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Ni pura ni santa

Hoy… Borra. Voy… Borra. Gra… Borra. Borra. Borra. ¡Borra! Qué desastre. Bienvenida, ansiedad. Vale, me he quedado en blanco. No pasa nada. Me he quedado en blanco. Estas cosas pasan. Nadie me va a condenar por esto, pero sí que puede que haga el ridículo. Vale, tranquilízate; respira. No pasa nada. Respira. Uno, dos, tres… Está claro que hasta que no lo diga en voz alta no va a ser real. Si no lo digo, no es real. Pero ha de ser real. Debe ser real. ¡Respira! No te agobies. Venga, lo decimos juntas a la de tres. ¿Vale? ¿No vale? ¡Pero ha de valer! Chica, tranquilízate; has toreado en peores plazas. Esto no va a poder contigo. Lo decimos a la de tres. ¿Sí? Venga… Uno… Dos… Tres…. ¡Voy a casarme! Y yo soy la novia.



Durante miles de años, la idea de fundar una familia — y con ello de mejorar las condiciones de vida—, ha sido siempre una razón de peso para unir a dos personas en sagrado matrimonio. Esta tradición, ligada exclusivamente a la religión, suponía un trabajo en equipo e implicaba una división de tareas que se asignaban a cada miembro de la pareja. También resultaba útil a la hora de cooperar entre familias y comunidades. 

Durante cientos de años, la unión conyugal se organizó en torno a la supremacía masculina. Se daba por sentado que la subordinación de la mujer al varón debía perpetuarse. 

Sin embargo, la historia del matrimonio ha cambiado enormemente. Según la historiadora y socióloga Coonz, el interés compartido por los cónyuges fue la idea predominante de dicha unión hasta el s. XVIII, donde se comenzó a pensar— sobre todo en Europa y América—, que el enamoramiento; el amor, para que nos entendamos, debía ser la principal razón para unirse a otra persona. Una novedad radical que, sin duda, cedió a los jóvenes la libertad de elección, puesto que hasta la fecha, y como ya he dicho, el matrimonio era un contrato por conveniencia. Te casabas con quien te tocaba. Estabas obligado a pasar el resto de tus días con una persona que no habías elegido, o que había elegido tu familia (que no se sabe que es peor). Lo único importante era que los intereses sociales, económicos o políticos fueran afines a los deseos de vuestras familias. Por lo que la elección, la libertad y la búsqueda intrínseca de sentimientos como el amor y la sexualización que tuvo lugar en el siglo XX, es el resultado de lo que hoy día conocemos.

Fotografía Sparksphoto.

Los años que transcurren entre 1950 y 1970 encarnan el punto álgido a la hora de comprender la transformación del matrimonio. 

Si en los años 50 tenías 19 años y no estabas casada, malo. El matrimonio era, sencillamente, el primer paso y el último propósito en la vida de un hombre, pero sobre todo, en la vida de una mujer; porque el modelo conyugal ‘perfecto’ consistía en un marido proveedor y una esposa ama de casa. Y puede sonar sencillo, pero las mujeres estaban hasta las narices, sostenían demasiada presión. Por esta misma razón, llega el divorcio, quien alcanzó su mayor índice entre 1966 y 1979. El famoso o cambias o te dejo.  

La sexualización también es algo relativamente moderno. Años atrás, cuando dos personas se casaban, estaban socialmente obligadas a colgar en su balcón las sábanas manchadas de sangre el día después a la boda. Todo esto para demostrar el honor de la mujer, en otras palabras, su virginidad. Lo cual es ridículo y constituye el resultado ante la ignorancia. Porque como bien sabemos hoy en día, hay mujeres que no tienen himen o que no sangran al perder la virginidad. Imaginad la movida por allá entonces. En occidente, las mujeres vestían de blanco el día de su boda para demostrar la pureza de sus deseos, la inocencia al adentrarse en un mundo desconocido, y el honor de su familia y el suyo propio. Si enviudabas o te casabas por segunda vez, el blanco lo tenías vetado. De blanco no.

Fotografía Sparksphoto.

Hoy en día resulta impensable que dos personas contraigan matrimonio sin haber comprobado antes su compatibilidad en la cama. Porque la química es muy importante. Las mujeres hemos despertado de un cuento (que resultaba una pesadilla) y tenemos y sentimos necesidades. Ya no nos conformamos. 

Y las viejas alcahuetas tienen razón. Es una libertina, no puede vestir de blanco. Si la tradición del color representaba la pureza, la inocencia y puede que la ignorancia, no tiene ningún sentido que las mujeres nos casemos vestidas de blanco; porque hoy en día y gracias a quién sea, ninguna de nosotras es pura, ni santa, ni mucho menos inocente.

Pero nos gusta el blanco. Puede que sea porque todavía vivimos inmersas en un mundo decorado por azúcar glas. Nos rodean referencias endulzadas como Guerra de novias, La boda de mi mejor amigo, Mamma Mia! o Novia a la fuga. Idilios que resultan deseables, pero que no son reales. Porque las películas tienen ese no sé qué que todo el mundo le gusta, y que consiguen que hasta el que no lo quería en un principio, se lo plantee. Y yo digo, pues estamos jodidos.

Fotografía Sparksphoto.

Llega abril. Llega la temporada wedding. Ahora todo está mucho más millennializado. Las novias si se agobian, contratan a un hada madrina, o lo que es lo mismo, a una wedding planner, o lo que es lo mismo, a una organizadora de bodas. El día de tu boda ha sido sustituido por tu día B. Las despedidas de solteras han sido suplantadas por las bridal partys. Ahora toda novia quiere a sus damas de honor, pero sigue creyendo en estupideces como la de que si ves a la novia o al novio antes de casarte, eso da mala suerte. Las bodas se han convertido en fiestas para celebrar el amor donde el cubierto resulta cada vez más y más caro. Ahora las bodas dan pereza. Y si no me crees, emborracha a tus invitados y pregúntales. 

A pesar de la ansiedad que provoca organizar una boda y/o casarte, existe una imperiosa necesidad por unirte a otra persona, aunque sea por un par de años, porque esa es otra: hoy en día los matrimonios cada vez duran menos. ¿Por qué si no, parejas que llevaban juntas toda la vida, que tenían incluso hijos, han sentido la necesidad de casarse? Porque la sociedad, por muy millennializada que esté, todavía no ha aceptado que dos personas estén juntas y no se casen. Y ya casadas, cuando el divorcio aparece, viene el se casaron y la jodieron. Es pura estadística. Pesimista, amarga de escuchar, pero realista. 

“Si a los cuarenta todavía estamos solteros, nos casamos”; “mírala, esta ya se queda para vestir santos”; “¿y el novio pa cuando?”; “me voy a quedar sola para toda la vida”; “voy a ser una cuarentona con cuarenta gatos”…  El miedo a la soledad es palpable. Y digamos comprensible. Nadie quiere estar solo, nadie quiere envejecer en soledad. Aunque disfrutes de ella. Una cosa no quita la otra. Siempre ha existido y existe ese temor. Temor por lo que puedan decir, o por cómo te puedas sentir en un futuro. 

Fotografía Sparksphoto.

Hoy en día, enamorarse es muy difícil. Ya resultaba complicado antes, porque las historias siempre comienzan a ritmos diferentes— el tren que pasa una vez y ya no vuelve, lo llaman—; pero actualmente, vivimos tras las pantallas, y si a una persona le resultaba inimaginable hace unos años que las parejas se conocieran por internet, ha de saber que esas mismas aplicaciones para conocer al posible o a la posible persona de tu vida, hoy se han convertido en aplicaciones para hacer amigos. ¡Para hacer amigos! ¡Amigos!

Por una simple razón: ya no nos miramos a los ojos. La magia ha desaparecido. La empatía ha desaparecido. Todos estamos demasiado pendientes del WhatsApp, del Instagram y de a ver cuántos likes conseguimos en una foto o en un determinado tweet. Estamos obligados a comprobar nuestra fuerza de voluntad: todos los móviles aquí. El primero que lo coja, paga la cuenta.

Y mi pregunta es… ¿merece la pena? Si ya echamos de menos la falta de humanidad, ¿cómo no vamos a echar de menos al amor?

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