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El estilo tapicero. El polisón y Charles Frederick Worth

El nombre de «estilo tapicero» se debe al historiador Francois Boucher, quien, en 1965, puso de manifiesto las similitudes entre el interiorismo de las viviendas de la época victoriana y la confección de las prendas femeninas. La Revolución Industrial llena las residencias burguesas de ostentosas tapicerías llenas de recogidos, fruncidos y drapeados, borlas, flecos, pasamanerías y demás adornos decorativos. Todo ello confeccionado en los más diversos tejidos: cretona, terciopelo, seda, raso, chinz, satén… Y esta profusión de textiles salta con naturalidad al traje de las damas que habitan aquellos salones.

Silencio - James Joseph Jacques Tissot 1836-1902 (1)-min

Imagen extraída de la web Manchester Art Gallery. Obra: Silence! Le concert – James Joseph Jacques Tissot (1875)

La burguesía se ha consolidado definitivamente y para mostrar su poder, entre otras cosas, utiliza el cuerpo de la mujer y el hogar en el que habita. Hogar y esposa, se convierten en cartas de presentación y escaparate de riquezas.

Pero si alguien utilizó todo aquello con maestría para moldear la silueta femenina en el siglo XIX fue Charles Frederick Worth, padre de la crinolina —aquellos enrejados que convertían las faldas femeninas en un ruedo gigante— y posteriormente del polisón.

Charles Frederick Worth, nacido en 1825 en Bourne, Lincolnshire, Inglaterra, y afincado desde 1845 en Francia, fue el primer costurero que le puso una firma a sus prendas, y eso, además de otras cuestiones, como la restauración de una casa real en 1852 con Napoleón III —que volvió a hacer de París una capital imperial ávida de lujo—, y que también supiera granjearse el patrocinio de la emperatriz Eugenia de Montijo, le convirtió en el más afamado e influyente diseñador de la alta costura  no solo en Francia sino en toda Europa y Norteamérica. No era para menos; los diseños de Worth eran excelentes, lujosos y únicos.

La invención del polisón (sobre 1870) transformó la silueta de la mujer. Se continuó estrechando su cuerpo con el uso del corsé, pero toda la atención del vestido se trasladó a la espalda. Gracias a esa estructura hueca, el tejido tomaba cuerpo y se levantaba a manera de  grupa, lo que convirtió la figura de la mujer en una especie de centauro. El diseño de los vestidos con este artilugio se mantuvo durante veinte años, pero fue evolucionando. Comenzó teniendo un contorno de falda levemente amplio, herencia de las crinolinas, tuvo un periodo de decadencia entre 1877 y 1883 con tejido posterior pero sin estructura que lo levantase, lo que estilizó la silueta, y volvió con fuerza —exagerando al límite su perfil— entre 1884 y 1890.

Al margen de todo esto, ¿os imagináis la revolución que tuvo que ser en aquella sociedad moralista y puritana, que la moda, hasta ahora siempre en manos femeninas, fuera concebida por un hombre en la intimidad de su taller? ¡Qué indecencia! ¡Qué escándalo! Sin embargo, la creatividad, la capacidad de inventar de aquel genio eran irrenunciables para una burguesía que lo que deseaba desde lo más profundo era llamar la atención.

Worth supo convertir la costura en el arte del vestir. 

 

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