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Las gyaru: en tendencia

Son ruidosas, exuberantes y desenfadadas. Siempre visten a la moda, con coloridos accesorios y faldas demasiado cortas. Algunas se broncean en exceso, usan un maquillaje ostentoso o se tiñen de rubio el cabello. Infringen todas las normas de decoro que imponen las escuelas a sus estudiantes. Su afición a la moda, los celulares y los calcetines flojos terminan siendo una manifestación de rebeldía ante las convenciones sociales en un país donde respetar las reglas no escritas es casi una religión. Podemos considerar a las gyaru un agente perturbador, cuya sola presencia implica una ruptura y causa conmoción. El manga, el anime, las light novel no podían quedar exentos de su influencia, pero, en los últimos años, hemos podido percibir una tendencia: varios relatos del tipo “vida escolar” han comenzado a entregarle el protagonismo de sus historias a este tipo de muchachas y, como ocurre cuando cierta clase de heroína se vuelve prominente, empieza a surgir un arquetipo, es decir, un modelo de personaje.

Las gyaru pertenecen a una subcultura, una tribu urbana como los punks, los metaleros, los hipsters, los skaters o los otaku. Sin embargo, esta ocasión no discutiré los rasgos de este colectivo en el mundo real, sino sus características como personaje de ficción. Las gyaru han aparecido como figuras habituales del ecosistema estudiantil desde finales del siglo pasado. Podemos reconocerlas debido a su tez oscura, sus escotes reveladores y sus peinados extravagantes, además de su actitud relajada y, en ocasiones, hostil. No obstante, a partir de mediados de la década anterior, se evidencia un doble giro que cambia por completo la imagen de las gyaru.

  • En primer lugar, asumen un papel protagónico en series románticas: dejan de figurar solamente como parte del decorado habitual de las escuelas para transformarse en las heroínas principales. Como consecuencia de ello, se reformula el concepto de gyaru: en lugar de considerarlas unas muchachas degeneradas con amplia experiencia sexual (la típica “chica fácil”), empiezan a ser presentadas como chicas sencillas, de buen corazón, cuya gran habilidad para forjar amistades les permite ganarse la confianza de sus compañeros y maestros. Surge el arquetipo de la “gyaru pura”, una adolescente atrevida y coqueta, pero que oculta bajo ese disfraz un alma bondadosa, ingenua y enamoradiza.
  • El segundo gran cambio relacionado con las gyaru, que ocurre -con frecuencia- debido al primero, tiene un carácter estructural: las gyaru se convierten en un tema aparte, es decir, se ponen escena los problemas que enfrentan, los malentendidos que generan, su supuesta superficialidad, la incomprensión de los adultos, sus incertidumbres y temores, etc. Algunos hablan incluso del “género gyaru” como un nuevo tipo de manga que recoge los tópicos que hemos mencionado.

En la mayoría de casos, suele aplicarse una técnica que podemos denominar “expectativa frustrada”; es decir, se apela a los prejuicios del espectador para luego subvertirlos mediante un evento sorpresa. Mientras el resto de la sociedad juzga a las gyaru debido a su vestimenta, sus poses o su forma de hablar, las historias del “género gyaru” se encargan de desbaratar esas ideas preconcebidas, ya sea porque romper los esquemas provoca un efecto cómico, ya sea porque permite construir una imagen positiva de la heroína, pues ahora, además de sexy, es también linda. Aunque estas características (sensualidad y lindura) parezcan incompatibles, los relatos de ficción son capaces de fusionarlas para satisfacer al público con un objeto de deseo que, además de mostrarse sexualmente apetecible, sea de paso, gratificante para el espíritu.

Observemos algunos ejemplos. En Gal Gohan, Miku Okazaki, la chica más “gyaruesca” del colegio es puesta bajo la tutoría de un joven profesor de Cocina, quien, en lugar de prejuzgarla o negarle su apoyo, la ayuda a desarrollar sus habilidades como corresponde a un buen docente. Más allá del ecchi (porque las gyaru son una máquina de producir “situaciones sabrosonas”) y del romance prohibido entre maestro y alumna, es digna de destacar la evolución de los personajes: Miku descubre su vocación culinaria a medida que transcurren los episodios e incluso decide estudiar en una escuela de Nutrición para labrarse un futuro como profesional. Al inicio del manga, era una muchacha sin perspectivas, una niña problema detestada por sus profesores, abandonada por el sistema educativo, una adolescente frívola sin estímulos ni ambiciones. Sin embargo, este proceso de crecimiento se concreta lentamente, sin anular la identidad del personaje. Ocurre, en cambio, una reivindicación: Miku madura, progresa, pero no renuncia a su estética, no pierde su orgullo y continúa siendo una gyaru, incluso cuando se convierte en madre.

En otros casos, la gyaru es agente de cambio y provoca una transformación en quienes la rodean gracias a su deslumbrante personalidad. Este tipo de interacción también es habitual en las series de corte romántico. En Yancha Gal no Anjou-san, una gyaru se dedica a “juguetear” con un tímido y torpe estudiante, víctima de sus amistosos coqueteos. Mientras avanzan los capítulos, esa relación se torna más íntima: Anjou-san arrastra a su compañero dentro de su mundo, empeñada en devolverle la confianza a un muchacho asediado por la ansiedad, la baja autoestima y un casi permanente pesimismo. Ambos terminan formando una pareja de polos opuestos, más que amigos, menos que novios, pero imbricados en una extraña simbiosis. Una dinámica similar ocurre en el manga Kuro Gyaru-san ga Kuru, donde una gyaru entabla amistad con un empleado de oficina a quien la rutina ha hundido en la resignación. Acostumbrado a convivir con su pesimismo, el protagonista encuentra un remanso a su adultez en la figura de una voluptuosa y desprejuiciada adolescente que suele meterlo en aprietos. La gyaru representaría el vigor juvenil que perdemos todos cuando cruzamos el umbral de los treinta años, nos conformamos con un empleo medianamente estable y nos acostumbramos a obedecer órdenes. En efecto, las gyaru simbolizan la negación de ese estilo de vida alienante: capaces de exprimir al máximo su juventud, potencialmente fértiles, llenas de ilusiones y sin preocuparse del qué dirán, estas chicas parecen tan llenas de vitalidad que su sonrisa pícara se torna contagiosa.

Si existe un concepto contrario a las gyaru serían los otaku: para la mentalidad de un fanático acérrimo del mundo 2D, toda persona exitosa en sus relaciones sociales y competitiva en el ámbito amoroso son gente impura y depravada, el enemigo mortal, y nadie encarna mejor esas angustias machistas que unas chicas orgullosas de exhibir su cuerpo, sin ninguna pizca de decencia ni vergüenza, que pasan las tardes divirtiéndose en el karaoke o subiendo fotos a Instagram, que cuentan con decenas de contactos en LINE y reivindican su sexualidad sin tapujos. Sin embargo, un tópico también frecuente en las historias del “género gyaru” lo constituyen los romances entre miembros de estos grupos tan incompatibles, quizá porque esa mezcla incoherente resulta atractiva por sus contradicciones, o quizá debido al carácter transgresor de este tipo de mujeres cuyo potencial erótico invierte los típicos roles masculinos y femeninos. Las gyaru suelen tomar la iniciativa en materia sexual, atraen a los hombres y gozan de una vida callejera muy activa, a comparación del otaku, enclaustrado en la soledad de su habitación, obsesionado con personajes inexistentes, e incapaz de comunicarse con especímenes del sexo opuesto.

En comedias románticas como Hajimete no Gal o Fuufu Ijou, Koibito Miman, este enfrentamiento entre ambos bandos se zanja con una mutua revelación: el otaku descubre que las gyaru son muchachas alegres y generosas, con ganas de vivir a plenitud; la gyaru, por su parte, encuentra en los otakus una serie de virtudes como el idealismo, la honestidad o la empatía. Cuando se derrumban los prejuicios, emerge una verdad (la moraleja del cuento): detrás de los defectos, todos poseemos algo de grandeza humana. No negaré que, entre tantas escenas calenturientas, es fácil olvidarnos de que todo relato de ficción es, además, un aparato ideológico, pero no cometamos el error de creer que un manga con ecchi no transmite una visión del mundo.

De hecho, esta abundancia de historias sobre gyaru en los años recientes puede revelarnos ciertos cambios de paradigma dentro de la misma sociedad japonesa. Recordemos que el ideal de belleza para esta cultura está personificado por la yamato nadeshiko: una mujer recta, prudente, delicada, de rostro pálido y movimientos tan elegantes como discretos. Este modelo estuvo vigente desde tiempos inmemoriales, hasta transformarse en sinónimo de femineidad. Sin embargo, la inserción del Japón en una sociedad globalizada ha venido erosionando, de manera peculiar, los parámetros de conducta tradicionales, como sucede en todo el planeta. Las gyaru son un producto posmoderno, que desafía los estándares del pasado. La piel bronceada, la desfachatez, la extravagancia, usar el uniforme de manera caprichosa, reírse a carcajadas sin pudor, hablar en un lenguaje que los ancianos no entienden: todo aquello que configura la identidad de las gyaru es estética y moralmente subversivo para una nación donde la obediencia a la autoridad, el equilibrio en la imagen pública y el anteponer el bien colectivo a los apetitos individuales son leyes incuestionables. El manga, el anime y otros productos 2D manifestarían los síntomas de esta transformación que operaría en las generaciones más recientes, un cambio todavía pequeño y minoritario, pero significativo.

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