierta forma o maquillarme eran banalidades o no, de si encajaba con mi gusto por cierta música o el estilo de los hippies.

¿Delinearme los ojos borraba las líneas de los libros que leía? ¿El rimel nublaba mi visión crítica? ¿El rubor tapaba mi  inteligencia? ¿El labial me hacía hablar tonterías? ¿Si no me maquillaba entonces era fea? ¿Si me maquillaba era porque no me aceptaba? ¿La cara lavada me hacía más humilde?

Ayer leí una frase de Walter Riso que dice “ someterte ‘al que dirán’ es una forma de esclavitud socialmente aceptada” desconozco el trabajo del autor, pero esas palabras me trajeron todos estos recuerdos, porque esos pensamientos de si soy superficial o no me hacían sentir encerrada.

He pasado varios años de mi vida luchando contra lo que me gusta por encajar en estereotipos añejos y rancios.

Hace poco una amiga, que conocí en un máster que tiene que ver con moda (algo que nunca creí atreverme a estudiar),  me invitó a ser su modelo de maquillaje. El día que asistí me sentía como niña. Mientras estaba siendo maquillada me di cuenta que esa sensación era como la de estar en casa. Me reveló los años que he evitado hacer esos rituales que me hacían sentir amada y procurada por mi familia.

Porque cuando me siento sin ganas, apática o hasta triste, maquillarme, peinarme o ponerme cierta prenda me traen una energía inexplicable, me llevan a esos momentos frente al espejo con las mujeres que me criaron. No me hace más tonta ni más inteligente, sólo me hace vivir un momento alegre que guardo en mi mente como una fotografía instantánea.

Y ustedes ¿han dejado de hacer algo porque se sienten juzgados?

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