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¿Qué es una imouto?

El título de este artículo parece exigir que respondamos con una obviedad: todos los fanáticos del anime, sin importar cuántos años llevemos inmersos en este pasatiempo, hemos aprendido que 妹 significa “hermana menor” en japonés. Forma parte de esa inmersión inconsciente en el idioma que hablan nuestras seiyuu favoritas. Bajo este supuesto, la pregunta que planteamos se resuelve de manera sencilla: recurriendo al diccionario o consultando a Google Translate. Incluso, en el proceso, podemos enterarnos que el radical 未 (“to”) al final del kanji de imouto hace referencia a seres u objetos inacabados, incompletos, inmaduros (atributos que asignamos con frecuencia a los niños pequeños, a quienes concebimos como “menores” o “dependientes”).

Sin embargo, el lenguaje opera con mayor complejidad: el sentido “recto” de una palabra es apenas la punta del iceberg (aquello que los lingüistas llaman “denotación”). Existe una capa más profunda, sumergida en la mente del hablante, donde se combinan las metáforas, los dobles sentidos, las evocaciones y las referencias culturales. Ese agujero negro se denomina “connotación” y está constituido por todas las imágenes que asociamos con determinado vocablo. Por ejemplo, el término idol, en inglés, tiene un significado para el usuario común y corriente de la lengua, pero para los aficionados al moe adquiere un sentido especial porque lo vincula con diversas series, personajes, modismos, conductas e incluso estilos de música. Ocurre igual cuando escuchamos o leemos la palabra imouto: el hablante japonés promedio la emplea cotidianamente para nombrar a su “hermana menor”, pero el sucio, pervertido y maloliente otaku relaciona ese mismo sustantivo con un conjunto de tópicos, de clichés, de cracterísticas tan arraigados en la historia reciente del anime que despierta en su conciencia un tipo distinto de estímulos. El erotismo, pero también el culto a la lindura, la atracción que ejercen los tabús y ese afán tan masculino y paternal de proteger a los inocentes, se combinan para construir una definición novedosa de la imouto, ajena al campo semántico de la familia, y más cercana al ámbito del deseo.

La imouto fetiche

La imouto es ahora un fetiche y cuenta con su propia tipología, aunque predomina la variedad, caso extraño porque, cuando hablamos de arquetipos o estereotipos, lo habitual es encontrarnos con moldes fijos; en cambio, al pasar revista por el extenso catálogo de imoutos que pueblan el universo 2D desde los primeros años de este siglo, tanto en anime, manga, light novels, visual novels, descubrimos que no existen patrones predefinidos. Personajes tan disímiles como Kobato Hasegawa, Kirino Kousaka, Komachi Hikigaya, Mikan Yuuki, Kotori Itsuka o Tsukihi Araragi pertenecen a esta categoría, pero cualquier esfuerzo por hallar un factor común parece condenado al fracaso, excepto por un elemento tan obvio que resulta elemental: todas las chicas mencionadas son hermanas menores del protagonista. Por ende, para definir a una imouto, la clave reside en su función dentro del relato (como objeto de deseo) y la dinámica que establece con su contraparte masculina: el onii-chan. Para que surja una hermana menor, debe tener un hermano mayor. Una imouto hija única es una contradicción, un sinsentido: es necesaria la presencia del aniki para establecer una estructura dual. Esa relación entre hermanos le otorga al personaje su carnet de pertenencia al club de las imouto y perfila sus acciones. En efecto, si tomamos como referencia el género harem, la hermanita menor es la heroína que conoce mejor al galán de turno: conviven a diario en casa, se bañaron juntos cuando eran niños, compartían sus juguetes, veían los mismos dibujos animados, han compartido la niñez, la pubertad, la adolescencia. Ni siquiera la amiga de infancia, la osana najimi, es capaz de competir contra la imouto y, valgan verdades, ninguna se atreve y cuando cometen ese error, lo pagan caro.

En resumen, las hermanas menores son figuras recurrentes del erotismo, una fruta prohibida, cubierta por un halo de pecado. Las alusiones, a veces oblicuas, pero también desinhibidas, al incesto permiten jugar, dentro de la fantasía que proporcionan las historias de ficción, con aquello que podríamos calificar como “impulsos fronterizos”, es decir, esos ímpetus irracionales por quebrantar las leyes y dejarnos arrastrar por las fuerzas del eros y thánatos. Erotizar a la hermana menor es un tabú, una prohibición arraigada en muchas culturas desde tiempos ancestrales, pero tan fuerte como las normas sociales es la tentación de desobedecerlas: el peligro es excitante, y nada genera mayor expectativa sobre un relato de ficción que someter al personaje a situaciones límite. Suele calificarse esta tendencia como morbo y, aunque no pretendo negarlo (recordemos, por ejemplo, la escena de Araragi “cepillando” los dientes de su hermana Karen en Nisemonogatari), me cuesta limitar ese tipo de estímulos al mero fanservice: sostengo, en cambio, que cuando la imouto se transforma en un objeto de deseo, cuando es sexualizada y percibida como un bocado erótico, el propósito es dotar al protagonista, al hermano mayor, de una masculinidad poderosa, que ni siquiera la familia, la religión o la sociedad pueden derrotar. Recordemos que una imouto, dentro de la estructura de personajes, depende del aniki: no opera con independencia, sino subordinada a las acciones, los deseos y los pensamientos del hermano mayor. Tampoco olvidemos que el anime ha instituido una versión peculiar del erotismo, donde el componente sexual no está desvinculado del elemento kawaii y todo aquello que implica la lindura como discurso estético: la ternura, la inocencia, la vulnerabilidad. Una imouto, entonces, cumple el papel de sujeto débil, inexperto, emocionalmente frágil, a quien proteger. En algunas series, el heroísmo del protagonista está ligado de forma expresa a la defensa de su hermana menor, tópico propio del melodrama que suele exagerarse cuando la imouto sufre algún tipo de discapacidad o enfermedad (pienso, entre otros casos, en Kaede, de Seishun Buta Yarou, o Ayumi, de Charlotte). Bajo esta óptica, la relación entre hermanos es una excusa narrativa para dotar al héroe de un objetivo que ayude a consolidar su masculinidad. El ingrediente sustancial para crear a la imouto perfecta, según este discurso, es la devoción hacia su onii-chan, combinada con una pizca de admiración, algo de posesividad y cierto grado de enamoramiento. Ese amor puede manifestarse con violencia, dulzura o exceso de sensualidad: cada versión representa un modo distinto de experimentar el deseo.

La cara oculta

Sin embargo, hemos cometido un grave error: la definición de imouto que acabamos de delinear asume que solamente los varones pueden tener hermanas menores. Algunas de las imouto más entrañables y célebres del anime (como Ui Hirasawa o Ryou Fujibayashi) no tienen como referente a un onii-chan, sino una onee-chan. En tales contextos, la dinámica cambia, con mayor razón si añadimos a la ecuación un rasgo típico de las series cute girls doing cute things: la idea de “espacio cerrado” donde solo participan las mujeres. La dualidad onee-san/imouto produce una coincidentia oppositorum o estructura tipo yin-yang, donde una hermana representa el valor opuesto que encarna la otra: si Yui Hirasawa es torpe, caótica, impulsiva y perezosa, Ui es eficiente, ordenada, serena y hacendosa; si Kagami Hiiragi es una tsundere, colérica pero inteligente, su hermana Tsukasa es tierna, delicada pero demasiado ingenua. Si Dia Kurosawa es fuerte, madura y señorial, Ruby es tímida, aniñada y nada imponente. Esa disparidad permite establecer un equilibrio, aunque, en la mayoría de casos, la imouto sigue cumpliendo el rol de sujeto vulnerable, subordinada al manto protector de su hermana mayor. Este tipo de relación con signos jerárquicos guarda similitud con ese esquema frecuente en el yuri, donde la mujer dominante ejerce el papel de onee-sama para guiar, proteger y adiestrar en el amor a una chica de menor edad, pasiva y obediente, que asume el papel de imouto. Se trata, sin embargo, de una “hermandad simbólica”, que también ha sufrido una serie de metamorfosis gracias al poder de la parodia. El caso de Gochuumon wa Usagi desu ka? ilustra cuánto se ha transformado este concepto: Cocoa, una imouto (la menor de varios hermanos), busca con empeño convertirse en una “onee-san” digna de admiración y adopta como hermana menor a Chino, aunque la pequeña, tan estoica como sensata, se resiste a participar del juego porque el carácter atolondrado de Cocoa la descalifica como figura de autoridad. Las imouto, antes sumisas y reservadas, aprendieron a rebelarse bastante rápido. En realidad, desde la década pasada, este tipo de personajes no deja de evolucionar y adquirir nuevos matices.

La continuidad del arquetipo

Un arquetipo se mantiene vivo mientras logre renovarse, mientras continúe diciéndonos lo mismo de mil maneras diferentes. En consecuencia, las imouto seguirán proliferando en el anime, no porque se repitan los mismos patrones, sino porque se encuentran formas novedosas de presentarlos. Basta un ejemplo para demostrar esta simple regla: pronto, se estrenará una versión animada de la light novel Tomodachi no Imouto ga Ore ni Dake Uzai. Solo el título ya indica un cambio: la imouto en cuestión es ahora “la hermana menor de mi amigo”, un ángulo distinto con una dinámica propia, que implica otra clase de conflictos y riesgos. Más afín a las tendencias actuales, la heroína, Iroha Kohinata es una gyaru que disfruta de molestar al protagonista y coquetearle con descaro, pero también una chica enamorada capaz de emplear todo el arsenal de recursos retóricos del que dispone una adolescente para persuadirnos de sus encantos, entre ellos, la carta más poderosa: su condición de imouto, con todos los escrúpulos, condimentos y edulcorantes que una hermana menor implica. Porque la variedad consiste en combinar los elementos ya conocidos para diseñar una nueva fórmula, encontrar un resquicio todavía no explorado dentro del tópico tantas veces manoseado. Las imouto, celosas, infantiles, entrometidas, empalagosas, bullentes de hormonas, son un terreno todavía fértil para deconstruir y reformular los confines más oscuros del deseo. Nosotros, los espectadores, solo aguardamos su aparición para convertirnos, por minutos, en afortunados onii-chan.

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