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El dolor que mueve el mundo

JUAN BONILLA

Quizás no quepa mayor desdicha que no sacar algo de provecho de una desdicha. Eso hacen, o tratan de hacer, los terapeutas que a quienes padecen dolor crónico les recomiendan que lleven un diario con la esperanza de poder leerlo un día con más alivio que dolor. Cuando la periodistaMelanie Thernstrom se puso, a instancias del New York Times, a investigar sobre el dolor -después de padecerlo durante mucho tiempo sin que encontrara remedio-, descubrió que muchos pacientes se habían ayudado escribiendo un diario, como si la testificación en tiempo real sirviese de paliativo al propio dolor que generaba la escritura. Por supuesto, la mayoría de esos documentos particulares no tenían otra meta que el alivio de quien, por decirlo con la misma imagen que utiliza Thernstrom, se había quedado completamente solo. Es una de las fuerzas del dolor: nos convierte en una isla lejana, nos va despegando de la realidad hundiéndonos en otro ámbito en el que el cuerpo, y dentro de él allí donde el dolor resida, desde donde se extienda, parece, como un agujero negro, devorar todo lo demás.

Esa función del dolor -que a veces es síntoma y avisa, pero en otros casos es visita recurrente, y en otros llega a ser en sí mismo una enfermedad que ya se ha hecho su sitio en los manuales: este es el caso que motivó Las crónicas del dolor(Anagrama) de Thernstrom, alentada por las estadísticas, que advertían en 2010 que un 10% de la población de Estados Unidos padecía “dolor crónico” -fue la que llevó a Rudyard Kipling a componer su Himno al dolor físico, que tanto gustaba a Borges, y en el que agradecía al dolor que con su presencia aplastara hasta anularlos las demás fatigas del alma. Terrible madre del olvido/ que, al comenzar tu reinado/ aplastas las angustias del alma/ y el recuerdo de sus pecados./ El gusano veraz que no muere/ también el fuego firme/ quedan abolidos ante tu táctica/ de aflicción absoluta-. Se trata de un poema escrito no tanto para combatir los dolores físicos que padecía como para, a través de ellos, consolarse de la muerte de su hijo, soldado en la Gran Guerra. Al fin y al cabo Kipling debía de conocer ese verso de la Bhagavad-Gitaque define la vida como “lugar donde el dolor reside”. Mucho antes de que los terapeutas recomendaran la escritura para paliar el dolor, para combatirlo o documentarlo, Alphonse Daudet compuso su En la tierra del dolor. Contrajo la sífilis a los 18 años y en los sanatorios en los que lo trataban empezó a llenar un cuaderno que, en palabras de Julian Barnes, son “una década de tormento en 50 páginas”.

Daudet denuncia la impotencia de las palabras para anestesiar a quien escribe, sólo aparecen cuando ya el dolor se ha calmado y ya no pueden sino nombrar “recuerdos mendaces”. El dolor no deja escribir en directo. En una preciosa imagen nos dice que “la idea del dolor cambia con cada paciente como la voz del cantante según la acústica de la sala donde cante”.

“La filosofía no sirve frente al dolor”, escribió Rafael Argullolen Davalú o el dolor (RBA), un diario que navega entre la ficción y el ensayo. En un viaje a Cuba, un dolor cervical tumbó a nuestro filósofo, que le dedicó un libro muy personal al tabú del dolor físico. Frente a la muerte y la destrucción la filosofía aún tiene algo que decir, o que tartamudear al menos, escribe Argullol, pero “no respecto al aguijón del cangrejo”. La filosofía sería demasiado abstracta y contra el dolor, en esa campo de batalla, no hay sitio para las nociones y conceptos porque son impotentes frente a la fuerza concreta, plástica, de las sensaciones. Contra el dolor sirven más la comedia, la burla, la representación.

Quizá por ello uno de los más conmovedores dolientes sea Pnin, el personaje de Nabokov que al escuchar su propio apellido pronunciado por los americanos oye pain, dolor. Nabokov sufrió durante toda su vida no sólo ataques de migrañas sino épicos dolores de muelas que le cedió a su más entrañable personaje. A propósito del dolor de muelas, dice Thernstrom en Las crónicas… que hay en la historia del dolor dos épocas, la segunda de ellas aún en pañales: el hiato se produce con la invención de la anestesia. Para que se pueda medir lo que era un dolor de muelas en la antigüedad nos remite a una tablilla babilónica en la que se compara el parto del que nace el Universo con un dolor de muelas.

Thernstrom visitó para su libro clínicas especializadas en el tratamiento del dolor. Las compara a La montaña mágica, y citando La enfermedad y sus metáforas de Susan Sontag, que ponía de ejemplo la tisis, recuerda que un dolor tardaba muchos años en constituirse en enfermedad y en activar la necesidad de investigación para la obtención del antídoto. En esas clínicas descubre el alivio que supone la compañía de los iguales, como en La montaña mágica se daban apoyo -formando parte de una secta obligada por las leyes de las circunstancias- quienes llegaban al sanatorio con más esperanza de que el dolor durase menos que con la de curarse.

Ese dolor en compañía de iguales comparece también en El dolor, el ramillete de escritos que en los años 40 compuso una Marguerite Duras abatida por el miedo, la ansiedad y el dolor. Su marido había sido detenido por la Gestapo y ella escribía mientras aguardaba a un hombre al que ya no amaba, según escribió en su diario. Eran los últimos días de la ocupación alemana, la liberación estaba cerca, y Duras, en esa antesala en la que ya se respira que las víctimas se volverán verdugos y los verdugos, víctimas, repasaba algunos episodios verdaderamente fascinantes, como su relación con un agente de la Gestapo o cómo participó en las torturas que se le infligieron a un chivato. En algún momento, Duras dio una definición de su estado que sirve para transferirla al estado del doliente: “El pensamiento no participa en el caos pero está permanentemente suplantado por este caos, no tiene recursos para sobreponerse a él”. El libro no se publicó sino muchos años más tarde de ser escrito, y Duras, en la página de introducción, admitió que, al encontrar por azar el cuaderno, no recordaba haberlo escrito. Pero reconocía su letra, iba reviviendo cada episodio cuando los leía, se daba cuenta de que eran episodios sobre los que había fabricado una gruesa capa de olvido que ahora se derretía al recobrarlos en su letra.“El dolor”, escribió Duras, “es una de las cosas más importantes de mi vida. La palabra escrita no resulta adecuada… Es un desorden fenomenal de pensamientos y sentimientos que no me he atrevido a tocar y comparado con el cual la literatura me ha avergonzado”.

Hay muchas páginas impactantes en el libro. Las descripciones físicas, cuando el marido vuelve, convertido en un fantasma de 37 kilos, las uñas escapando de sus dedos, el sufrimiento tan dueño de su ser que ya no sentía nada, el corazón callado, incapacitado para decir nada que no pareciese delirio, son estremecedoras, llenas de detalles que conmueven -el cojín que habían de colocar en el borde del retrete porque todas las zonas donde los huesos se articulaban estaban desolladas. “Al principio, el cuello formaba un ángulo recto con el hombro. En lo alto, el cuello penetraba en el interior del esqueleto, se ajustaba a las mandíbulas, se enrollaba alrededor de los ligamentos como una hiedra. Al través se veían dibujadas las vértebras, las carótidas, los nervios, la faringe, y se veía pasar la sangre: la piel se había convertido en papel de fumar”.

Ya dije que acaso no quepa mayor desdicha que no extraer de la desdicha algo que nos sirva. Sin duda quienes escriben diarios de dolor -por su propia necesidad o por recomendación médica- lo saben. Aunque también haya escritores -comoFernando Vallejo– que dicen que “el dolor no enseña nada”. En una maravillosa carta que una madre le escribe a su hija y con la que culmina uno de los ensayos de Nunca fue tan hermosa la basuraJosé Luis Pardo, acaso nuestro más hondo ensayista, escribe: “Mi dolor, por supuesto, es verdadero, como un día lo será el tuyo, porque nadie en el mundo, ni siquiera los padres más poderosos, podrían evitarte el dolor. Pero el hecho de que duela de verdad no significa que en el dolor haya verdad alguna, ni mucho menos que el dolor haga mejores a las personas o las acerque a alguna revelación, pues está bastante comprobado que no hay cosa más eficaz a la hora de sacar de cada uno lo peor de sí mismo y de cegar a todos a propósito del menor detalle. El dolor no enseña nada, como no sea a mentir o a hacer daño a otros”.

“No te vayas, dolor, última forma de amar”, escribía Salinas en verso que se ha quedado viejo o se ha vuelto eslogan del masoquismo. Agigantando el asunto de lo particular a lo general, Ernst Jünger escribió un breve pero potente texto sobre el dolor y su carácter ontológico. Como diría Argullol, al doliente le valdrán de poco esas nociones, pero no deja de tener pertinencia traerlo como voz radical de una época marcada por la ambición de la técnica de “eludir el dolor”. El retrato que consigna nos ofrece los nítidos rasgos de nuestro tiempo: “La negación del dolor como componente indispensable del mundo floreció tardíamente en la posguerra. Son años que se significan por una inaudita mezcla de babarie y humanitarismo: se parecen a un archipiélago en la que la isla de los vegetarianos estuviese al lado de la de los antropófagos, la isla del pacifismo radical fuese vecina de las que defienden el incremento exagerado de las armas…”. Como si lo hubiese escrito esta mañana.

*Referencia original del texto: El Mundo.

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