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Noris

POR: Iraima Andrade

—El caimán le comió las dos manos —dice Haidéd, sin levantar la mirada.

Nombre árabe. Cabello rubio ceniza. Facciones delgadas. Su cuerpo pequeño y esbelto, que se mueve con elegancia por la habitación, la hace lucir mucho más joven de lo que es en realidad. Nadie sabe cuándo es su cumpleaños. No se habla de la edad de Haidéd en la Peluquería Noris, ni en ninguna de las otras 13 peluquerías ubicadas en la Avenida Presidente Medina —¡que se llama Avenida Victoria, por Dios!— de la ciudad de Caracas.

—Bueno, no se las comió —señala, sentándose en un banquito—, pero pudo haberlo hecho.

Los viernes por la tarde son tranquilos. Pocas peluqueras, pocas clientes. Le quedan tan sólo unos días al mes de Mayo, y las clientas que se cortaron o secaron el cabello el Día de las Madres tienen cita para la semana que viene. Haidéd pinta unas uñas, mis uñas, de un azul eléctrico. Nacarado. No hablo mucho, pero ella sí. Quiere hablar de todo. Yo me limito a responder.

Ella mira por el rabillo del ojo a la única mujer sentada en las sillas de peluquería. Es alta, morena y de cuello largo. Las arrugas se le marcan alrededor de la boca y en los ojos, pero el resto de su piel está firme. Las dos manos reposan sobre su regazo, cubiertas por vendas y muñequeras.

—Pobrecita Laura, chica. El esposo de ella era de esa gente que se la pasa viajando. Se fueron de vacaciones a Amazonas el año pasado.

Al Río Orinoco. Aventura. Contacto con la naturaleza. Hubo un paseo en chalana. Todo parecía estar bien, casi sacado de una película de Indiana Jones. Entonces, el descuido. Nadie lo vio venir. La chalana se tambaleó, con fuerza, y Laura se tambaleó con ella. Cayó al agua. Un caimán que estaba cerca la vio. “¿Comida?”, seguramente pensó. El caimán y la mujer forcejearon, pero era un combate demasiado desigual. El agua se puso roja. El esposo de Laura la haló por el cuello de la camisa y los brazos. Logró sacarla del agua, pero parte de sus manos se quedaron allí, desgarradas entre los dientes del caimán.

—Tú me dirás, ¡esa mujer se quería morir! —cuenta Haided, y ya no le preocupa ser discreta—. El caimán la dejó sin manos, ¡no podía hacer nada sola! Esa muchacha se deprimió. Pasó meses encerrada, porque bueno, tampoco podía andar por ahí si no era acompañada. Pero no, mi amor. Yo no iba a dejar que se me deprimiera mi muchacha. Y entonces le dije al esposo que me la trajera una vez a la semana. A mí nadie tiene que decirme como poner contenta a una mujer.

La mayoría de las clientas de Noris son señoras mayores. Llegan con euforia, saludando a todos, y se sientan en su silla. Con su peluquera. Suya. No dicen una palabra. Quien sea que sea su peluquera, sabe exactamente lo que tiene que hacer, y ellas sonríen cuando todo acaba.

—A las venezolanas les gusta verse bien —dice Haided, pintando las uñas de mis pies—. Capaz no todas van a la peluquería o se hacen manicura, pero les gusta verse bien.

Asiento. Miro mis uñas. Haided cubre la uña de mi pulgar derecho con una precisión extraordinaria. Se ve confiada, tranquila. En este caso, la frase no es una exageración: seguramente ha hecho esto un millón de veces.

Del otro lado, en el área de corte y secado, una mujer grande y robusta sostiene el cabello de Laura. Acaba de secarlo, y coge una pinza. Es alargada y tiene pequeños y filosos dientes. La mujer mira el objeto con curiosidad. Intuitivamente la abre y la coloca en forma horizontal. La pinza sostiene el cabello como una especie de cascada. Una línea recta de cabello castaño claro. Laura hace una mueca.

—¡No, chica, que eso va así! —dice Hailided, levantándose del banco—. Va a lo largo, no estirada.

Se acerca hasta la silla, y le quita la pinza. No he escuchado a Laura decir ni una palabra en toda la conversación. Haided coge un cepillo, recoge el cabello recién planchado de Laura y con la pinza hace una especie de cola de caballo alta. Uhm, ciertamente ese peinado tiene mucho más sentido.

La expresión de Laura se relaja.

Haided vuelve a su banquillo y continúa su oficio. Nota que la estoy mirando, porque levanta la cara.

—Pero, ¿para qué se amarra el pelo si se lo acaba de arreglar?

Haided se ríe.

—Al final no importa si se ve bien o no. Se trata de que ella esté feliz.

Laura sigue viéndose en el espejo. Sus manos ya no están ocultas en su regazo. Sacude la cabeza de un lado al otro, con ligereza, para ver cómo su cabello hondea con cada movimiento.

—Todo esto se trata de verla feliz.

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