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¿Qué digo cuándo digo que algo me queda mal?

Una vez, una de mis hermanitas me dijo que le gustaba una determinada ropa pero que no la iba usar porque ‘ella no tenía el cuerpo para usar eso’. No tenía más de 13 años. Desde entonces, vengo dándole vueltas a esa respuesta y al tema de cómo nos relacionamos con nuestros cuerpos. Aquí van algunas ideas que han ido surgiendo.

Me gustaría desentrañar el significado de decir que a alguien le queda mal la ropa. Entiendo que no se refiere tanto a que la prenda quede grande o chica o incómoda. Sino más bien, que no le queda como le tendría que quedar.

Pero, ¿quién marca cómo le tendría que quedar?

Esa ya sabemos: el/la modelo de la foto.

Sí, la publicidad, el mercado, el capitalismo, pero no quiero entrar ahí.

Quiero entrar a hacer foco en cómo pensamos y nos relacionamos con nuestro cuerpo. Porque en general, lo que más le hacemos es odiarlo o, al menos, criticarlo.

Es cierto que somos mucho más que un cuerpo. Nuestra esencia no es material. Pero es nuestra materialidad la que nos permite encarnarla y muchas veces, incluso, descubrirla.

Nuestros cuerpos contienen los órganos de los sentidos que nos permiten descubrir y experimentar el mundo.

A través de nuestros cuerpos expresamos nuestra afectividad y vivimos nuestra sexualidad.

Gracias a que nuestros cuerpos se mueven podemos correr hacia nuestros sueños, hacer realidad nuestros proyectos; escribir, concretar y compartir nuestras ideas.

Y nuestro cuerpo nos permite también, hacer experiencia de la propia finitud, del límite, de la necesidad: ¿cuántas veces el cuerpo nos avisa cuando algo no está bien, incluso mucho antes de que nosotros nos demos cuenta?

Nuestro cuerpo nos permite abrazar, probar, saborear, cantar, oler, cavar, dormir, caminar, manejar, saltar la soga, hamacarnos, nadar, navegar, mirar al cielo, mirar a los ojos, tocar instrumentos, cocinar y probar lo que cocinamos… Y tantas otras cosas.

Pero nunca se lo agradecemos.

En general, lo miramos y pensamos en lo que tiene de más, en lo que le falta, en lo que tendría que ser diferente para parecerse a otros cuerpos que encarnan otras esencias.

Esencias que encuentran sus límites y su plenitud en otras cosas, distintas de las nuestras ¿Por qué, entonces, nos presionamos tanto para hacerlo parecerse al de otros u otras?

La forma de mi historia

En el fondo, la forma de nuestro cuerpo es la forma que nuestra historia (quizás aquí entra la genética), nuestras experiencias, nuestras elecciones, nuestros afectos, nuestro contexto y nuestro modo de vida le han ido dando…

Es nuestra vasija de barro que, con toda su fragilidad pero también, con toda su fidelidad y resistencia, guarda y a la vez,  nos permite compartir lo más profundo y auténtico que hay en cada une.

Entonces, ya suena bastante obvio que lo normal sea que los vestidos o los trajes de baño o los jeans no nos queden como le quedan a Gigi Hadid o a Pampita o a Ryan Hosting. Sin juzgarlos a ellos: sus cuerpos hablan de sus historias y sus opciones.

Quizás ya sea tiempo de aprender a abrazarnos de verdad con todo lo que somos.

María Sol Galera

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