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El poder de la inclusión

Más allá de mantener un negocio, la industria de la moda es un sector que debe cuidar su imagen. No para que las demás la sigan, sino porque son parte representativa de una sociedad, de sus progresos, de sus ideas, de sus políticas… Todo se puede entender a través de una pieza de ropa que, copiada por miles, supondrá un estilo de vida concreto de una misma ciudad.

Al igual que hicieron con las largas faldas a principios del siglo XX, las mujeres vieron cómo sus derechos y libertades, sobre todo en materia laboral, sufrían cambios. Unos cambios que afectarían a sus futuros, donde el hecho de haber nacido mujer no te relegaba a un segundo plano familiar, donde cuidar de la casa y tener hijos eran las mayores metas a conseguir. Básicamente, porque no había otra posibilidad de crecimiento personal.

Con la llegada de los conflictos bélicos y las hambrunas, el género femenino conseguía un mayor papel en la sociedad. Esta vez, a las mujeres se les permitía trabajar en fábricas y demás, cosa que hizo replantearse muchos cambios en las políticas laborales y sociales.

Aunque no nos pararíamos a leernos los estatutos ni las leyes de comercio de épocas anteriores, sí que nos fijaríamos en cómo vestían y cuáles eran sus actividades cotidianas. De ello podemos extraer una nueva visión del cuerpo humano, sobre todo el femenino, donde las medidas se acortaban, los tejidos eran más resistentes, los vestidos menos abultados y el pelo perdía sus tirabuzones para convertirse en el corte ‘garçon’ para evitar los innumerables accidentes mortales debido a la poca adaptabilidad de su indumentaria. Como se puede ver, la moda sí que tiene un papel fundamental en el avance y en la historia.

Todo este resumen del pasado es un ejemplo con el que poner en contexto la situación actual. Pese a que las políticas migratorias son más flexibles, las fronteras no tienen tantos requisitos como antaño ni las personas son juzgadas de manera diferente por su procedencia ante la ley, no se puede todavía hablar de una inclusión social total hasta que el sector de la moda y la cosmética no diga lo contrario.

El verdadero reflejo de que las políticas sociales se están dando en un país es cuando todos tienen una misma representación en él. Y hablamos en todos los sentidos.

Por eso no es de extrañar que, dada la facilidad de viajar y poder vivir en el extranjero ampliando la variedad de rasgos y culturas a lo largo y ancho del mundo, muchas de las grandes marcas textiles con más influencia en el sector se decanten por ampliar su oferta laboral y ofrecer un puesto que se presenta como imprescindible: supervisor de inclusión y diversidad.

Marcas de la talla de Gucci, Prada o Chanel, así como la cadena sueca H&M o la cosmética Sephora son solo unos pocos ejemplos de la necesidad de esta figura dentro de sus sedes. Porque la moda no es solo ropa bonita para que todo el mundo lleve, sino que cuenta algo más y que, en muchas ocasiones, tiene un mensaje más profundo detrás. Aunque también es un sector donde queda mucho por mejorar.

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