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Fernando, mi peluquero.

Esta semana fui a mi peluquero para que me arreglara la barba. Las chicas que estéis leyendo este artículo se dividirán en dos tipos (una vez más la manía de las clasificaciones), las que disfrutáis de ir a la peluquería y las que lo odiáis. Pues a los chicos nos pasa lo mismo, leyendo este artículo estoy seguro que sabréis cual es mi postura.

Yo siempre he ido a un peluquero, durante muchas décadas fue César, el peluquero, (¿Por qué l@s peluquer@s no tienen apellidos?). Bueno, pues César fue “mi gurú” sobre mi masa capilar, guiándome por el difícil mundo de los champús mejores para mi y sus recomendaciones para retardar su desaparición.

Una vez que se jubiló, tuve un periodo de “travesía en el desierto” donde no terminaba de encajarme el trabajo de los peluqueros, sin apellidos, que iba probando. Algunos hablaban demasiado, otros no te decían ni mu, otros eran demasiado rápidos, estuve en uno que me dejó el cogote lleno de cortes con la cuchilla, el peor de todos fumaba tanto que cuando cogía el pelo con sus manos para cortarlo con tijera, llegaba hasta mi nariz el olor del tabaco que impregnaba sus dedos.

Hasta que llegó Fernando. La llegada de Fernando a mi vida fue casual, por una recomendación, “por probar no pierdes nada” me dijo, total, no se cuantos llevaba ya en mi búsqueda del peluquero ideal. Me puse a ello y tuvimos nuestra primera cita.

Todo salió genial, me dejo con ganas de más. Fernando era habilidoso, sus dedos sabían bien como manejar las herramientas para conseguir dejarme satisfecho con su trabajo. Por su carácter debía ser más bien de la parte de Ecuador que más se parece a Andalucía. Su delicada conversación, comedida en las preguntas, para que no me pusiera a la defensiva, pero suficiente para dejarme llevar mientras las vibraciones de la maquinilla se movía sobre mi cabeza, dejando ondas de placer que traspasaban mi cráneo.

Conté los días hasta la siguiente cita con Fernando, deseando comprobar si esta primera experiencia había sido casual o era así en realidad. Un mes más tarde, volví, dispuesto a disfrutar de un nuevo encuentro. No me importo tener que esperar cola, la cita lo merecía. Y quise ponérselo más difícil, no quería ser presa fácil, así que le pedí que me pelara y me retocara la barba.

Me ganó completamente, su habilidad en el corte con navaja rozaba el éxtasis, Pero lo mejor de todo fue cuando salió de él que me retocara las cejas, esto no me lo había hecho ninguno hasta ahora. Definitivamente, este era el peluquero que necesitaba en mi vida.

Con el paso del tiempo, llegamos a un punto tal, que en una de las veces que me afeitaba la barba con cuchilla me quedé dormido, Fernando se sorprendió con tanta confianza. Como recuerdo de ese momento le regale una placa que tiene colocada en su peluquería.

Cuando Fernando vuelve de sus vacaciones en Ecuador visitando a su familia, me pregunta siempre: “¿Me has puesto los cuernos con otro?”, le miro con cara de sorpresa y le digo “Nadie puede superarte, querido”.

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