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Mitología y alabanza de los tendederos

Casi no hay pequeña actividad de nuestras horas que no esté contaminada de íntimas grandezas. En algún momento, probablemente bajo los rigores de una glaciación, los hombres dimos en cubrir nuestra desnudez de bestia desamparada, desnudez que pasó de condición a anomalía. El mito registra ese momento sustancial («fueron abiertos los ojos de ambos y conocieron que estaban desnudos y cosieron hojas de higuera y se hicieron delantales») en que el cuerpo despojado pasa a ser emblema del deseo y de lo impropio.

El hombre es el animal que se viste y que lava sus ropas. El acto de lavar fue por largo tiempo metáfora del perdón de los pecados. Durante siglos fue oficio destinado a las mujeres. Considerarlo labor menor y subalterna es una curiosa forma de ceguera. En las riberas la corriente de las aguas se llevaba río abajo el polvo y los fluidos que impregnaban las toallas que envolvieron niños, las sábanas donde dormían los amantes y los vestidos de las muchachas. Expuestas allí a violencias, asaltos y secuestros, llevaban a sus crías, que quedarían para siempre marcadas por el recuerdo de un mundo primero de canciones, risas, viejas historias, intimidades y chismorreos, palabras tiernas o mordaces, olores fragantes, gateando entre la luz de la ropa limpia puesta a secar sobre los juncos. Los lavaderos de las ciudades conservaron esa atmósfera mitológica. Una vez leí que a los aún no nacidos y a los bebés les complace sobremanera el bordoneo repetitivo de la lavadora. Una adecuada justicia poética.

En los barrios populares se exhibe sin pudor, palpitante, viva, la ropa tendida al sol, cataclismo ensimismado que en su lejana, irascible soledad ignora tan humilde función. La ropa pequeña de los niños, la camisa limpia de las camareras, el calzoncillo del albañil, calcetines y pijamas desteñidos, las tripas de la vida. Alguna vez escribí que cada línea de ropa tendida es una historia. ¿Dónde tienden la ropa los poderosos?

Ahora vivo solo y de mi tendedero está ausente la alegre ligereza de la ropa de una mujer, pero me sigue complaciendo el acto monótono de tender la colada. Es mi comunión diaria, una de mis formas de acuerdo con el mundo. Impregnadas de un olor artificial que evoca los antiguos jabones, mis prendas, trozos de tela teñida que me contienen, fijadas con pinzas a un cable tenso y que el viento menea suavemente como hojas de un árbol, las mangas colgando rendidas, resumen sucinto de mi existencia, anticipos de mi imagen deambulando por calles, despachos y tabernas. Imagino qué hermoso sería verlas una mañana echando a volar. No concibo un paraíso de las almas sin vastas columnas de ropa tendidas entre las nubes.

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