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El pendiente

Todavía me acuerdo aquella noche que me disponía a salir de fiesta, y como buen narciso propio de la edad, no hacía más que ensayar gestos, posturas y ademanes ante el espejo de mi habitación. En aquellos años, el hecho de llevar pendiente era considerado como la representación hecha realidad de la rebeldía, más todavía que los innumerables “piercings” y tatuajes que cubren los cuerpos de los adolescentes (y no tan adolescentes) actuales. Sí, ya sabéis, ese largo tiempo empleado en la ardua preparación semanal necesaria, para que con el antiquísimo arte del flirteo, tener una mínima oportunidad. Ese sábado estrenaba calcetines, unos de esos que venían cogidos con una grapa de metal en la puntera. Ver la grapa y colocármela en el lóbulo de la oreja fue todo uno. Como relucía, cual estrella navideña que señalara a las féminas el camino de su próxima conquista. Yo seguí acicalándome, y llenando mi cerebro con multitud de banalidades, una detrás de otra, de tal modo que la última de ellas hizo que me olvidara de lo más importante, el quitarme el aro metaloide de mi apéndice auditivo.

Fijaros las miradas primero y risas después, de los pinchos que tenía como colegas, cuando se dieron cuenta del patético adorno. Menos mal que yo siempre he tenido recursos para salir de las situaciones embarazosas, como aquella vez que me caí del taburete del pub atestado de gente y exclamé todo digno —¡menos mal que no me ha visto nadie! Los miré todo serio, con aires de autosuficiencia, y les espeté — ¡pero qué entenderéis vosotros de moda!

Supongo que no entenderían mucho, ya que cejaron en la intentona de hacer sangre de la ocurrencia, convirtiéndose esa noche en una más de las tantas que salimos de fiesta, a excepción de alguna mirada de soslayo que alguien dirigía a mi oreja. Por otro lado tengo que confesar, con el mismo éxito con el “ligoteo” que en otras muchas ocasiones anteriores. Ninguno. Por lo que, cuando ya cansado me dirigía a mi casa, y habiendo descubierto lo similar que había sido mi vida con pendiente, decidí quitarme el oropel y arrojarlo al campo que atravesaba, para entrar a casa sin ningún aditamento, ese que me iba a asegurar el éxito. Y porque no, también para evitar tener que dar explicaciones a mis padres ante tamaño atentado contra las buenas costumbres.

Conviene recordar a los más jóvenes, a los adolescentes de hoy, bombardeados como están desde infinidad de medios por multitud de tendencias, que las modas son cambiantes, la mayoría de las veces producidas por intereses externos e inconfesables. Esto digo para que no sufran por no poder adaptarse a unos roles determinados, y que no se sea tan categórico defendiendo un determinado “look” o tendencia. Y si eso viene refrendado por el adolescente de ayer, mejor que mejor.

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