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La moda, la academia y yo (Parte I)

Este post es parte reflexión y parte una respuesta a inquietudes que alguna vez me preguntaron sobre la moda. Los que me han leído saben que poco escribo, que no soy nada juiciosa con este blog. A ustedes -mis pocos lectores- les pido disculpas, tiene que ver con mi carácter a veces perezoso, otras inseguro, pero también se debe a mi necesidad de sentir que he desarrollado un ojo crítico respecto al tema que nos reúne a todos en este blog: la moda. Para los que no me conocen les cuento que soy antropóloga, docente y amante de la moda y de la cultura pop.

Este post también está dedicado a quiénes alguna vez como yo sintieron el llamado de la moda pero no supieron cómo hacer de esta algo que les diera el sustento(a mí no me lo da en sí) o que aún no encuentran cómo acercarse al tema desde la orilla en la que se encuentran. Alguna vez me interesó ser diseñadora, pero con el tiempo(muy poco la verdad) me di cuenta de que mi mente era cero creativa y que además no tenía las habilidades para serlo. Desde que estaba en el colegio me obsesioné con la moda y su historia, yo creo que todo comenzó desde que vi por primera vez María Antonieta de Sofía Coppola. ¿Por qué? Sí, ustedes pensarán que por obvias razones fue el rococó, las pelucas de la Delfina, o los miriñaques. En gran proporción fue eso, pero también fue la escena de los converse, que aún hoy en día es una de las imágenes que tengo más presentes en mi memoria y que recordé el semestre que pasó en mi clase de Grandes Problemas de la Historia cuando estábamos hablando de la ficción, la imagen y la historia.

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Con el rococó y los converse llegaron otros intereses. Mi primer libro de moda fue el libro MODA del Instituto de indumentaria de Kioto. Estábamos con mi familia en Falabella en el año 2008, cuando vi semejante belleza y lo pedí como regalo de navidad. Para mí ese libro fue mi primera biblia de la moda, y tal vez por ser un libro con un enfoque histórico marcó mi interés y mi mirada sobre el tema pero aún no lo sabía a los 17 años. Leyendo, viendo y tocando sus páginas descubrí otros tiempos como el siglo XIX y el orientalismo, los años 20, la Segunda Guerra Mundial y la recursividad en los tiempos de guerra, los años 60 y la revolución sexual y el cambio del paradigma en el cuerpo femenino. Y eso es lo bonito de la historia, que sea una narrativa o sea una imagen, se necesita de imaginación para leerla y escribirla. Otra de las cosas lindas de la moda es que tenemos la imagen siempre presente, nos lleva a otros tiempos, nos hace sentir que debimos haber nacido en otra época.  O bueno, al menos a mí sí me hace sentir así.

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Pero ¿cómo fue que empecé a construir lo poco que sé sobre moda? Como fracasé siendo diseñadora porque primero no me aceptaron en la carrera y cuando fui a ver Estudio I me di cuenta de que no lo iba a lograr, entonces me volqué a analizar temas relacionados con la moda en mis trabajos de Antropología. Desafortunadamente y como lo he contado en este blog anteriormente, el departamento no ofrecía una visión más allá de métodos propios de la carrera, y tampoco veían que la moda y la antropología tuvieran una relación diferente de lo artesanal y lo étnico, cuestiones que no han sido realmente de mi interés, y que no las hacen menos valiosas para el mundo. Pero eso es algo que debemos reconocer, el lugar de producción como académico siempre se va a ver influenciado por los lugares en los que estudiamos, las disciplinas y por nuestro interés. Adicionalmente debo confesar que tuve una experiencia caótica en un museo durante mi práctica profesional en último semestre,  no solo por mi falta de madurez y dirección, sino también porque en Colombia los temas culturales no tienen importancia y eso lo sabemos por la falta de financiación.

Una vez graduada, y con compromisos y responsabilidades propias del adulto contemporáneo, dejé la moda y pensé “si más adelante hago una maestría sobre el tema se soluciona”. En mi ingenuidad juraba que por haber estudiado la carrera y por haberla estudiado donde lo había hecho, el mundo era mío y que nadie sabía nada y que yo era necesaria en este mundo. Mejor dicho, “Liliana, la salvadora de la moda” jajajajaja. SPOILER ALERT: no lo era. Por mi total desconocimiento sobre la moda en Colombia, no tenía idea de cómo entrar(tampoco es que haga parte ahora) pero con el tiempo aprendí cómo funcionaba y lo valiosas que son cada una de las personas que participan en esta. Y es por eso por lo que hoy en día no me atrevo a opinar tanto sobre la industria, porque no tengo idea más allá de lo poco que sé.

Volviendo a mi relato, luego de un año de trabajar como docente en un colegio y habiendo ahorrado un dinero, decidí hacer unos cursos: Marketing y Comunicación de Moda, y Marketing y Comunicación de Lujo. Entendiendo el contexto y la industria como se mueve en lo económico y en la cuestión del mercadeo dije: “por acá tampoco es”. ¿Qué pasó? Aparte de que se murió mi abuelo Papagalo, perdí la esperanza de un futuro cercano que tuviera que ver con la moda. Juro que lo intenté, leía, hice este blog, empecé a seguir todas las cuentas de moda. Pero después de esto no volví a voltear a ver mi libro de MODA. Yo veía que ya todo estaba copado, que me había equivocado al subestimar la industria, me encerré.

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Ya sin saber qué hacer, postergué la moda con el pensamiento de “voy a hacer la maestría en estudios de moda”. Y ahí me quedé. No hice más, no me atreví. En el 2017, después de dos fracasos laborales, y de unas crisis intermitentes de ansiedad y depresión me decidí y presente mi aplicación a la maestría en Historia de mi universidad. ¿Por qué? No tenía empleo, no tenía rumbo, mi familia se fue a la bancarrota y más encima ahora quién había muerto era mi abuela Tita, mi primer style icon. ¿Qué más podía perder? Ya en mi realidad todo se había ido al carajo para mí. Viendo las fotos que Tita y Papagalo dejaron dije “algo tengo que hacer con esto”, sus imágenes en el tiempo me inspiraron. Con todos los esfuerzos posibles me presenté a la maestría, hice mi carta de intención, pedí las cartas de recomendación a las profesoras que me habían permitido la posibilidad de explorar la moda, presenté el examen y obvio pagué la inscripción con el último dinero que me quedaba. Pero no todo fue tan fácil, y no me cuesta admitir que no soy tan genio, y que por mi depresión llegué a perder muchas de mis capacidades. Tuve que presentar entrevista para la maestría, y ante la pregunta de una de las entrevistadoras sobre mi promedio tan bajo durante el pregrado(3,71), me tocó admitir que por mi salud mental me había costado un poco la universidad-a pesar de no haber quedado en prueba académica- y que esta maestría significaba la forma de reconciliarme conmigo misma…

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