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Imaginaciones encadenas

La muchacha cree que la miro con el catalejo del instinto sexual y se ofende conmigo, hace un gesto de desprecio y camina hacia la calle sin mirar hacia atrás dejando un vacío glaciar en la cafetería. Yo he usado mis clases de aritmética para sumar, un pantalón de lycra de color negro, dos tenis de tela azul, una blusa blanca ajustada, un par de aretes simétricos en las orejas, dos manillas de color rojo en el brazo izquierdo, un anillo dorado en el dedo anular de la mano diestra, imagino un sostén de color blanco, el calzón azul oscuro, y un par de calcetines debajo de sus tenis.

Digo calzón porque las otras palabras que pensé se usan en plural, y estoy sumando, así que esta mujer ha puesto sobre su cuerpo trece objetos que estuvieron guardados en cajones o colgados en ganchos. Me tragué su mirada de desprecio, pero no la veo más, pienso en cuántas cosas similares acompañan esa ropa, los movimientos de su cuerpo cuando se asomó para elegirlas, los ojos fugaces alertándose por la combinación precisa, la rapidez con la cual se puso el anillo en contraposición a la lentitud que acunó mientras el soporte de los aretes era introducido por el orificio en la oreja.

La imagino doblando su cuerpo, la espalda hacia adelante para alcanzar los pies y ascender con las manos la ropa, interior y pantalón, cada uno a su tiempo siguiendo la línea de las piernas hacia una vía láctea de intimidad secreta. Debió levantar los pies para encajar en ellos los calcetines de los que no supe el color mientras la miraba, pero en este instante apuesto porque están teñidos con el azul de la luna, cada uno dirigido por las manos, ajustados por ellas para que el pie quede protegido por la tela y la tela no se note en el borde superior de los tenis. Y estos, los tenis, quizá los encajó primero con los pies, y luego las manos dieron los últimos toques para que la acción diese el resultado correcto.

Digo que el sostén se lo puso unos instantes previos al momento en que la ropa cubrió la parte inferior de su cuerpo. No tuvo que alargar las manos para encajar el broche, se lo puso al revés, las copas en la espalda y, de este modo, puso el seguro que une los extremos, luego le dio la vuelta y se ajustó los senos dentro. Quizá la palma de su mano tocó los pezones sin excitación alguna, pudo pensar en ese momento en la imagen de su cuerpo frente al espejo, en el color de su piel y los días en que el sol se posa sobre ella. El anillo se lo puso después de las manillas, se acarició las manos y, lo sospecho, hizo girar el anillo varias veces hasta sentirse cómoda, ese mismo movimiento lo repitió con las manillas, y en algún momento dejó caer las manos en sentido paralelo a su cuerpo, las movió y se ocupó de otras cosas.

La blusa blanca, esta, digo yo, fue el regalo de su madre en la navidad del año anterior, cuando se la puso recordó que fue una sorpresa, creía que recibiría unos aretes, su madre había estado comprando cosas en una bisutería del centro comercial. La blusa le gusta, apenas ajustada a su tamaño, sin bordes que la rocen o costuras que se noten. Dio pasos cortos para encontrar el bolso, se aseguró de tener en él las llaves, el teléfono, los pañitos para limpiar la piel, unas toallitas higiénicas como prevención ante una emergencia, una billetera dentro de la cual están sus tarjetas, unos billetes, el documento de identidad, una fotografía en donde se ve alegre con su madre.

Sí, el bolso, no le vi el bolso cuando salió hace unos minutos. Miro hacia la mesa en donde estaba, un bolso pequeño en tonos suaves entre el azul y el verde. La mujer vuelve, me mira, se acerca a la mesa, toma su bolso, vuelve a verme, no le pongo atención a su manera de hacerlo, sigo con mi café, pude ahora ascender hasta sus ojos que como satélites oscuros escoltan un planeta en donde la naturaleza está bañada de luz por su sonrisa.

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