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Seamos cursis, pero a rabiar

No para de llover. También hace algo de frío. ¿Quién me lo iba a decir? Agosto está siendo un mes algo raro. Las gotas atizan el asfalto y corren hasta los sumideros. Ni quiera se despiden. Ni siquiera te saludan. Quizás me recuerdan a los minutos. Al fin y al cabo, ambos son dos estúpidos nunca tienen tiempo para nada.

Septiembre está a la vuelta de la esquina. Casi lo escucho gritar todo lo que empieza y todo lo que aún está por hacer. Las días comienzan a ser cada vez más y más cortos y la oscuridad de la noche se abre paso sobre las nueve, hora en la que salíamos a correr o a pasear al perro cuando todavía estábamos en julio. Verano, te estás yendo. No entiendo por qué no te quedas un poquito más.

Y ahora que estoy aquí, en una de las cafeterías más transitadas de toda la ciudad, ahora que veo a la gente correr de un lado hacia el otro, protegiéndose de las lágrimas del cielo; pienso en lo filantrópico que suena – y que es– todo esto que acabo de decir. Qué le voy a hacer. A veces me da por ser cursi. Y digo a veces porque quien me conoce (aunque solo sea un poquito) sabe que San Valentín no es mi día favorito del año. 

Soy de esas personas que prefiere los días nublados, las luces grises y las aguas cristalinas. Soy una romántica millennial. Con ese adjetivo que tanto nos gusta decir a la masa y que tanto emplean últimamente los medios de comunicación. Parece que todo es más cool si lleva un ‘millenial’ detrás.  

Sin embargo, esta vez voy a salir en defensa de la cursilería. Porque no creo que ser cursi sea mostrar especial devoción hacia ideas que relacionan al amor con algo exclusivamente tradicional. Para mí, ser cursi tiene que ver con la franqueza, el edén y la confianza. Sobre todo, con la confianza. No somos nadie si no confiamos. En algo o en alguien. Pero necesitamos confiar. Nos volveríamos locos de no poder hacerlo.

Hay varias formas de ser cursi. Hollywood, ¡deja de hacernos daño! Porque para ser cursi no necesitas ser un amante empedernido del color rosa, de las comedias románticas o de Ryan Gosling (aunque, ¿a quién no le gusta Ryan Gosling?).

Ser cursi se parece más a la idea de levantarte temprano para correr por la playa, desayunar en camisón mientras lees las últimas noticas o ir a dar de comer a los patos. Ser cursi es dejarte caer por los parques al atardecer, ver a las parejas sentirse como en casa mientras escuchas algo de Michael Bublé y tomar una copa en algún pub taciturno que tenga la opción de ver a la gente caminar. Ver ‘Los Miserables’ y llorar con el solo de Hugh Jackman en la canción ‘Bring Him Home’; o pasarte horas y horas deambulando en algún museo con algo ópera de fondo. Eso, o escribir en una cafetería mientras llueve, más o menos como hoy.

Aunque ser cursi también es tener una conversación interesante, mañana, tarde o noche; olvidar que tienes un aparato del demonio que se llama teléfono, y quedarte hasta las tantas trabajando porque una amiga/o/e necesitaba tu apoyo. Pensar en la Navidad y que de repente te venga un leve aroma a mazapán, en el verano y que de repente todo el mundo huela a playa, e ilusionarte porque alguien con quien hace tiempo que no hablabas se acuerde de ti.

En definitiva, ser cursi se parece a vivir. Pero sin prisa, sin preocuparse por los dramas que puede que no vengan y, sobre todo, sin hacer la puñeta a los demás.

La vida ya es demasiado ácida. Echémosle algo de azúcar.

Seamos cursis, pero a rabiar.

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