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Reconocernos en lo elemental: La integración en América Latina .

La integración económica en la región nació y se desarrolló tutelada por las ideas presentadas por algunos intelectuales procedentes fundamentalmente de la CEPAL y por el empuje técnicos de equipos nacionales y regionales, sin el compromiso estructural de sus élites políticas. Estas, con contadas excepciones, han mostrado su incapacidad para captar los grandes problemas de la región y desarrollar soluciones compartidas de largo plazo.

A los proceso de integración en la región se le sigue asignando una baja prioridad en la formulación de políticas nacionales. La adopción de normas comunitarias escasamente es precedida de la reflexión sobre el impacto que podrían representar para las posibilidades de desarrollo de los países que la adoptan. Siempre estará presente el recurso de los incumplimientos y los diferimientos con los compromisos adoptados. Las elocuentes declaraciones emanadas de las reuniones presidenciales son seguidas, invariablemente, por innumerables reuniones técnicas que tratan de compatibilizar con la realidad los compromisos adoptados en esas cumbres.

Se pudiera argumentar que esta ni fue, ni es, la situación de los últimos años donde los procesos de integración económica se han visto arropados por la intervención directa de los presidentes de la región. Sobre este particular los resultados están a la vista. La construcción de “paradigmas no compatibles” dibuja hoy una compleja cartografía de la integración en América Latina.

México y los países centroamericanos continúan orbitando cerca de los intereses de los Estados Unidos donde han encontrado innumerable obstáculos para el desarrollo de una agenda propia, sobre todo durante la administración del Presidente Trump.

Colombia, Chile, Perú y México procuran alcanzar ventajas tempranas en los mercados de la cuenca del pacífico para lo cual crearon su propio esquema de integración de corte pragmático y liberal (la Alianza del Pacífico).

En el Mercado del Sur (Mercosur) se busca culminar la etapa de transición que se gestó luego de la “suspensión de Venezuela”. Su fin es pasar del esquema de integración pos-liberal, practicado hasta fechas muy recientes, a un esquema que los devuelva a los orígenes de “regionalismo abierto” de los primeros años.

Mientras tanto la coincidencia de gobiernos con pensamientos políticos similares en Argentina, Brasil Colombia, Chile y Paraguay, junto a Ecuador y Perú, terminaron por dinamitar las endebles bases de la UNASUR. Entre ellos se volcaron a proponer un nuevo proyecto de integración regional (PROSUR / Foro para el Progreso de América del Sur) creado al tiempo que criticaban los excesos ideológicos de la UNASUR. Las coincidencias ideológicas de estos países tampoco proporcionan bases muy estables a esta nueva propuesta de integración.

Bolivia, Cuba y Venezuela se mantienen fieles a sus postulados de integración anti sistémica mientras que Uruguay parece orbitar en un terreno que procura las coincidencias pero en la práctica se muestra más inclinado a la reminiscencia de la integración guiada por principios ideológicos de los últimos años. En este grupo debemos anotar que Bolivia es, de los tres países, el que más pragmatismo ha mostrado.

Al margen siguen existiendo viejos proyectos como la Comunidad Andina y la ALADI que procuran sobrevivir a este caos ensayando procesos de reingeniería que les permitan sobrevivir a los nuevos tiempos, mientras que el Grupo de los Tres (Colombia, México y Venezuela) desde hace un tiempo fue degradado a un Grupo de dos (Colombia y México).

El sentido común parece aconsejar que en la actual coyuntura es imposible avanzar en un proyecto de integración regional. Desde la izquierda se sostiene que es inadmisible cualquier emprendimiento con países dirigidos desde los Estados Unidos mientras que, los gobiernos liberales invitan a participar en sus nuevos proyectos, siempre y cuando se suscriban todos sus postulados.  

Pareciera entonces que estamos condenados a esperar mejores tiempos, hasta que se alineen las expectativas y los condicionamientos ideológicos. Una alineación de planetas de izquierda, como pasó en los primeros quince años de este siglo en la región, o más recientemente con la coincidencia de gobiernos liberales.

En el pasado el paradigma de la “sustitución de importaciones” impulsó la creación de la ALAC; con el de la “industrialización” encontramos el surgimiento de la Comunidad Andina y el de la “inserción competitiva en los mercados internacionales” impulsó la aparición del Mercosur y la reactivación de la CAN. Hoy podríamos afirmar que las meras coincidencias ideológicas del pasado reciente sólo han contribuido a introducir falsos dilemas. Pudiéramos calificarlos como “falsos paradigmas” que en lugar de ayudar han entorpecido el trabajo de años. Tanto los esfuerzos de aferrarse a los viejos esquemas dirigidos por las consignas anti sistémicas, como fundar nuevas propuestas basadas en la imposición de agendas están condenados al fracaso.

No obstante, creemos que aún en medio de esta coyuntura es posible avanzar. Esto lo podemos hacer si retomamos el sentido común de los planteamientos iniciales y rebajamos nuestras exigencias y expectativas.

No es la hora de complicarnos con grandes proyectos. Basta con proponer metas razonables para alcanzar la confluencia de todos nuestros mercados en una gran zona de libre comercio con reglas mínimas de funcionamiento. La libre circulación de nuestras mercancías, procedentes y originarias, no sólo es una antigua aspiración sino también un proyecto al alcance de nuestras manos. Esto es perfectamente realizable al margen de los códigos ideológicos que asumamos. Es, además, una idea con la que nos comprometimos desde los años sesenta con la fundación de la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (A.L.A.L.C).

No desconocemos las dificultades técnicas de tal propuesta. Tampoco desconocemos las posibilidades de triangulaciones que se presentan en una zona de libre comercio que no se proponga avanzar en la coordinación de otras áreas. Sin embargo esto es mejor que las alternativas que se presentan. Por un lado, esperar a que mejoren los tiempos. Esto podría llevarnos años. En segundo lugar también es posible forzar los acercamientos condicionándolos a que cada país adopte nuestro propio esquema. Esto, además de requerir de un aparatoso proceso de negociación tampoco parece razonable en el corto plazo. Finalmente siempre es posible que cada país se acerca al bloque con el que más se identifique, apostando más adelante por la convergencia. Esto, por demás, es una vieja aspiración que jamás hemos podido concretar. Insistimos. Ninguna de las alternativas descritas es superiores a rebajar nuestras expectativas. Debemos volver a reconocernos en lo elemental antes de aspirar a la complejidad.

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La integración en América Latina: reconocernos en lo elemental. by Marcos Martinez Vera is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.
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