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¿Por qué hablamos tanto de comida?

Parece que la “comida” está experimentando algo así como una segunda fase de globalización. Me refiero a “comida” en su sentido más material y empírico, aquello que en inglés llamaríamos food, y no tanto el acto de comer en sí (meal). Hace ya unos años se rompieron las fronteras gastronómicas geográficas (a su cierta manera y en su cierta medida), se desdibujaron los límites entre ciencia y cocina y se cuestionaron todas las – hasta entonces – reglas inmutables de la gastronomía. Pues bien, parece que ahora ha llegado la era de la expansión de la comida desde un punto de vista conceptual: la comida está en todas partes. Food is in the air. No en el sentido físico de la expresión (que del “food access” podemos hablar con calma otro día), sino en una omnipresencia mental, intangible, casi mística.

Mi caso, claro está, no sirve como muestra representativa. Yo sería uno de esos valores extremos de la estadística que se obvian para no adulterar el resultado. Me refiero en términos generales, a la cotidianidad diaria de la mayoría de los occidentales. La presencia y la importancia de la comida han crecido de manera exponencial en los últimos años. 

Hoy en día todo el mundo habla de comida. No vamos a negar que los españoles siempre hemos tenido cierta tendencia al alza sobre este tema; ni que los italianos son su comida (un país con menos de 150 años de historia pero con un apego a cada uno de sus ingredientes y recetas que ya quisieran muchas banderas). Pero más allá de esta idiosincracia mediterranea, el fenómeno se reproduce. Las redes sociales van hasta los topes de fotos de comida, las editoriales no dejan de publicar libros y recetarios que engrosan las secciones de “Cocina” que hasta no hace tanto eran solo visitadas por mujeres de vida ociosa (es decir, jubiladas, no pensemos mal)… los eventos “foodies” se multiplican por gemación y ya casi nadie planifica un viaje sin saber qué es lo primero que comerá tras dejar las maletas en el hotel.

A mí toda esta situación me parece maravillosa y encantadora, y no seré yo quien intente parar la bola de nieve (o de arroz), pero es cierto que a menudo me pregunto por qué. ¿Qué nos ha dado ahora por el acto más ancestral de nuestra especie? (Sí, ya, ok. Tranquilos que de sexo también hablaremos otro día). 

Pues bien, yo tengo 3 teorías (como la señora que tenía 3 piscinas). Son más bien intuiciones y reflexiones y están algo alejadas de la actual justificación universal de todo lo que sucede en nuestra era: “la influencia de las redes sociales”, o del gran potencial visual que tiene la comida, y de todos esos aspectos más formales y mercantiles de los que podemos también hablar otro día. Como todas mis ideas, son libremente copiables y apropiables, pero no siempre fundamentadas y comprobadas (aún).

Democratización / Identidad

Todos comemos. Punto. Unos más, otros menos; unos antes, otros después; unos juntos, otros solos… pero todos comemos. La comida es vida (y a veces, viceversa). Todo hijo de vecino tiene experiencia en la materia. Quizá alguien no sepa nada de cocina, ni recuerde qué es exactamente lo que ha comido hoy, ni por qué, ni cómo… pero come, eso es seguro. Y cuando sentimos que formamos parte activa de algo, pasamos a tener una opinión sobre ello. Si luego esa opinión es relevante, fundamentada o le importa a alguien es otra cosa. Pero ahí que vamos por la vida compartiéndola; que hoy en día (y para alegría del señor Zuckerberg) somos lo que contamos.

Y así, poco a poco, casi sin quererlo, lo que comemos y lo que decimos sobre lo que comemos empieza a definir quiénes somos. En esto existe una cierta tendencia (a ratos algo peligrosa) a la definición por negación. Si hace años podías preguntar “¿cuál es tu comida favorita?” a alguien para indagar un poco más en su mundo interior; hoy en día la pregunta debería ser “¿qué no comes y por qué?”.

Porque ahora, a través de nuestras preferencias alimentarias no sólo expresamos nuestras alergias, intolerancias y manías, sino nuestras convicciones morales, nacionales, éticas y filosóficas. Y los niveles de complejidad alcanzables son a veces obras de ingeniería mental, retos para aquellos que acuñan neologismos, que ya no dan a basto entre crudiveganos, flexitarianos, macrobióticos y demás tribus urbanas. En mis libros de texto existíamos los omnívoros, los carnívoros y los herbívoros. Ahora hay glosarios enteros para jugar al Quién es Quién de los perfiles alimenticios.

Somos lo que comemos, decían. Pues no, amigos. Somos lo que NO comemos. 

Evasión

La cosa está muy mala, ergo hablamos de comida… que por lo general está buena. Porque hablar de trabajo cansa, hablar de dinero no está bien visto, hablar de política es un deporte de riesgo y hablar de deporte puede convertirse en hablar de política… y vuelta al riesgo. Preguntas como “¿y la familia qué tal?”, “¿cómo está tu pareja?” o “¿no te ibas a casar?” ya no son los lugares comunes que solían ser, se han convertido en una ruleta rusa de inesperados sobresaltos emocionales. Así que hablamos de comida.

Porque hablar de comida ensancha el alma, abre el apetito y siempre nos permite jugar en casa. La comida une, conecta y relaja los mecanismos de defensa personal. ¿Quién no ha comido algo digno de mención en el último mes? ¿Quién no tiene algo que decir cuando te preguntan si traes la comida de casa o comes fuera? ¿A quién no le gustan las croquetas?. Ese desasosiego en la cena familiar, cuando en vez de preguntarte si sabes a quién vas a votar te preguntan qué quieres de postre. Pues eso.

Sensorialidad

Sin querer caer en teorías de la conspiración ni hacer de esto un capítulo de Black Mirror, ruego se me permita decir que lo de sentir no se nos está dando tan bien como a las generaciones que nos preceden.

Ya no se ______ como antes. Y que aquí cada uno ponga lo que quiera. Ya no se siente, ya no se ríe, ya no se llora. Ya no se canta por la calle, ya no se recita poesia, ya no se muere de amor, ya no se echa de menos. Ya no se habla de sentimientos como antes. Nos falta vocabulario, léxico, sinónimos, onomatopeyas o balbuceos. Hemos limitado nuestra expresión sensorial a un listado de emojis (y ni si quiera sabemos cómo usarlos todos).

Pero la comida. ¡Ay, la comida! Cuántas palabras preciosas existen para describir la melosidad de una carne cocinada a fuego lento. La cremosidad de un buen helado. El frescor de la hierbabuena en verano, la sensación de paz vital que nos da el primer sorbo de cerveza del viernes, inaugurando oficialmente el fin de semana. Cómo cerramos los ojos para saborear mejor. Cómo movemos las manos para intentar explicar esa sensación. “¡Es que lo tienes que probar!” “Es que nunca has sentido nada igual”. Es que cuando hablamos de comida hablamos desde dentro, desde las tripas. Y nadie te mira mal, nadie apela a tu orgullo, nadie te tacha de soñador, de romántico, de débil, de utópico… cuando declaras tu amor sensorial incondicional por una sopa, una chuleta o una tarta de queso.

Qué bien nos explicamos cuando queremos. Qué bien sentimos cuando comemos. 

Y todo esto es para decir que no tengo pensado ser una outsider en este caso. Así que me sumo al carro: a hablar de comida. Porque hay ingredientes y platos dignos de mención y literatura, así como momentos vitales que merecen ser recordados.

Para no olvidar esta etapa, este país de acogida, este hambre de cosas nuevas.

Buon appetito!

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