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Network Marketing, ¿la religión del Siglo XXI?

La expectativa era evidente en los rostros de quienes portaban una calcomanía blanca con su nombre escrito a mano en ella. Este día, como todos los jueves, la Casa España en Bogotá era la anfitriona de una reunión en la que se congregaron al menos unas trescientas personas que para el ingreso debían, o portar su nombre visible como el mío, o depositar un papel color negro en una bolsa de tela que uno de los ayudantes del equipo sostenía en la entrada al recinto.

Las sillas perfectamente ubicadas, la tarima, la pantalla grande y la música a ritmo de rock suave a un bajo volumen, ambientaban a los congregados, quienes al ingresar, se saludaban afectivamente y con grandes sonrisas en el rostro. Al haber aportado el nombre de mi anfitriona y el mío en un listado de registro, se me asignó mi calcomanía, con la cual se me dirigió hacia un lugar privilegiado en el auditorio. Presumiblemente para que no perdiera ningún aspecto de la información que se me brindaría esa noche.

La invitación se me había extendido un par de semanas antes, cuando mi anfitriona me habló de una reunión, en la que se congregan diversos tipo de personas a entrenarse en temas relevantes como el emprendimiento y el manejo de las finanzas para ser exitosas y poder crear sus propios negocios. La oferta despertó en mí el más genuino interés por mi condición de freelance, mientras que al tiempo la curiosidad se apoderaba de mis pensamientos, ¿Cómo se financiarán? ¿Será un multinivel? Debe ser una pirámide o algo que ver con economía fractal, imaginé incluso al comenzar la actividad.

Una de las razones que me convencieron a atender a la convocatoria, fue la sinceridad que vi reflejada en el rostro de mi anfitriona. En sus expresiones proyectaba la confianza absoluta de que si yo aceptaba acompañarla, en realidad mi vida iba a cambiar al cien por ciento, que podría iniciar el negocio de la vida y comenzar, algún día a vivir como rico, para que yo ya no tuviera que trabajar por dinero, sino que el dinero trabajara para mí.

La reunión inició con una euforia contagiosa. El animador, con voz enérgica y vestimenta informal, pero elegante; animó a los asistentes a brindarnos un aplauso a nosotros mismos, mientras que gritaba arengas como, ¡en dónde están los empresarios más exitosos del país!, o, ¡quiénes van a a aplicar pronto a diamante y quiénes a esmeralda!

Sin perder mucho tiempo, presentó al orador de la noche. Los aplausos eran ensordecedores y las sonrisas de los asistentes creaban un ambiente de amabilidad, alegría, y en mí, altísima expectativa. Esta energía se estaba contagiando a algunos de quienes portábamos nuestra calcomanía con el nombre, mientras que a otros, se los veía escépticos, incluso, malacarosos.

A la plataforma subió Javier Camargo, un hombre de complexión gruesa y de al menos unos cincuenta años de edad, impecablemente vestido y con una sonrisa contagiosa. Su discurso estuvo lleno de autorreferencias con respecto a su experiencia como empresario y a cómo ha podido ir sorteando diferentes momentos difíciles de la vida, hasta convertirse en el exitoso hombre de negocios que es hoy gracias al esfuerzo y al cambio de mente que ha experimentado en los últimos diez años.

Preguntó al auditorio cuántos de los asistentes eran profesionales. Me sorprendió que alrededor de solamente un treinta por ciento manifestó serlo al levantar su mano. Tras el interrogante, hizo hincapié en que él mismo solamente había terminado el bachillerato nocturno y que si él había podido alcanzar el éxito, cualquiera de quienes estábamos reunidos esa noche, también podríamos. En esa misma linea, tomó varios apartes de su conferencia para referirse negativamente a la educación del mundo, mientras que insistía en que la formación e información proporcionada por su organización, era la adecuada para alcanzar el éxito financiero.

De la misma manera atacó el empleo como herramienta de superación o adquisición de riqueza. “Con el trabajo no se gana plata, hay cosas mejores que el trabajo y si usted después de llegar a esmeralda, no le gusta; lo reto a que se busque un empleo”, declaró mientras los asistentes reía y aplaudían. “¿Ustedes saben qué es el trabajo? Yo se los voy a decir muy fácil; de la casa al trabajo, del trabajo a la casa.
De la casa al trabajo, del trabajo a la casa
De la casa al trabajo, del trabajo a la casa
De la casa al trabajo, del trabajo a la casa
De la casa al trabajo, del trabajo a la casa
De la casa al trabajo, del trabajo a la casa”, repitió por lo menos unas quince veces, mientras el auditorio volvía a aplaudir y las carcajadas se tornaban cada vez más sonoras.

Interrumpió su disertación para dar paso a una pieza audiovisual que explicó cómo las industrias irán desapareciendo y que los negocios de la década siguiente serán los de la experiencia, la industria del bienestar. No pasó mucho tiempo para enterarnos que esta reunión, bajo el auspicio del grupo “Embajadores de sueños”, giraría alrededor de la multinacional Amway. Esta última declaración generó en mí cierto rechazo, pues si la industria va a caer, ¿Cómo se van a mantener ellos en el mercado si en rigor sus productos de aseo, limpieza e higiene personal se fabrican gracias a la industria?

Sin embargo, esta no sería la única inconsistencia de la que me percaté durante su charla. En un momento afirmó que sumarse a este modelo de negocio, cambiaría nuestras vidas, dándoles un giro de trescientos sesenta grados. Y en otro, a pesar que previamente se había burlado del trabajo, manifestó que mucho trabajo en la organización garantizaría escalar desde el nueve por ciento a plata, platino y demás niveles. A pesar que él terminó el bachillerato nocturno únicamente, la educación es importante y hay que esforzarse en ella. Por eso, asistir a su conferencia es equiparable a realizar estudios especializados en negocios y finanzas, para poder así cultivar el potencial que nos llevaría al éxito. Diciendo eso, bromeó con que la organización suele invitar un exponente malo y otro bueno, así, él era el malo, quien viene la próxima semana sí es el bueno.

Se refirió a, según su visión, la diferencia entre multinivel y Network Marketing, el segundo sí es exitoso para todos, así como lo afirmaría Robert Kiyosaki, quien habría escrito un libro dedicado al éxito de los negocios en casa y los negocios de redes. Al mismo tiempo, Camargo reconoció que en internet se encuentra información crítica en contra de la organización, pero animó a la audiencia a desestimar este tipo de opiniones, pues así como no todos los que inician la carrera de derecho, por ejemplo, logran ser abogados; de la misma manera, no todos los que inician en Amway logran llegar al éxito y es culpa de ellos, por no persistir, jamás de la organización. Argumento del hombre de paja.

Explicó la importancia de entender las diferencias entre ser empleado, autoempleado, dueño de negocio e inversionista; así como que el modelo de Amway no se trata de vender un producto, sino de recomendar. Esto, cuando anteriormente reconoció que los pobres compran, mientras los ricos venden, para así aclarar que lo mejor es ser parte de los segundos y no de los primeros.

Al final de su intervención apeló al testimonial, resaltando lo difícil que había sido su vida cuando era pobre y no tenía lo que ahora. Contó alguna historia sobre lo vacía de su nevera y el dolor que le causaba verse en esa situación, además narró cómo su esposa lo presionaba para traer la provisión a casa en momentos de dificultad económica. Bromeó un poco al referirse a que por mucho tiempo pertenecía al cartel de la coca; es decir, quienes llevan el almuerzo al trabajo en una coca o recipiente de plástico.

En este punto yo ya tenía más o menos claro el lugar en el que me encontraba, pero sobre todo, la dinámica alrededor de lo que estaba ocurriendo. En pocos lugares me había sentido como tan en casa hacía unos años atrás, todo me resultaba absolutamente familiar. El léxico, la euforia, las imágenes, los testimoniales, la fe. Por un momento me trasladé en el recuerdo a una predicación en la iglesia de carácter neopentecostal que frecuenté durante muchos años. No había diferencia entre escuchar a Javier Camargo esta noche, que haber escuchado a Richard Santiago, a Gustavo Páez o a Francisco Jamocó.

La experiencia me dejó muchas dudas en cuanto a la efectividad del negocio y las posibilidades reales de éxito en medio del sistema, pero no se puede juzgar a toda una organización, con unas cifras públicas y unos años de presencia en el mercado como una de las de mayor crecimiento económico, simplemente con una sesión de hora y treinta minutos. Así que mi curiosidad me llevó a buscar información de la compañía en internet a través de sitios web, blogs, y sobre todo, videos en youtube. Es increíble lo sistemático del mensaje en todos estos espacios.

El negocio es muy simple, se mueve en cuatro etapas: consumir, comercializar, educarse e invitar a otros. Me asombró la similitud con la escalera del éxito de algunas iglesias contemporáneas: ganar, consolidar, discipular y enviar. Todo un sistema aplicado a los negocios y a la religión, el cual genera, conservando las proporciones y la naturaleza de los escenarios, los mismos resultados.

Para entrar, hay que hacer una inversión inicial de COP $ 894.415, lo equivalente a USD $ 300. Con esta, se recibe una caja inical con productos de aseo, belleza, higiene personal y afines. La idea es que estos productos sean consumidos por el empresario y además vendidos a vecinos y conocidos. Así, se habrá cumplido con los dos primeros pasos del plan de negocio, consumir y comercializar. Hasta este punto se promete una utilidad de más del 70%, de acuerdo a las ventas realizadas por el inversionista y algunos bonos en dinero que la compañía otorga. Pero el reto es hacer esta inversión mensual, y además, invitar a una persona por mes a que haga lo mismo. Al tiempo, el trabajo consiste en ayudar a que esta nueva persona consiga a una más, mientras que el empresario inicial sigue consiguiendo otros que hagan lo propio. Así, la meta es que en un año, la red total del empresario alcance 35 familias que inviertan alrededor de un millón de pesos colombianos al mes, para aplicar al nivel plata en la organización y así asegurar ingresos mensuales de COP $3.000.000.

Si esta dinámica se continúa y todos en la red se comprometen y hacen su trabajo, en un periodo de 18 a 24 meses, se habrán consolidado tres equipos de trabajo, los cuales garantizarían un ingreso neto mensual al empresario de COP $ 8.000.000. Si la tendencia no se detiene, entre un periodo de 3 a 5 años, el ingreso mensual garantizado es de COP $ 25.000.000. Una cifra para nada despreciable.

Sin embargo, leer estas cifras así, en frío, puede llegar a ser desmotivante. La lógica dictaría que alcanzar esas metas son un imposible y sólo se lograría en escenarios ideales. Sin embargo, no en medio de las reuniones, entrenamientos y congresos que la compañía prepara semana a semana y en diversos periodos durante el año. El elemento motivador es básico y desde la intuición se puede uno llegar a percatar que esa es la razón por la que dentro de la dinámica del negocio se invita todo el tiempo a no perderse este tipo de reuniones, las cuales llaman educación en la información relevante a la que están expuestos. De otro modo sería imposible que los empresarios se mantuvieran motivados a cumplir este tipo de retos.

Para esto, el elemento sectario puede ser un factor determinante en el éxito del negocio. En su disertación, Javier Camargo contó una experiencia que ganó varios aplausos en la audiencia. Él recordó que en una ocasión lo habían invitado a un matrimonio para convertirse en el padrino, pero justamente el día de la boda, él ya tenía un compromiso con un seminario de la organización. La solución era sencilla: o aplazaban la celebración, o los novios no podían contar con su presencia. El desenlace es obvio, los prometidos no movieron la fecha y él prefirió ir al entrenamiento; él estaba enfocado en el camino hacia su libertad financiera y nada ni nadie podía distraerlo de esto.

Al finalizar la conferencia, por supuesto mi anfitriona me cuestionó sobre la percepción que tuve con respecto a la jornada. Ella fue tan amable conmigo, que en principio no quería en realidad manifestar todos los remolinos que habían en mi cabeza, pero su insistencia me llevó a cuestionarla sobre qué tan tolerante sería a las críticas. Con una sonrisa asintió y entonces le manifesté algunas preguntas, las cuales respondió con paciencia y cordialidad superlativas, pero prefirió trasladárselas a uno de los líderes de la reunión. Se trataba de Luis Granados, un neurólogo que estaba allí atendiendo a diferentes personas que se acercaban a él para cruzar algunas palabras.

Cuando le formulé el interrogante sobre si no le parecía que la organización de la que él hace parte tiene rasgos sectarios al descalificar a la academia del mundo y sugerir que su sistema de formación es el correcto, me respondió con un rotundo no, porque según sus palabras, está convencido que dentro de amway tienen la verdad y la enseñan. Luego, de la nada, sacó su arma apologética más contundente, la falacia de autoridad; “David, yo tengo mucha más experiencia que tú y seguramente puedo enseñarte varias cosas en el mundo de los negocios”. Al escucharlo, lo increpé por usarla, a lo que respondió, “yo te puedo ayudar, pero hay gente que no se deja. Yo tengo una empresa y varios empleados, yo quisiera que ellos fueran empresarios, pero no quieren, y a mí me conviene que mucha gente quiera ser empleada siempre”. Sin palabras.

Este tipo de rasgos, aunque puedan resultar obvios para elementos externos o que no han tenido contacto con la organización, no son perceptibles a los ojos de quienes están inmersos en ella. El nivel de adiestramiento psicológico, apelando a las emociones es tan potente, que logra convencer a sus seguidores que sus principios son unívocos y a la vez, brindan esperanzas sobre el éxito que se puede alcanzar dentro del modelo de negocio. Así, aunque sea la inmensa minoría la que al final logra alcanzar niveles altos como esmeralda o diamante, todos dentro del engranaje mantienen la esperanza viva que allí llegarán, algún día y con compromiso, trabajo duro y el enfoque necesario. Cuando esto no ocurre, la culpa siempre es del empresario, nunca de la organización, nunca de lo difícil de los retos o la condición social-económica que rodea al seguidor de estos modelos.

El paralelo de este tipo de actividades con grupos neopentecostales evangélicos arroja coincidencias asombrosas. Las visiones de redes y celulares de estas iglesias se mueven en la misma atmósfera y la decepción sigue siendo alta en ambos escenarios. Así como el éxito y quienes llegan a la cima, exponencialmente reducido. Pero la ilusión se mantiene, hasta que llega el momento en que explota y llega la decepción. Y junto con ella, el mal testimonio hacia la organización, y como respuesta, el juicio desde la misma.

Mientras tanto, los fieles seguidores de estos grupos viven en constante estado de apasionamiento al sistema, creen en él, lo defienden, trabajan arduamente y viven empoderados, convencidos que lo lograrán y así actúan en medio de sus relaciones interpersonales. La sed del éxito en algunos casos los lleva a tirar la red para poder pescar consumidores de sus excelentes productos o a empresarios que quieran dejar de lado su pobreza mental y real, para entrar en el mundo de los victoriosos. Buscan cualquier momento para poder convencer al mundo del gran tesoro que encontraron y que desean compartir.

Por eso el negocio es tan exitoso y crece tan exponencialmente, porque la rotación de personas en los diferentes niveles de la red es mayúsculo, pues aunque una persona permanezca dentro del engranaje desde un mes, hasta un año o dos, y luego se vaya, ya ha dejado su dinero en el proceso y ha conseguido a otros que hagan lo mismo. Al final no importa que todos lleguen a ser diamantes o esmeraldas, sino que las bases sigan rotando y aportando su inversión económica, así se aburran en el tiempo. Siempre habrá algunos más que los reemplacen y que aseguren la supervivencia de quienes ya están arriba y de quienes eventualmente van escalando. Porque sí, uno que otro que entra en el negocio logra obtener una buena posición.

Ojalá que este tipo de sistemas ayudaran de verdad a arrancar personas de la pobreza y generaran estadísticas reales y relevantes sobre su impacto social, más allá de las cifras que evidencian el crecimiento económico de la organización, las cuales son bastante atractivas. Desde aquí respondo a la pregunta que aquél jueves formuló Camargo a su auditorio, en el que me encontraba yo; ¿Qué harías si tuvieras toda la plata del mundo? Ponerla al servicio de la academia, para que este tipo de fenómenos se asumieran por parte de los seguidores desde las realidades lógicas y no desde la emoción.

 

Por: David A Gaitán
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