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Reina de paz

En una tierra grande, una zona del cielo desierta donde nunca ha estado ni estará el hombre, vivían dioses. Eran más de cien o más de mil. Todos regidos por la mano de Fá, reina de paz. 

Comían peces, frutas dulces e insectos que chorreaban de las criaturas amontonadas en las orillas del río plateado que perimetraba el pedazo de terreno. Mientras Fá, madre y protectora, evitaba el colapso del mundo. Un mundo creado por uno de sus hijos en una tarde en la que, colapsada de aburrimiento, comer criaturas de mar y entonar cánticos angélicos no fue suficiente.

El trabajo de la madre era prolijo. Antes de que recordemos la vida como ahora, el paraíso era las nubes y aquí. La quietud, la serenidad, la empatía, la humanidad también era aquí.

Fotografía por Gerardo Menoscal. Modelo: Gabriela Gonzáles, en blusa vestido de Veralover. Pendientes de Veralover. Maquillada por Paola Veléz y peinada por Gisella Bardi. Dirección de arte, conceptualización y estilismo por Jeffrey Veliz.

Hasta que una tarde, de pie al borde de su tierra desierta, Fá —como a veces lo hacía su hijo, quien lo había edificado todo— no pudo evitar mirar hacia atrás y notar la tranquilidad de todos al cantar. Ver a sus protegidos alzar vuelo, dar cinco vueltas y descender para mirar a la izquierda, rascarse un poco la sien y el tedio, ver a la derecha y divisar jardines rojos a los lejos. Extender sus alas, alzar vuelo y otra vez dar cinco vueltas. Efecto colateral de la existencia desconocedora del caos. 

Quería conocerlo. Conocer el fallo de su labor como cuidadora. 

Los humanos podrían ser el ensayo, pensó. Que sembrar el caos para luego cosechar paz: su reinado, era lo que necesitaba para alejar el hastío, concluyó. Sus alas negras, hirientes, corrosivas se ampliaron sin disculparse mientras sus ojos intactos y devotos extrañaban desde ya a la pureza que había perdido.

Fotografía por Gerardo Menoscal. Modelo: Gabriela Gonzáles, en blusa y saco de Veralover. Alas de Pelucas y Postizos. Maquillada por Paola Veléz y peinada por Gisella Bardi. Dirección de arte, conceptualización y estilismo por Jeffrey Veliz.

Y luego la guerra entre las ciudades sumerias de Lagash y Umma hace 4.500 años comenzó y persistió por algo más que un siglo. Y la invasión a Polonia en 1939 ocurrió y la sacudida del piso en Haití ocurrió. E ISIS ocurrió. Y el corazón, transparente y sin necesidad de protección, palideció.

Todo desde que Fá pasa sus días al borde de esa tierra que ya no ve, pero que cuida, aún, para siempre. Todo desde que la humanidad siguió los pasos a su reinado: buscar paz luego de quemarlo todo. 

Ahora sus hijos solo le ven la espalda, sin saber lo que hace, mientras ella se despega del suelo revoloteando, se sienta, se arquea y luego afianza sus pies a la tierra y las manos con flores incrustadas en sus poros le bailan. Ácida y benévola, dura como el carbino y delicada y fina como el ala de una mariposa; adorable con nosotros, como la impresión de ver el mar por primera vez y cruel con nosotros, como la amargura de la vida cuando se aburre.

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