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¡LO QUÉ HA CAMBIADO LA CIUDAD! (A raíz del Congreso de despoblación)

Regresaba en bici a la ciudad un día de noviembre después de haber recorrido kms por un paisaje verde, espectacular, con una otoñada que vacas, ovejas y cerdos saboreaban de lo lindo. También ese día había traído bajo el hombro el aviso de que el invierno estaba a la vuelta de la esquina, tiñendo de gris el cielo, un espacio propicio para aflorar la nostalgia, la melancolía.

Quizás fuese ese el motivo por el que al alcanzar a divisar la entrada de la ciudad por la carretera de Cáceres, subido el puente de la autovía, una cascada de recuerdos inundó mi memoria. Ralenticé mi pedaleo y comencé repasando a ambos lados de la carretera lo que había entonces y lo que ha quedado ahora. El balance es abrumador. ¡Cómo es posible que haya cambiado tanto!

Afortunadamente quedan a ambos lados huertos cultivados, por los que parece que no ha pasado el tiempo, pero una vez en el Barrio Nuevo, todo es distinto. La tienda de ultramarinos Vda de Simal, llamada Estefanía, ha dado paso a nuevos edificios, de los pocos que se han hecho por esa zona. Tienda que vendía de todo, a la que íbamos a comprar lo olvidado, tienda que atesoraba unos olores que aún llevo conmigo. En la otra esquina, la taberna de Alejandro Sagrado, todo un referente para los hortelanos de la zona, donde apuraban los últimos “perros” antes de adentrarse en el duro mundo de verbos de gran dureza: cavar, ordeñar, regar, plantar, entresacar, escardar, segar, estercar…

Por la derecha ya no había más negocios hasta el molino de Calixto, aquel señor que siempre hacía el recorrido inverso a nosotros cuando subíamos al instituto, su aspecto no delataba para nada su profesión de molinero, más bien podía ser maestro o funcionario. Pasada la curva, entonces con sobrecogedor peralte, la fábrica de tubos, donde siempre estaban trajinando con la radial y el agua para pulir el hormigón.

Por la izquierda, había negocios de mayor envergadura y extensión. La Única, almacén de maderas, fábrica de mosaicos, que aún se puede leer en el rótulo a modo de fajín que abraza toda la fachada. Después DOMHER. S.L de materiales de construcción, donde nos mandaban con la burra a buscar un saco de cemento para hacer chaperones de vez en cuando, especialmente los machones de las puertas que caían los camiones. Aún sigue en pie la vivienda con su enorme escalera exterior, en cambio el gran portón del almacén, entonces siempre concurrido por parroquianos, se cerró hace tiempo. Era aquellos años la Granja un centro que nos llamaba mucho la atención, daba la impresión que los que estaban ahí eran agricultores superiores, también me cruzaba con los profesores que venían de la ciudad, Anselmo Partearroyo y Tato principalmente.

Al terminar el barrio, en un descampado la autoescuela Domínguez hizo la pista de aprendizaje, toda una envidia y una aspiración pensando cuando podría sacar el carnet de conducir. El molino de Antonio Herrero fue en su momento un gran acontecimiento, un edificio blanco de grandes dimensiones, a orillas del regato del Cachón, siempre inundado de barro pestilente. Con él empezaron los piensos compuestos, SENA, una marca que nos dejó huella, el olor del molino siempre lo recuerdo, un olor exquisito.

Pasado el puente del regato, aparecía la “gran vía” del puente, siempre con gente, con negocios en todas las puertas, ahora cuando paso su soledad es lo único que te encuentras. Estaba el control de la Guardia Civil, como si llegásemos del extranjero, aunque un poco sí, pues casi todos éramos campesino o pueblerinos.

Desde la fragua de Jacinto “Pata Chica”, llegaban los sonidos del yunque adornados con destellos de luz del hierro rojo que desprendían las rejas al aguzarlas. A la izquierda el taller del señor Dionisio el carretero, artista en el arte de los carros que por aquellos tiempos eran auténticas obras de arte. Recuerdo el carro que nos hizo, cuando cambiamos del carro de las vacas al del mulo. Su mujer Felisa nos compraba los huevos y otros productos de la huerta que nos sobraban.

En el corral de Manolo Ferino y en el matadero siempre había ganado.  Abierto el matadero de par en par, mostraba todo su proceso sin trampa ni cartón, como para hacerlo en estos tiempos. Por la tarde cargaban las canales en un carro muy original tirado por mulos para repartirlas por las carnicerías. Nos resultaban familiares los matarifes.

Había varios bares en esta calle hoy irreconocible, recuerdo el Bar Martín, Tabeque, Bar Pedro y el Portalillo. Tiendas de ultramarinos de los  Chiripe, Baretas, de  Francisco el Gorrero y su mujer , hija de la gran Melania, de Isidro que también se dedicaba a la venta ambulante por el campo. Parece increíble que hubiera tanta actividad comercial en esta calle que por entonces tenía mucha vida. Increíblemente, algunos de ellos han sobrevivido a la intemperie, conservando aún algo de lo que fueron, observando el escaparate, se fueron de estampida, dejando estanterías, sus rótulos…

En lo que fue la peluquería de Pepe Sampedro “Rabazas”, se mantiene la casa reconocible aún, con el marco de la puerta decorado con bandas de color, falta ahí el dueño, nuestro barbero, que salía cada dos por tres a enterarse de lo que pasaba por la calle y de paso dar una calada al cigarro, siempre con su sonrisa, su humor, su guardapolvo lleno de tijeras, peines, cepillos. A continuación de la barbería, estaba el botero, que colgaba las pieles odres en un tendal cerca del regato, un zapatero que aún veo de vez en cuando. Más adelante estaba Berna, se dedicaba a recoger la chatarra y después papel y cartón. Fueron los primeros sueldos que tuvimos, le llevábamos la chatarra que recogíamos en las regaderas y después el papel de los sacos de pienso. También estaba la peluquería de Tomás, uno de últimos negocios cerrados, peluquero por aquellos años innovador.

El estanco, uno de los pocos negocios que aún se mantiene de pie, aparte de vender tabaco, sellos, pólizas,…era la plaza social del puente, especialmente en el buen tiempo, siempre había un corrillo sentado en la silla dándole a la sin hueso, donde era fácil que estuviera el párroco, vamos que hasta la iglesia tenía cabida en esta calle. Por si faltaba poco, en el rabero del puente, de vez en cuando, la Chochera o los Mochuelas vendían productos de temporada.

Dice Luis García Montero “que las cosas con capacidad de convertirse en recuerdo, suponen un deseo personal de atender a la vida, de vivir con atención, como una forma de resistencia”. Quizás tenga razón, pero a veces estamos tan absorbidos por la vorágine del tiempo que nos atosiga, que no dejamos un tiempo para el pasado, un poco para ver de dónde venimos. No sé si lo habrán hecho en el congreso de la despoblación que se ha desarrollado estos días, pero visto lo visto, la ciudad y sus arrabales no son la sombra de lo que fueron.

Antigua carretera

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