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Phantom thread o el hilo del destino

Como ocurre con toda película de excelencia –séptimo arte en su mejor expresión-, tratar de reducir Phantom Thread  a una pura sinopsis argumental es la mejor forma de vulgarizarla. Es una película elíptica, poblada de silencios y miradas en la cual el peso dramático recae menos en lo que muestra y más en lo que no dice, en lo que queda fuera de escena y en la historia no contada de los personajes, que vuelve de manera recurrente bajo la forma de recuerdos fantasmales y que el espectador apenas puede intuir conforme se adentra en la intimidad retorcida del diseñador de moda Reynolds Woodcock, su hermana Cyril -quien es también su socia y gerente de la casa de alta costura- y Alma, su objeto de deseo y fetiche al más puro estilo de Buñuel. Phantom Thread (literalmente “hilo fantasma”, pero que mejor puede traducirse como “hilo invisible”) muestra una historia de amor perverso y enfermizo donde una y otra vez se van torciendo, midiendo y cortando los hilos del destino de sus protagonistas, espíritus atormentados que vagan en medio de la enrarecida y elegante crónica de la industria de alta costura de Londres en los inicios de la década de 1950.

Al ver la película Phantom Thread no pude menos que recordar a unas aves de la familia Scolopacidae llamadas Scolopax (chocha-perdiz), que se caracterizan por tener picos largos y finos con los cuales capturan lombrices que encuentran en los humedales. La chocha-perdiz es un pájaro de hábitos solitarios y crepusculares que con su pico parecido a una aguja remueve la tierra tirando del gusano hasta que lo arranca de su nicho o corta su cuerpo para tragarlo. Es pariente del zarapito (Numenius arqueata) que habita las marismas europeas y suele desplazarse entre las piedras y guijarros de las playas chilotas, donde he “perdido” horas observando su comportamiento. Reynolds Woodcock, lleva el mismo apellido familiar (el nombre de la chocha-perdiz en idioma inglés es justamente Woodcock) y tiene costumbres similares a las de sus parientes, porque este exitoso diseñador de vestidos para damas de la alta sociedad londinense –maniático, supersticioso, obsesivo y meticuloso en su trabajo–, además de exhibir una larga y afilada nariz que en nada afecta su noble apostura, es también un ser solitario que después de disfrutar la gloria de cada creación corre a alimentarse en las calles londinenses y en las posadas que abundan en los caminos rurales ingleses.

Y es precisamente en una de estas posadas donde encuentra a Alma, una torpe mesera que a poco andar se convierte en su maniquí predilecta, su musa, su asistente, su amante y más tarde su esposa, con quien desde el inicio establece una relación tan compleja como tóxica. Woodcock, que hasta ahora ha llevado una vida planeada y férreamente controlada por su hermana Cyril, quiere dejar en claro a Alma quién lleva el control y durante su primera cita le quita el lápiz labial porque le gusta ver con quién está hablando. Sin embargo, habituado como está a que su vida sea una línea tan recta como carente de matices, donde todo se encuentra previsto desde que aprendió el oficio de su madre (otro fetiche), no es capaz de anticipar el cambio de papeles que ocurrirá a lo largo de esta exquisita película, cuando en tono condescendiente fija su mirada en la de Alma y esta le dice: “Si estás compitiendo conmigo sobre quién va a mirar hacia otro lado primero, vas a perder”.

Como plantea un crítico de la cinta, la palabra clave de toda relación a largo plazo es “armonía”, a la cual solo se puede llegar después de recorrer un largo camino lleno de obstáculos, incomodidades y a veces hasta crueldad. Para algunos, la armonía es un happy medium mientras que para otros se trata de conocer a la pareja mejor que a nadie, comprendiendo sus manías, sus preocupaciones y respetando sus rutinas. Y para otros, la armonía consiste en asumir el control del botón de reset que al conocer tan profundamente a una persona permite recuperarla cuando cree que ha comenzado a perderla. Esta última es la clase de insana armonía que rige la ambivalente relación de Woodcock y Alma, Cyril de por medio,  solo que es Alma quien domina y sabe apretar el botón de reinicio cada vez que lo juzga necesario para restaurar el control que parece haber perdido.  En una de las primeras escenas de la película la voz de Alma relata que Woodcock cumplió todos sus sueños y que ella, a cambio, le dio todo lo que él necesitaba, cada pedacito de sí misma, dejándose engullir como gusano para alimentar su ego devorador. La originalidad y belleza de la película reside en la forma extraordinariamente sutil como se va incrementando este intercambio.

Siempre he creído que la historia del pensamiento occidental se detuvo en la Grecia clásica y que después no han surgido más que derivaciones de lo que ya fue pensado en la cuna de nuestra cultura. Quizá por ello tengo tendencia a interpretar los acontecimientos remontándome a los griegos, por más superficial que sea mi conocimiento de su historia y pensamiento. En el caso de la película Phantom Thread no he podido menos que buscar una interpretación plausible acerca de su estructura y la sicología de sus personajes remontándome a la mitología clásica griega, originalmente ideada y desarrollada por Hesíodo en su “Teogonía” (circa 700 a.c.) y que más tarde fue sufriendo transformaciones y adaptaciones a partir de las tradiciones órficas iniciadas en el siglo VI a.c..

La Teogonía de Hesíodo relata la historia de los dioses que culminó con la entronización de Zeus en lo más alto del Olimpo y está plagada de referencias a seres mitológicos de diferente rango y posición en la escala de las divinidades, entre las cuales se encuentran las Moiras. Enseña Hesíodo que la vida de cada persona es lineal y está prefigurada por un hilo que es manejado por tres Moiras (en Griego arcaico Μοῖραι, Moîrai o “repartidoras”, y en el mundo romano Parcas o Fatae). Las Moiras eran hijas de Zeus y Ananké, diosa de la inevitabilidad, y fueron imaginadas como mujeres vestidas con túnicas, en algunos casos viejas, severas y de aspecto temible, y en otros jóvenes y hermosas. Su función consistía en distribuir a cada mortal un lugar o  parte en el cosmos (de ahí el nombre de “repartidoras”), controlando su nacimiento, su vida y su muerte mediante un hilo. Cloto (Κλωθώ, la “hilandera”) era la que torcía la hebra de la vida con una rueca y un huso; Láquesis (Λάχεσις, “la que echa a suertes”) era la encargada de medir con su vara la longitud del hilo de la vida; y Átropos (Ἄτροπος, la “inexorable” o “inevitable”, era quien con sus tijeras cortaba el hilo poniendo término a la vida. De las tres Moiras la más temible era Átropos, contra cuyas decisiones no cabía recurso alguno (literalmente su nombre significa “la que no cambia”)  al punto que hasta el mismo Zeus le temía (“sobre la cabeza de Zeus están las Horas y las Moiras, y todos pueden ver que es el único dios obedecido por éstas”).

En Phantom Thread las Moiras están personificadas en Cyril, que lleva las riendas de la casa de alta costura y su diseñador, hilando y midiendo diariamente la hebra de sus destinos. Reynolds es un hombre limitado por su propio oficio, refinado pero vanidoso y neurótico, que adolece de un notorio trastorno obsesivo compulsivo y se mueve en torno a sí mismo, preocupado solamente de que su genialidad no se vea afectada por los desagrados propios del mundo doméstico y las mujeres que lo rodean, entre las cuales aparece inicialmente una pobre creatura que es su amante ocasional, sin reparar en que para complacerlo simplemente debe hacerse invisible. Woodstock es el prototipo del misógino que se vale de las mujeres pero que a la vez las desprecia. Para él, que según reconoce es un soltero patológico, el matrimonio debe ser como para Antípatro, “algo heroico” que no está dispuesto a tolerar.

El fatalismo lineal representado por las Moiras en la cosmogonía de Hesíodo fue siendo morigerado por las posteriores tradiciones órficas desarrolladas entre los siglos VI y II a.c. dentro del seno de la religión dionisíaca. De acuerdo al orfismo, Dionisios cuando era niño fue destrozado y devorado por los Titanes, pero Atenea salvó su corazón y se lo dio a Zeus, quien lo tragó y después volvió a engendrarlo con la ninfa Sémele (“humana, demasiado humana”), quien cayó abrasada por los rayos de su dios-amante al contemplarlo en su forma divina. La figura de Dionisios representa la dualidad alma-cuerpo y está siempre acompañada de turbulencias, poniendo de manifiesto la precariedad del orden temporal cada vez que este se quiebra y se  desvanece al entrar en contacto con el caos, cuyo torrente es mucho más poderoso y fluye con más fuerza, arrastrando en su torbellino el fino hilo de la vida humana. Esa multiplicidad y dispersión dionisíacas permiten que aflore la creatividad manifestada en lo espontáneo, en lo desorganizado e inesperado, ya que lo creativo implica siempre un cambio de perspectiva ante las cosas y la aplicación de un punto de vista insólito y alejado de la visión ordenada y utilitarista del mundo cotidiano.

Si las Moiras guardan celosamente el tiempo inflexible y lineal, Dionisios viene a romper la trama del tiempo ordenado y puede hacerlo gracias a la intervención de su esposa Ariadna, la antítesis de las Moiras, cuyo hilo es la guía que permite al hombre huir del destino preestablecido y transitar por el laberinto de lo incierto, lo desconocido y lo inconsciente, aun si se presenta como algo horripilante o aterrador. Dionisos, el dios del devenir, puede momentáneamente olvidar la muerte quebrando la línea recta que conduce inexorablemente a la finitud, adentrándose en la maraña del caos y recorriendo el laberinto de la vida en un itinerario que no está fijado de antemano. Y el hilo de Ariadna, conocedora del laberinto y del monstruo que lo habita, servirá para que por más que el hombre se interne en él siempre podrá encontrar la salida. Si la trayectoria con las Moiras es solo de idea, el viaje de Dionisios con Ariadna es siempre de ida y vuelta, enervando de esta manera la acción de Átropos que ya no podrá sellar el destino de Woodscock cortando el hilo de su vida.

Alma es la representación la nueva Ariadna que a lo largo de Phantom Thread va quitando a Cyril el manejo del hilo del destino de este impensado Dionisios que es ahora Woodcock y lo introduce en el juego vertiginoso de la vida y la muerte. Alma asume el poder total sobre un angustiado Scolopax que a lo largo de la película va involucionando para transformarse en el niño a quien alimentó dándole cada pedacito de sí misma. Alma puede al final demostrar a Reynolds que “Si estás compitiendo conmigo sobre quién va a mirar hacia otro lado primero, vas a perder”, ya que ahora es dueña exclusiva del botón de reinicio y cada vez que siente que puede perderlo lo conduce por el tortuoso laberinto del caos para después rescatarlo y acunarlo en sus siempre acogedores brazos de madre-esposa.

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