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Por fin abrieron las peluquerías

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Foto de Anthony Smith Chaigneau, Unsplash

Dicen que las cosas solo se valoran de verdad cuando se pierden. La imposibilidad de ir a la peluquería ha tenido a la gente con los pelos de punta -literalmente- los últimos dos meses. A principios del confinamiento pensamos con preocupación en todas las limitaciones que íbamos a tener por el hecho de estar encerrados, pero en ese momento el estado de nuestra cabellera no hacía realmente parte de estas ansiedades. Era cuestión de tiempo. Repuestos ya de la neurosis por el papel higiénico, y cada vez más adaptados al nuevo estilo Zoom de vida, descubríamos de repente que el pelo nos había crecido más de la cuenta y había perdido forma y estilo. Y para algunas, peor aún, ¿de dónde salían todas esas canas que asomaban en las raíces? Como siempre las teñíamos a tiempo nos habíamos olvidado de que estaban ahí camufladas.

Berlín está lleno de salones de belleza. A pocos minutos a pie de mi casa me encuentro con seis o siete peluquerías unisexo y dos barberías. Y siempre están llenas. Lo que, ahora que lo pienso, no es sorprendente teniendo en cuenta que todo el mundo necesita ir varias veces al año al peluquero. A excepción de los calvos, quizás, pero estos son una minoría. Sin embargo nunca se me ocurrió que el servicio de peluquería fuera lo que llaman ‘esencial’, comparable con las farmacias, droguerías, supermercados. Pero no fue sino perder el acceso al peluquero por el confinamiento para apreciar el papel que cumple esta gente en el bienestar de la sociedad. En inglés hay una expresión, to have a bad hair day, que significa tener un mal día en general, algo que suele suceder cuando no conseguimos arreglarnos bien el pelo por la mañana. Ahora por culpa del coronavirus todos los días son un bad hair day.

 

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Donovan Valdivia, Unsplash

O lo eran, porque desde el pasado 4 de mayo los berlineses ya pueden ir a arreglarse el pelo al salón, con algunas restricciones, claro: el uso obligatorio de la incómoda mascarilla, y el famoso distanciamiento físico que no permite más de dos clientes al tiempo en el interior del local. Así que desde ese día no es raro ver una cola de gente esperando afuera a que le toque el turno. Cómo estarían de desesperadas -pensé el lunes 4 en la mañana cuando yo misma me aventuré a ver si lo lograba- las ocho personas que esperaban pacientemente en la calle a que les llegara el turno, que no les importaba que en ese momento estuviera cayendo una fastidiosa llovizna, y que, si consideramos que con cada cliente se demoran mínimo una media hora, ¡a qué hora iban a entrar los últimos de la fila!

Lo bueno es que en estos tiempos de pandemia la gente tiene más tiempo. Más tiempo para perder haciendo cola frente a la peluquería. La larga abstinencia bien vale una cola de horas.

Porque resulta que, contrariamente a la impresión que tengo, en realidad no hay demasiadas peluqueras en la ciudad, ni en el país. Según un dato de la Oficina Federal de Estadísticas de Alemania (Statistisches Bundesamt, Destatis) en 2017 había 240.000 personas trabajando en la industria de la peluquería. Si repartimos esa cifra entre los cerca de 80 millones de habitantes que tenía Alemania ese año resulta que cada peluquera tuvo a su cargo unas tres mil cabezas para lavar, cortar, rizas, teñir, peinar. Lo que representó unas 63 cabezas por semana. ¡Imposible!

 

Debe ser por eso que las peluquerías siempre están llenas, que siempre hay que esperar. Quién sabe cuántos días tendrán que pasar para que desaparezcan las colas frente a la puerta. Para colmos, el de peluquero es uno de los trabajos peor remunerados dentro del sector de servicios. Algunos no alcanzan a llegar ni a los 450 euros al mes. Las cosas de las que uno se entera mientras pasa el coronavirus.

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