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Son las 4 a.m., Rina Yang se levanta a calentar el agua del té, hoy la acompañará con una tostada de arroz que dejó su compañera de cuarto la noche anterior. Despertó especialmente cansada esta mañana; pero su optimismo no decae, hoy cumple dos meses en el turno extra y ha completado 500,000 takas, un poco más de 5,000 dólares, lo suficiente para llegar a Europa. Una red de migrantes ha ideado una nueva ruta segura entre Bangladesh y Grecia, estando allí espera conseguir 2,000 euros, que le permitan llegar hasta Italia, donde la espera su prima con un buen trabajo. 

En la madrugada, por las escarpadas calles de Dhaka transitan camiones, coches, motos, con cientos de mujeres que se dirigen a las fábricas textiles. Rina toma una de esas rutas de lunes a sábado, su diminuto cuerpo se acomoda siempre en una esquina del vehículo, en el que, por lo general, la acompañan otras 30 o 40 mujeres.

Debido al hacinamiento en el que viajan no puede ver los rostros de sus compañeras, por ello se distrae mirando sus manos e imaginando la vida que hay detrás de ellas. La textura de la piel, el color de las uñas y la forma de los dedos le permiten saber la edad y el oficio que desempeñan. Los anulares enroscados son de mujeres maduras, tal vez más de 30 años, quienes, con pesadas tijeras de mangos metálicos, dan forma a los diseños de temporada. Las jóvenes, como Rina, siempre llevan sus uñas con los colores de moda, este mes fue el mostaza eléctrico de los estrechos tops que causaron furor en el Corte Inglés. 

“Dentro de un mes llegará el verano y en las playas del Mediterráneo se impondrá el estampado de cebra”, les dice el capataz tan pronto entran al edificio. Sin duda es una muy buena noticia para Rina, que por fin dejará la pesada máquina de estampar, que consume toda su fuerza y le exige una concentración que su alimentación no le facilita. Por el contrario, le agrada la idea de dibujar con el aerógrafo las irregulares líneas negras de la nueva tendencia, al tiempo que miles de moléculas de olor disponen su imaginación para seguir divagando con la nueva vida que espera conseguir en Europa. 

La diminuta falda marfil con la que debe iniciar le hace recordar la primera postal que recibió de su prima. En ella, una pareja muy rubia observa un cilíndrico edificio inclinado, durante un colorido atardecer. En su mente ella borra a los protagonistas de la escena y se ubica en su lugar recorriendo las calles de una ciudad que imagina limpia, iluminada, de calles amplias y con muy poca gente. Todo lo contrario de lo que día a día ve de regreso a su casa por las oscuras y tumultuosas calles de Dhaka. 

Ya son las tres de la tarde y ninguna ha logrado avanzar lo suficiente, la supervisora de piso ordena que no se retiren de sus lugares de trabajo y les permite sacar sus almuerzos para que se alimenten, mientras continúan la producción. Con el fin de asegurar que ninguna abandone el lugar, la supervisora sigue el consejo del capataz, cuando sale le pone un enorme candado a la puerta, ya que, según él, ellas no tendrán más opción que continuar. Rina y sus compañeras siempre protestan cuando esto sucede, pero su escaramuza dura apenas unos minutos y pronto todas están nuevamente en su labor.   

Rina saca de su mochila una taza con arroz con sal que llevó para pasar la tarde, rápido engulle tres cucharadas para tomar fuerza y continuar pintando, imaginando, viajando por las cálidas ilustraciones de sus postales. Mientras las grises ruinas de un gran estadio llegan a su mente, observa que una corriente de humo entra por la pequeña rendija al final de la puerta. Al principio no da crédito a lo que está sucediendo, es consciente de que los fuertes olores de los tintes con los que trabaja inducen su imaginación a salirse de la realidad. Pero muy pronto, la cantidad de humo que ha entrado a su piso nubla su visión y sólo escucha los gritos de sus compañeras, que claman para que alguien llegue a sacarlas del lugar.

El ruido de la tos, el llanto de sus compañeras, los gritos de auxilio y las plegarias hacen todo aún más confuso. De repente, la puerta se cae y, al otro lado, Rina observa cómo una gran llamarada entra a gran velocidad, arrasando con las montañas de tela dispersas por todo el lugar…

-Érika Castañeda Sánchez

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