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Enseñar a comer

Tragar y comer no son lo mismo. Tragar no implica ningún tipo de noción previa para ejecutar el ejercicio de forma precisa, pero comer, y hacerlo bien, requiere conocer nuestro cuerpo y entender de qué forma reacciona ante los alimentos que le vamos suministrando. No se trata de inventar nada. Es, simplemente, sentido común y compromiso con uno/a mismo/a.

Cierto es que a muchas personas no les importa castigarse comiendo cualquier cosa. Pero no menos cierto es que, cuando esas personas se convierten responsables de otros pequeños seres, normalmente sus hijo/as, empiezan a impostar actitudes poco creíbles ante la necesidad de alimentarlo/as ¿Brócoli para ello/as, longanizas para tí? ¿Recetas de cremas y mezclas inverosímiles de verduras? ¿Pescados sin ninguna gracia ni sabor?

Enseñar a comer requiere una visión comprometida de la alimentación. Porque claro… pretender que nuestros/as hijo/as coman bien a pesar de ser un ejemplo nefasto requiere más imaginación que una película de Disney. Pero no nos volvamos loco/as. No es necesario cambiar de dieta, eliminar la carne (eso es una decisión personal que debe meditarse adecuadamente), inventar nada nuevo. Con tratar de no ceder ante la comida precocinada, y las opciones (literalmente) basura, es más que suficiente. Una tortilla, un buen plato de pasta con tomate, unos guisantes con jamón, una merluza a la romana… son ejemplos de lo que siempre se ha hecho bien y, tristemente, parece que empieza a desaparecer. No hay más que ver las opciones de “menú infantil” que ofrece la mayoría de los restaurantes (incluso los que presumen de opciones adultas de gran calidad y producto). Es para echarse a temblar. Yo, directamete, no miro esa sección de la carta. Si lo que yo como es bueno, mi hija y mi hijo disfrutarán como yo lo hago.

Y es que ello/as comerán según vean que nosotro/as lo hacemos. Ello/as adquirirán sus gustos en función de lo que nosotro/as decidamos poner a su alcance. Ello/as se convertirán en glotone/as, remilgado/as, goloso/as o despreocupado/as, culinariamente hablando, si nosotro/as no somos capaces de acercarles el conocimiento y las actitudes necesarias para que creen su propia personalidad ante la comida. Ofrecerles recetas sencillas pero llenas del sabor de siempre es un buen comienzo para ayudarles a entender lo que comen y hacerlo con gusto.

Obesidad, anemia, diabetes, hipertensión, gastritis, problemas digestivos crónicos (alucinante, pero sólo hay que ver las cifras) o enfermedades odontológicas, serán la respuesta natural ante nuestra falta de responsabilidad frente a su educación alimentaria. Pero no es necesario ser alarmistas ni extremo/as. Quizás no lleguen a desarrollar nunca este tipo de transtornos y, simplemente, vean mermada su vida social debido a sus rarezas a la hora de comer. No es fácil ser raro/a. Y mucho menos en una cuestión tan básica como la comida. Hay una etapa de la vida de toda persona en la que llamar la atención (sin resultar guay) puede convertirse en motivo de burla y rechazo. Es triste, pero es así.

Es muy fácil preparar potitos de verduras, pescado y pollo. Pero la cosa se complica cuando la dieta deja de triturarse y hay que explicarles por qué es bueno comer eso que nos empeñamos en poner en su plato. Nada de poco apetecible, por cierto, si somos capaces de preparar y presentar la comida de forma atractiva. Yo suelo comer con mi hija y mi hijo en casa de mis padres los sábados. Uno de esos días, mi madre preparó nuggets caseros con patatas fritas de bolsa (esas congeladas que parecen palos de mikado). Mi hijo (Joan, 6 años) le pidió que, por favor, la próxima vez las hiciera caseras. “Están más ricas” pero, además, son infinitamente más saludables, baratas y apetecibles. Lo/as niño/as no mienten.

Nos reunimos en torno a una mesa para celebrar, compartir, conocer… nuestro núcleo social más básico se desarrolla en ambientes culinarios. Desde niño/as hemos asistido a meriendas de cumpleaños, comidas de domingo, cenas de amigo/as,  banquetes de boda… No hemos de negar este disfrute a nuestros hijo/as. Dediquémosles el tiempo que merecen. Enseñémosles a comer, disfrutar, compartir y decidir.

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