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El hilo invisible

Está claro que Daniel Day-Lewis sabe y puede escoger sus papeles. El que interpreta en esta ocasión es bastante interesante y sobre él recae gran parte del peso de la película. Un hombre elegante, culto, maniático, un modisto consagrado que vive con pasión su trabajo y conoce por casualidad a una chica mucho más joven que él en la que, una vez más, ve a la perfecta modelo para sus diseños. No obstante la obra va mucho más allá del personaje de Daniel. Lo que verdaderamente destaca es la elaborada evolución de la relación entre ambos protagonistas, la evolución muy especial de sus afectos y emociones retratados con íntima sensualidad y dureza. Ella se enamora enseguida de él, víctima de su genio, de su atractivo, de su dinero y su sinceridad. Ella se siente un ave del paraíso con sus vestidos. A él, ególatra infantil incorregible, le gusta ella porque hace crecer su genio. El formato entrevista que se intercala en la narración aporta cierto misterio incluso a la fabulosa escena final. La iluminación está muy trabajada. Ambos personajes se complementan y se necesitan; el artista y la fanática van creciendo juntos. En un momento dado el guion se retuerce, gira, los personajes se quiebran y apuntalan su amor de un modo peculiar, adaptado a sus necesidades. La víctima se transforma en verdugo y ante nosotros se abre un nuevo e inesperado equilibrio. Hay tensión en muchas escenas, siempre elegantes y con una música deliciosa. La madre fantasmal de Reynolds alimenta la personalidad del genio infantil, controlado también por su hermana Cyril, otro magnífico personaje. Alma lo observa, lo comprende como nadie y aprende a tratarle de un modo singular porque no está dispuesta a perderle. Ambos llegan a un acuerdo sorprendente que hace posible que el genio, el hambre y el tedio de Reynolds se aplaquen con el sufrimiento y el miedo, algo que permite que en él nazca de nuevo la felicidad y las ganas de vivir, algo que permite que el amor reviva, una especie de castigo para que el niño genial y caprichoso no se desmadre y tome de nuevo conciencia de una realidad propicia para su creatividad.

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