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El drama a rayas.

Estaba barato. Esa fue en la primera trampa en la que caí. Un pantalón muy chulo de verano: Largo, negro con líneas blancas verticales y bolsillos. Los bolsillos también me convencieron. Fui así de fácil, lo admito. La otra trampa, fue el vestidor. Deberían estar prohibidos esa clase de probadores. Más chiquito que el baño de mi departamento, con una cortina pesadísima y oscura de telón, y un espejo cuadrado, colgado en un ángulo perpendicular tipo selfie, donde te ves los pies chiquititos y lejanos, la cabeza como un globo. Pero alta. Yo: alta. Que gracioso.

Además: descalza y en corpiño. Así, nunca iba a saber si me iba a quedar bien realmente. Pero era negro, a rayas blancas, nada fuera de lo normal. Nada modía salir pal.

Pasaron varios días en los que el pantalón descansó en una silla, a la espera de ser usado. Pero un motivo u otro, yo no encontraba momento para ponérmelo. Ojo: vale aclarar que no estoy hablando de ese tipo de ropa que a veces catalogamos “para salir”, onda formal, de lentejuelas, brillito, encaje y curvas que no tengo.

Así que este pantalón no tenía brillos para una noche de fiesta, ni era de una tela finísima y delicada tipo presentación formal de mi libro. Un pantalón tranqui, para ir a trabajar, sentarme en un bar, ir al mercado, o para juntarme a tomar mate con las amigas tiradas en el pasto.

Pero el pantalón era tiro alto, al pupo. No solo eso, en la cintura: volados. Divinos, preciosos, pero yo, ¿Cuándo fue la última vez que usé volados?

Así es que me lo medí con diferentes remeras y no hubo caso. Adentro del pantalón, afuera, body, pupera, camisa. No estaba funcionando nada. Además, que el muchacho, mi pareja, en cada una de las pruebas de indumentaria, me decía “todo te queda bien”, que no tenía que preocuparme por nada, pero que no le convencía con las zapas, que seguramente el pantalón quedaría mucho mejor con sandalias altas. ¡Volados, sandalias altas! ¿Qué más? ¿Maquillaje, joyas? ¿Qué más que no tengo? ¿Tetas, fama? ¿Confianza?… Una vez más, comprando cosas que nunca voy a usar.

Me volví a cambiar y me fui frustrada al trabajo. El drama del pantalón a rayas me seguía perturbando. En un recreo, entre el café y el puchito, sin saber ya de que hablar, le conté mi fatalidad a una amiga: “Tenés que ponértelo y salir”, me dijo.

Y al día siguiente así lo hice: remera negra, pantalón negro a rayas blancas, zapas blancas y “¿cómo me veo?” a mi compañero.

  • Pareces una bailarina de hip hop de los ´90.- Me dice él.

Lo consideré como el mejor piropo que podía conseguir. Los ´90 están bien. Igual, en último momento cambié las zapas blancas por negras, para quedar un poco menos ninety.

Salí a la calle y, lo juro, la primera cuadra: me morí de vergüenza. Como si en vez de tener un pantalón negro a rayas blancas, anduviera con el vestido de carne de Lady Gaga, o un sorete de corbata. Igual me calmé, que no soy la primera persona vestida un poco diferente que anda por la calle. ¡Y tampoco es que estaba tan rara! Un jodido pantalón negro a rayas, ¡Relajá Ivana, relajá! ¡Calmáte un poco! Que tampoco, si a alguien le parecía gracioso, se iba a destornillar de la risa enfrente de mí sin poder aguantarse. No es que me iban a señalar, ni tampoco me iban a sacar fotos para hacerlas memes. Tampoco tanto. No hay que exagerar ¿Cuántos extravagantes he visto por la calle y al minuto siguiente me he olvidado de ellos? Y más en esta ciudad por la que ando.

Bueno, al final, llegué al trabajo. El pantalón fue de gran aceptación general. Hasta recibí consejos y tips de las chicas de cómo y con que usarlo, ajustado a mi closet, gustos y preferencias.

Además me hace re buen culo.

Ivana Taft

P.D: gracias Marce por la asistencia

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