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El maniquí y el COVID19

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El maniquí, esa pieza que siempre está inquietantemente inmóvil, que se parece a nosotros – o al menos eso quisiéramos-, imprescindibles para mostrar y vender ropa, lo que los hace complicados, durante la cuarentena han recibido más atención de lo usual pues por un periodo de tiempo fue lo único que habitó tiendas de ropa y ahora, incluso, se les ha otorgado otra función, la de separar a los clientes de bares y cafés en los que el distanciamiento social es imperativo: gente real, que respira, conviviendo con copias inmóviles de sí mismos.

“El maniquí se ha convertido en un foco de atención”.

Después de la Segunda Guerra Mundial, con la escasez de telas y el mundo de la Alta Costura en plena caída económica, 15 casas de moda francesas unieron fuerzas para realizar una espectacular atracción pública que llamaron el Théâtre de la Mode y que sirvió como una manera muy práctica de promocionar su mercancía: hicieron versiones a escala de sus atuendos preferidos y los exhibieron en maniquíes de alambre y porcelana, a un tercio de su tamaño real.

Fue un gran éxito.

Se exhibió primero en París, donde atrajo a cerca de 100.000 visitantes, antes de salir de gira por el resto de Europa y América.

Este despliegue de ingenio de posguerra no ha sido el único momento en el que la industria de la moda ha utilizado con astucia al maniquí. Más allá de su obvia posición como bien esencial en las tiendas, el humilde maniquí ha servido también en sesiones de fotos, pasarelas y presentaciones, así como en exhibiciones en museos.

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