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La Magnífica

Me gusta caminar sobre la cuerda de la pasarela
con tacones,
tan altos,
 que parezcan zancos.

Pasa la lengua sobre sus dientes y recoge los últimos residuos del ácido gástrico. Sonríe, aún con los ojos rojos, y mira satisfecha su figura larga y esbelta, al tiempo que acaricia su vientre plano. Observa en el espejo del tocador sus pómulos salientes como puntas de iceberg y la profundidad de sus ojeras violetas. Ve la tormenta azul debajo de sus pestañas y sabe que esas facciones bien definidas le permitirán viajar a Berlín.

Alexandra le prometió que si perdía siete kilos participaría en el desfile de Basler, Irina Schrotter o Rena Lange y, si todo funcionaba bien, podría integrarse con Amaya Arzuaga o Hugo Boss el próximo año.

Sabe además que debe conseguir un vestuario decente con su propio dinero y continuar asistiendo a las fiestas privadas para complacerla a ella y a sus invitados (desde la recepción hasta las habitaciones). Nada que no pueda superar una buena champaña y un par de rayas en el cristal.

Sobre el buró izquierdo, se escucha el celular de Alexandra, lo contesta de manera informal, al tiempo que admira los destellos rojizos de la melena corta de Rossana sobre la almohada de plumas. Recorre con el índice aquella piel joven, desde la nuca hasta la mitad de la espalda. Sabe que una mujer así, con las conexiones necesarias, llegaría al top de cualquier fashion week. Alarga su caricia hasta llegar a los huequitos que se forman arriba de sus nalgas, rodea uno, después el otro y con delicadeza traza el símbolo del infinito varias veces. Se sienta al borde de la cama, recarga los codos en las rodillas y experimenta de nuevo la adrenalina de ser la protagonista de los mejores contratos de la temporada. Aún no es tiempo de bajar de la pasarela – dice para sí misma. Se levanta y se encierra en el baño para concluir la llamada.

Mientras anuda el cinto de su bata de seda regresa a la cama:

— Lo siento Ross, hice todo lo posible, pero insisten en que yo me presente. Puedes ser mi acompañante y organizar mi itinerario, si lo deseas. Créeme, vas a conocer a gente muy importante, tal vez podamos colocarte en Milán o en Madrid. Chica, te lo digo en serio, gustas mucho, pero debes esforzarte un poco más.

Rossana baja la vista sobre las arrugas blancas de la sábana, haciendo un pequeño berrinche, reconociendo que, aunque no obtuviera ningún contrato, seguiría con ella porque nunca nadie la ha cuidado tanto.

Salen del jet y el viento helado se abre ante ese rostro maduro y perfecto que va frente a ella. Se acomoda el gorro de lana, levanta el cuello de su abrigo negro y, al respirar el aire berlinés, escucha como el público y la prensa la llaman desde no muy lejos: La Magnifique.

© Guillermo Osuna

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