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Las aventuras de María Saturnina.

Si es que no tenía que haberle hecho caso a Almudena. Otra vez me había metido en un lío de tres pares de narices y total ¿para qué? ¿Doscientas pesetas? Que no está nada mal, eso es cierto, pero a ver cómo le explico a mi madre esa facha con la que voy a aparecer en casa. Aunque en realidad da igual porque nunca está y cuando aparece está reventada del trabajo y de mala hostia, así que si me pongo un gorro lo mismo ni se entera. Total, la bronca me la echará por cualquier otra cosa.

Aún así, yo bien no estoy y tengo planes para este finde. He quedado con Raúl y con Berto. Y a lo mejor luego llamo a Òscar, depende de cómo se me dé. Pero claro, eso era antes de esto. Que por mucho tacón que me ponga y mucha teta que enseñe, esto no hay quien lo disimule.

–Pues no estoy nada mal –dice Almudena mirándose en el espejo de la peluquería.

Yo la miro y me callo y hago como que sonrío porque, en realidad, a mí me da hasta miedo verla así de escuchimizada y con el pelo rapado. Claro que mejor no digo nada porque yo con mi cara pan parezco un buda. Bajo la vista y en el suelo veo mi pelo, lánguido, como una serpiente muerta. Mi larguísima y brillante melena yace ahí, mezclada con los pelos rubios de Almudena esperando a que alguien la tire a la basura. Qué coraje.

–Madre mía, madre mía –oigo que murmura una de las peluqueras antes de taparse la boca con la mano y girar la cabeza para que no la vea cómo se ríe de nosotras.

Almu y María Saturnina, las pazguatas que han respondido al anuncio: “se buscan jóvenes para hacer prácticas de peluquería. Se remunerará”.

Y claro yo enseguida me he dejado convencer por Almu porque he pensado, que esa era la mejor manera de conseguir algo de dinero para cigarrillos y birra, que cualquiera le pide la paga a mi madre y menos después de las notas que me han puesto las cabronas de las monjas.

Pero no me esperaba yo este desastre monumental.

–Nada mal –sigue Almudena observándose con la cabeza alta y aprobadoramente.

–¿Pero qué habéis hecho?– escucho que susurra con mala leche alguien que acaba de entrar.

Me hago la tonta, como si estuviera más pendiente de Almudena que de mí, y veo a una señora gorda, fea y con el pelo muy bien arreglado que nos mira a nosotras y luego a las dos imbéciles que nos han rapado la cabeza.

Las prácticas –dicen dudosas.

–¿Las prácticas? ¡¿Las prác…?! –las coge del brazo y se las lleva a un aparte.

Yo que sigo actuando como si todo eso no me afectara, le digo a Almu que voy al baño y ella me dice que sí, que muy bien, y sigue mirándose embelesada. No sé dónde se ve el bonito, pero parece encantada de verdad. La vida.

–¿Y el baño?

La que atiende la caja me señala una cortinilla mientras saca la escoba. ¡Ay mi pelo! Que se lo llevan ya. Y sin procesión ni nada, a lo bestia. Zas, zas, dos barridas y a la basura, como si no fuera nada. Como si no fuera parte de mí, de mi cuerpo, de mis células. Más que a un hijo he querido yo a esa melena. Adiós cabello amado, siempre te recordaré.

Como la de la escoba se pone a hablar con Almu y a darle la razón en que sí, que está muy guapa, aprovecho y me cuelo hasta el fondo, donde oigo unas conversaciones a media voz. Y ahí me quedo, escondida, con mi cabeza de sol naciente a la espera.

–¿Pero a vosotras quién os ha dicho que las rapéis?

La que habla es la dueña, se ve claramente por la cara de susto que tienen las otras dos.

–Bueno decir, decir… –se miran.

Es que hemos tenido un problemilla.

–O dos.

La dueña hace como que se frota los ojos, pero sin tocárselos para no correrse el maquillaje, y luego les ordena que se expliquen de una vez y las amenaza con sacarlas de la peluquería, por mucho convenio que tenga con la escuela que las manda.

–Es que yo me he equivocado con el tinte.

No ha sido el tinte, no mientas –la acusa la otra–, que se te ha ido la mano con el amoníaco y se le ha quemado el pelo.

–¿Y tú? –contraataca– ¿que le estabas cortando las puntas y eso tenía más curvas que Despeñaperros?

–Al menos no he intentado arreglar las cosas con una permanente.

–No, claro tú has decidido que un corte desfilado iba a disimular los trasquilones.

–Pues tú has…

–¡Basta!

El generoso pecho de la dueña se mueve arriba y abajo con una respiración trabajosa, al tiempo que se retuerce los anillos de oro.

Esto es un desastre –dice para sí– ¿Vosotras sois bobas o qué os pasa? ¿No os dais cuenta de lo que habéis hecho? –si fuera un dragón le saldría fuego por la boca, pero como no lo es, le salen perdigones de saliva– ¡Estáis poniendo en entredicho el buen nombre de mi negocio,imbéciles! ¿En qué estabais pensando? ¿Y las chicas que han dicho?

–Nada, si están encantadas.

–¿Encantadas? ¿Segura?

–La flaca no para de mirarse al espejo. La otra no lo sé ¿tú qué crees?

–Bah, ya sabían lo que venían, ¿no? ¿Quién se presta a dejarse hacer en el pelo por unas desconocidas?

–Sí, un poco bobas tienen que ser.

Y ahí a mí se me infla la vena del cuello y doy un paso adelante con mis taconazos y mi cabeza de globo. Pongo los brazos en jarras y me planto ante ellas, como dicen las monjas que hizo Moisés ante el Mar Rojo.

–Pues seremos bobas –siseo taladrando con la mirada a la dueña que de pronto está muy pálida–, pero si no quiere que todo el barrio sepa lo que se hace aquí, ya nos está dando quinientas pesetas a cada una.

Las aprendizas dan un paso atrás y yo uno adelante. Alargo la mano y cojo las tijeritas que lleva en el mandil de trabajo.

Y vosotras –les digo jugueteando con las tijeras– ya os estáis sentando que os voy a dejar monísimas.

T.L. Martínez.

Enero 2021.

¡Gracias por leer! Esta es una historia real en la que he rellenado las lagunas con lo que mi imaginación ha considerado oportuno. ¡Espero que hayáis pasado un buen rato!

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