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La barberia del Living de San Isidro

Pese a la estrechez del espacio en el que opera la Barberia Ariel, ubicada en la calle Belgrano 484 de San Isidro, las personas nunca se habían sentido tanto en casa cortándose el pelo como en este establecimiento. La espera se concreta en el viejo sillón de la peluquería, resquebrajado y con el relleno a punto de salir volando de las grietas; sin embargo, este añade a la estética vintage del lugar, sostenida también por los afiches de publicidades viejas en las paredes y los carteles de neón en la entrada y sobre el espejo principal.  3 preguntas son las que le cae a uno al sentarse en la silla de la barbería, “¿Que cerveza quiere?”, el que acepte a esta peculiar pregunta para una peluquería, es recompensado con una amplia carta llena de todas las variedades de birra posibles, APA, IPA, Frank Zappa, Red Honey, Honey, Cream Stout, y la lista continua. La segunda pregunta es, “¿qué música quiere escuchar?”, claramente esta no es la peluquería para los ansiosos, 2 preguntas adentro y nada de pelo en la charla por ahora. En caso de querer escuchar música, mágicamente aparece un parlante JBL negro y muy pequeño, como una cajita; la recepcionista te pregunta cuál es tu canción favorita, casi gritándolo, ya que el hecho de estar detrás de su recepción de ladrillos, coronados por una tabla de madera brillante y bien barnizada; y tener su barbijo con el logo de la barbería puesto mientras hablaba no dejaban que su voz se proyecte bien a lo largo del pasillo. Prenden la música y al fin empieza el baile, “¿qué corte quiere muchacho?”, dice el barbero, Sergio “cachi” Montero, 52 años, irónicamente pelado en la cabeza pero con una barba candado con algunos pelos canosos infiltrados entre ese arbusto negro de pelos. También contaba con unas habilidades con la navaja impresionantes. Todos los clientes de la Barbería Ariel tienen su propia versión del por qué a semejantes capacidades con la cuchilla; Julián de 27 años, pregunto en su momento cual es el trasfondo del “Cachi”, “yo tengo entendido que era Chef en uno de los restaurantes de German Martitegui” “Bah, o eso es lo que me dijo a mi”; en efecto, siempre le dice algo distinto a cada uno de sus clientes. En el caso de Marcos de 30 años, le dijo que era un excombatiente de Malvinas que era reconocido por sus habilidades con el cuchillo, consiguiéndole el apodo de “Navajas” Montero.  En mi caso particular, simplemente su habilidad nace en la practica de hace varios años, incluso desde su niñez, ayudando a pelar papas a su mama. Comienza el corte y la primera en aparecer es la maquina de cortar pelo de Sergio, roja y plateada, aunque esos colores ya están desgastados y el rojo parece ahora como las manchas de un dálmata. Mientras veo el corte me doy cuenta que el espejo es tan grande que se puede ver a los clientes estirándose para sobrepasar el marco de la puerta que conecta las dos zonas de este angosto pasillo vestido de peluquería. Este espejo esta enmarcado por luces LED que esconden las pequeñas resquebrajaduras de la blanca pared y al mismo tiempo le da un aspecto psicodélico que choca de una forma extrañamente armoniosa con la estética vintage del lugar. Montero termina con sumamente cuidado el degrade del pelo y guarda la maquinita en su guardapolvo azul. Acto seguido, retira sus tijeras con gracia de dicho guardapolvo, casi como si fuera una espada saliendo de su estuche y apunta a la parte de arriba del pelo. Tener la cabeza quieta para no molestar al peluquero lo deja a uno con la imagen fija de lo que tiene en frente, en mi caso, me di cuenta de que el rociador que usaba el barbero era un rociador personalizado del Club Atlético Banfield, firmado por ni más ni menos que Jesús Datolo. El apoya vasos del lugar no le envidia nada de nada a los apoya vasos de los bares, Totalmente personalizado, haciendo juego con el mismo vaso que contaba con una versión minimalista del logo de la barbería.

Comienza la fase 3 del corte, y Sergio Montero explaya sus capacidades con las navajas en mi barba. Cuando comienza el fin de un corte, otra persona comienza a caminar a lo largo del pasillo con el piso de mármol para comenzar el ciclo de las 3 preguntas de vuelta. Termina la música y con eso el baile, uno sale del lugar con 20 gramos de pelo menos, una cerveza tomada, música escuchada y todo eso por el precio de 400 pesos. Cuando uno se aleja cada vez más a lo largo del angosto pasadizo, los ecos de la música que salen del antro retumban en las paredes y desembocan en las calles de San Isidro; fusionándose así con los ruidos de los autos.

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