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Las feas de América que no son Betty

Por @mafergonp

Cuando Betty la Fea comenzó todos nos enamoramos de ella, nos dejamos cautivar a conciencia porque sabíamos que al final iba a terminar siendo una revelación, pero sobre todo porque aquella historia se trataba de la de una muchacha pobre y nada agraciada que se ganaba el corazón del galán de la historia.

Betty compitió con las más lindas colombianas que desfilaron por la pantalla de esa novela que la hacían lucía aún menos agraciada de lo que era, pero, como dije, sabíamos que tarde o temprano se iba a quitar los frenillos, los anteojos y el horrible flequillo, la falda larga y ancha y los camisones para, y como el patito feo convertido en hermoso cisne, mostrar su belleza.

Sabíamos que la fealdad se le iba a quitar y que en fin de cuentas valdría el dicho que reza que no hay mujer fea sino mal arreglada y que de verdad sirve para llegar al punto de lo que quiero decir.

Recientemente en las redes sociales circuló una fotografía de esas que a uno le provoca romper y poner al calor de una hornilla de la cocina para no volver a ver jamás ni por error. Las protagonistas dos feas que deben envidiar profundamente a Betty porque saben que de ninguna manera se les va a quitar la fealdad.

Delcy Rodríguez y Rosario Murillo, una venezolana y la otra nicaragüense, ambas altas “funcionarias” gubernamentales de sus país. La local una rencorosa confesa, la centroamericana una exguerrillera pegada en el tiempo, ambas dueñas de ideas, no solo pasadas de moda, sino sin sentido y que en ambos casos han hundido a sus países en mayor miseria y pobreza y generado crisis migratorias importantes en la región.

Pero como el tema no es la desgracia del desastre política, que es importante y aun me permito poner un momento de lado, sino la desgracia de la poca gracia de las dos mujeres veamos cada caso:

Delcy Rodríguez: Empeñada en usar el fucsia y el morado, que tal vez no le queden mal por su tono de Piel, pero que en trajes o demasiado anchos o demasiado ceñidos, la hacen parecerse a Barnie. Otro detalle son las gafas que, por su exagerado tamaño, destacan aun más sus pómulos y acentúan la redondez de su rostro que termina por dar la sensación de que en ese cuerpo hay más volumen del que probablemente hay en verdad.

Vale decir que Delcy gasta millones en trajes de grandes firmas, sacados del erario nacional, para terminar viendose igual que si hubiera comprado la percha en el mercado de El cementerio, donde yo compro o compraba mi ropa y a pesar de ello lograba conseguir una mejor facha que ella.

El otro caso, la esposa de Daniel Ortega, la señora Murillo, que entre otras cosas no respeta ni las arrugas de su cara ni tiene la más mínima idea como usar y administrar los accesorios, igual que tampoco sabe hacerlo con los recursos de Nicaragua.

El uso de la visera se entiende, porque hay que protegerse del sol, pero esta cero gracia. Después están los lentes estilo Jhon Lenon que a su cara poca ayuda le hacen y que en conjunto hacen ver sus rizos como un desorden desgreñado que intentó atajar con gomina.

Pero la mejor parte de Rosario son sus orejas, manos y cuello. Anillos en cuatro de cinco dedos de la mano que puede verse claramente, zarcillos colgantes y unas tres o cuatro pulseras que se ven a simple vista no hacen juego entre sí, pro tampoco con el collar de cuentas redondas y grandes que apenas se logra ver colgando de su cuello. Un ejemplo de que más nunca es más y que es mejor seguir los consejos de quienes saben.

Esto es lo que apenas podemos ver, no queremos imaginarnos de ahí para abajo, pero en todo caso el conjunto no debe ser muy diferente. Como siempre digo, la imagen cuenta, dice de ti, de los políticos dice mucho. En este caso me dice que la necesidad de ostentar lo que tienen y nunca han tenido las hacen perder el sentido del ridículo y el buen gusto.

Suscribo las palabras en el Tweet de Ibéyise Pacheco: “Hay tantas mujeres hermosas, nobles, batalladoras, honestas y a este continente le tuvo que tocar este par”. Por lo pronto estas feas, las de América van ganándole a Betty que al final, ya sabíamos dejó de ser la más fea.

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