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La gala

Qué joven es. Su silueta y sus rasgos denotan una vida apenas floreciente. La han vestido para la ocasión. Primero, las enaguas de algodón, que la cubren desde el pecho y, recorriendo piernas abajo, le llegan hasta las rodillas. Son un contraste porque mientras encajes y lazos le dan una delicada apariencia, su estructura se mantiene, como las escenografías tras bambalinas, con varillas y ganchos metálicos. Y cómo no habría de ser así, si todo está armado como una gran puesta en escena, donde ella ha ganado sin desearlo el papel protagónico. Pero mientras alcanza a comprender lo que pasa, a pesar de su esbeltez, siente los rigores del corsé que busca estrechar su figura hasta convertirla en un reloj de arena, tanto que parece que se va a desvanecer conforme cada grano del sutil y menudo sílice se filtra para darle la forma a su tiempo y a su resiliencia.

Es una mujer dividida en dos partes, de la cintura hacia arriba y desde ese mismo punto de su anatomía hacia abajo, acaso para escindir sus razonamientos de sus sensaciones. Ella es, entonces, ahí y así, el símbolo de dos fuerzas que no deben, como dicta la época, encontrarse nunca. Tal como jamás volverá a concurrir con quien la visitaba por las tardes, bajo la supervisión de su madre. Sentados los tres en la sala, cada miércoles, tomando té desde inicios del año 1861.

─Sí, qué deseo de tomarte, amada mía─ cruzaba un murmullo.

Su padre lo ha desheredado. No está conforme con el comportamiento antiesclavista que tenía su vástago.

─Si deshonras a esta familia yéndote a apoyar al republicano de Lincoln, te advierto que te desconoceré y no tendré más hijo.

Mas él, enamorado, ha guardado eso en secreto ante todos, excepto ante ella. Y para recuperar algo de dignidad se había unido a la Unión, integrada por los estados abolicionistas del norte.

La suerte no le ha sido benevolente. Demasiado pronto como para saber si su bando vencería o no, como si todos los fuegos lo consumieran dio un último respiro apenas suficiente para nombrarla. El azar se lo ha llevado, ella lo sabe. Su intuición, agitada como el vuelo de un ave rapaz, la hizo sobresaltarse. La guerra civil lo ha tomado para sí. Su doncella solloza a su lado, mientras su madre le ha devuelto un gesto adusto y breve, que rápido se disolvió en indiferencia y, luego, transmutó en maquinación. Mientras, a ella y su aflicción las va envolviendo el manto de la tarde.

La urdimbre está tendida. Con la virtud intacta, aún casadera, porta un vestido de seda a rayas anchas marrón y negras que corren desde el cuello hasta borde inferior donde se encuentran con sus zapatos, tiene una botonadura frontal hecha de una docena de casi imperceptibles cristales negros engarzados con un fino tejido de crochet. El corpiño se ajusta a su talle. El vuelo del faldón es amplio, al igual que las mangas que asemejan un alcatraz invertido. Un sobrio atavío de apenas medio luto, half mourning dress, como si su dolor fuera sólo a medias. Pero, al no ser su esposa, no puede llevar la aflicción entera ni entregarse por completo a lamentarse de su pérdida. Un encaje negro de Bruselas bordado a mano le cubre el rostro, disimulando sus lágrimas para no ahuyentar a un futuro consorte. No puede darse el lujo de desaprovechar las oportunidades con que el destino parece querer compensarla al quitarle y, siniestramente, de inmediato, volver a otorgarle. En el velorio, la parca misma hace de casamentera.

Regirse por el corazón no le proporcionará lo esencial para vivir y uno roto es más vano que su difunto amor. Es una mujer en dos partida, que no puede abandonarse a su pena. El desfile morboso de miradas que pretenden atravesarla hasta la médula es detenido por los tupidos tejidos en el lino de su velo. Cuanto más lo llore, menos querrán pretenderla, porque compartirla con un fantasma es tan licencioso como turnar caricias entre tres y tan deshonroso como rehusarse a batirse en duelo o como no ir a entregar la vida en el campo de batalla.

Sólo en sus ensoñaciones podrá volver a hablar con él. Eso es lo único que nadie podrá impedirle hacer.

***

El vestido de medio luto la ha sobrevivido más de dos siglos. Lleva hilvanado en el forro los pesares de quien lo usara, quizá, más de una vez. El paso de los años lo ha ajado, mas no lo destruyó. Lo sostienen no sólo las costuras y remiendos, sino la voz latente y nunca acallada de los recuerdos. Entre tumbos y venturas, perduró a pesar de ser considerado un desecho sin valor. Fue vendido por kilo revuelto con ropa de menor ralea, hasta llegar a México y parar en una venta de chácharas con un precio que no cubría ni la cristalería de sus botones. Desmejorado, con el forro parchado varias veces con telas diversas, pero la seda, rasgada por el uso, el devenir y el tiempo, aún conserva su brillo y color. Es una pieza que se escapó, quizá impulsado por el espíritu libre de su dueña, de algún museo o una colección privada y vino a dar a un pequeño poblado de la zona serrana de la Ciudad de México.

Quizá un oficioso y altruistísimo restaurador lo tome a su cargo, lo repare y le devuelva el lustre y realce que lucía hace, más o menos, 159 abriles.

 

Liliana Esparza

Ciudad de México

Mayo 20, 2020

Año del Covid 19

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