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GugaLife: un rincón nacido en la pandemia


Se saludan con el gesto de Namasté. El chico que entró, no hace contacto visual; tiene unas babuchas blancas, un remerón rojo y un pañuelo estampado de raso como barbijo. Le cuelga del cuello una medalla de Jesús y tiene toda la cabeza rapada. Deja su skate debajo del mostrador y entra a un cuarto chiquito que está en la esquina del salón. “Ponete cómodo”, le dice entrando con él al cuartito, Gustavo “Guga” Canteros, el maestro de los demás empleados de Guga Life, un “small urban spa”, ubicado al borde del barrio porteño de Recoleta; Av. Las Heras al 3010. A partir de ese momento, todos los demás presentes comenzamos a hablar en susurro para no molestar al cliente; la salita de masajes no tiene aislación de sonido y la música New Age que se escucha no opaca una voz humana.

No hay información que falte, el frente se aprecia desde la vereda de enfrente. 

Juan Nambré, de 38 años, es quien más tiempo pasa en el lugar. 

  • Dejé mi trabajo de 15 años como encargado de un edificio. Fué en febrero, antes de la pandemia. Cuando llegó la cuarentena, no tenía posibilidad de nada. – cuenta reposado sobre sí mismo, echando la mirada hacia abajo y las manos entrecruzadas. 

Apostar por las pasiones, dejar lo antiguo, Guga Life para Juan representa “el esfuerzo de perseguir un sueño.”

El coronavirus sin dudas hizo estragos; terminó con negocios y emprendimientos, acabó con empresas y aplastó las ilusiones laborales de muchos. Pero Guga Life fue un producto de la cara B de esta situación. La idea fue planteada en el verano cuando cuatro amigos estaban reunidos, entre ellos Juan y Gustavo. Iban a abrir en marzo pero la pandemia les dió la oportunidad de remodelar todo el lugar, reinventarse y adaptarse a los protocolos requeridos para concluir con la apertura. Como no muchos otros, este spa urbano abrió sus puertas por primera vez en julio.  

  • Tratamos de combinar todo lo que es estética y relax en un lugar pequeño, esa fué nuestra idea principal desde antes de la pandemia, el concepto maneja algo nuevo. explica Juan entusiasmado. 

El local tiene aproximadamente cinco metros por tres, sin contar el baño y un cuarto en el fondo. Los vinilos de la vidriera no dejan entrever los cuadros de buda que están lejos de estar centrados en la gran pared blanca. Destacan dos sillones floreados sobre una tarima de madera que ocupa la mitad de la primera mitad del local. La segunda mitad del fondo la ocupan la salita de masajes y la estación peluquería. También cuentan con un sillón masajeador y una estación de manicuría justo detrás del mostrador. Hay muchos espejos en un rincón y un sillón masajeador que según Juan “es tipo los de aeropuerto”. Trabajan con productos orgánicos para el pelo, exhibidos en estantes al costado de la puerta de entrada. Todo tiene su lugar. Si se moviera algo ya se notaría cierta desprolijidad en el conjunto. Es chico como un vagón de subte y al parecer lo suficientemente grande para abarcar todas los servicios que un centro de estética pretende. 

Duchas para la pedicuría, bancos que hacen juego con los sillones. Ana y Juan al fondo del local. 

“Guga” responde al nombre de Gustavo, quien ocupado en los masajes no vuelve a aparecer. Juan se sienta en la silla del mostrador. 

  • La tarima no podía faltar, la mandamos a hacer. La luz de allá es de un trabajo anterior como fotógrafo. La traje y quedó buenísima. El lugar medio mezcla lo moderno y lo clásico, viste. Tenemos el purificador de aire también, eso le da seguridad a la gente (…) Igualmente hacer masajes con guantes no es fácil, porque no perciben bien las energías. – dice. 

Guga Life tiene su cuna en el barrio de Flores, donde Juan y otros empleados como Samuel, un masajista, se educan en el arte de las sanaciones cuánticas. Gustavo, quien se especializó en La Rioja, es su maestro. “Somos, mente, cuerpo y energía”, me explica Juan. “El cliente viene acá y dependiendo de lo que le pase procedemos con distintos tratamientos; piedras calientes, digitopuntura, aromaterapia; hay sesiones que duran horas”. Según Juan, en las sanaciones cuánticas en particular “salen muchas cosas”. 

  • Trabajamos ideas y pensamientos positivos. Es eso.  Mentalidad positiva. 

Ana, que se encarga de la pedicuría, tiene voz suave. Está sentada en la estación de manicuría mirando su celular. “Todos los que trabajamos acá somos amigos, nos conocemos”, dice sin desviar la vista del teléfono. Tiene una mirada dulce. Ofrece agua y se sirve un vaso para ella misma. Juan mueve las manos cuando habla y se apasiona describiendo el lugar. 

“Todos los que trabajamos acá somos amigos, nos conocemos”. 

  • Esto me da la satisfacción de hacer lo que me apasiona, por fuera de lo económico. – agrega.

El masaje cuesta $1400 pesos la hora, el corte $600. Tienen descuentos para trabajadores de salud y para adultos mayores. Entre las tres y las cuatro y media de la tarde de un viernes de septiembre entró una sola persona, abren de lunes a sábados de 10 a 19.

  • Me quise salir de la zona de confort. Estaba cómodo. Quise apostar por esto, que me encanta. – continúa. 
  • Dejaste todo. – le digo.
  • Si, dejé todo, pero hice bien. – me respondió cruzándose de brazos, mirándome a los ojos. 

“Strong enough”, se lee en la palma de la mano de Juan. 

  • ¿Siempre están así de tranquilos? – pregunto. 
  • Cuando no hay gente ponemos cumbia. Si no, estamos todo el día con esta música muy om (cierra los ojos, sobresalen del barbijo las arrugas de una risa y hace un gesto de meditación con las manos).

La televisión del otro lado del mostrador reproduce imágenes de la naturaleza y luces blancas espiraladas cuelgan del techo. Hay silencio por fuera de la música de relajación. Juan hace énfasis en que por más de que no están teniendo muchos clientes, en este momento se están asegurando de que los que ya vienen, vuelvan. “El chico que se está haciendo masajes es la tercera vez que viene en el mes”, me dice. 

Cuidarse hoy involucra muchas cosas. Guga Life ofrece muchas opciones; trabajan con el sonido, con terapias alternativas, con los chakras y las energías. Según Juan “Una persona que no sabe canalizar la energía, la retiene”, y en esta cuarentena “se atiende gente muy cargada”. 

Los sillones no se movieron ni un centímetro, el piso está impoluto y Ana sigue mirando su celular. El purificador de aire sigue funcionando y Juan observa todo orgulloso, como si repasara con la mirada todo el esfuerzo que puso en montar el lugar; el local fue prácticamente construido enteramente en cuarentena. Seguimos susurrando porque la sala de masajes sigue ocupada. 

  • Se está más tranquilo acá. – le digo.
  • Si, es una peluquería normal, pero le encontramos la vuelta. 

(…)

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