Moda, Tendencias, Estilos. Compras y experiencias en la red

El corpiño madrileño

Hay mañanas que me levanto en un muy mal estado. Contrariamente a lo que le pasa a la mayoría de las personas que no soportan que las hablen según se despiertan yo lo que necesito es que me hablen por todos los lados de la casa y del cuerpo. Como vivo sola y he perdido mi agenda de contactos lo único que me alivia un poco es ir restregándome por la pared del pasillo hasta llegar a la cocina, eso sí, en absoluto silencio, porque si se me ocurre poner música es mucho peor, me vengo tan arriba que soy capaz de hacerme un striptease a mí misma y quedarme tan ancha. Para esto mi agenda era muy socorrida. La tenía dividida por tipologías de compañeros en virtud de mi estado de ánimo diario. La sección Domingos era la más interesante, solía ser el día que cambiaba las sábanas y la funda del edredón de plumas y no había nada mejor que un hombre que atinara perfectamente con cada una de las esquinas para, de un solo meneo, dejar niquelada la cama, por ello invitaba a dormir el sábado por la noche al que reuniera las siguientes características: soltero, independiente, organizado, pulcro y experto en tejidos. La sección miércoles era para los cinéfilos, esa conversación después de la película intercambiando impresiones que tanto alimentaban el alma antes de ir a su casa o a la mía, se ha quedado en mi memoria, alguno de ellos solo sabía usar la lengua para la crítica, pero merecía la pena, aunque descartara a posteriori el volver a verle y es que o me contaban la película después en horizontal o tenía la sensación de haber pagado una entrada para nada. La sección de los jueves era para los nocturnos, esos mujeriegos con los que te organizabas quince días antes porque tenían la agenda igual de ocupada que tú y que eran los culpables de que llegarás sin dormir y con una resaca de caballo al trabajo, pero con los ánimos renovados, desprendías follabilidad y sabías que de camino a la oficina todas las personas que se habían cruzado contigo habían pensado lo mismo: mírala, hoy ha tenido todo, mucho y bien. Los martes y los viernes descansaba o me compraba algún objeto sin sentido, como por ejemplo un corpiño.  Los corpiños en la noche de Madrid marcaron una tendencia, se trataba básicamente de comprobar quien enseñaba más las tetas. La mayoría de las que nos creíamos a la última competíamos en los mismos lugares de moda observando de reojo el último modelo de diseño. El mío era de Purificación García. Un corpiño negro, con una copa perfecta que realzaba los pechos al estilo Scarlett O’Hara, con una cintura que caía por el costado uniéndose a la coleta imitando a un corsé antiguo y cerrado en la espalda con unas presillas que se clavaban en la columna vertebral y que fue el mejor entrenamiento que tuve para aprender a relajarme en cualquier circunstancia, pues si respiraba profundamente corría el peligro de romper aquel modelito que, junto con la falda de tubo de licra por debajo de las rodillas y las medias de redecilla, hacían de mí una loba nocturna a la par que elegante. Esta combinación tan explosiva y la imbecilidad que me afloraba cada vez que algún desconocido se me acercaba para entablar conversación era perfecta para llamar la atención sin esfuerzo alguno. Más de una mano se quedo enganchada en ese corpiño y más de una vez me escucharon gritar saca la mano de ahí que todavía es pronto para esto. Por culpa de ese corpiño tuve que dejar la casa que compartía, para mi compañero de piso era insoportable verme entrar por la puerta descalza a las siete de la mañana con media teta fuera mientras él se preparaba un café antes de cubrir el turno mensual que como funcionario de prisiones le tocaba por cuadrante y del que tanto me burlaba sanamente con frases tan lucidas como: méteme en la celda que soy peligrosa, fruto de los seis whiskys con agua que me había tomado, cuando no aparecía descalza y con media teta fuera acompañada de alguien que me hubiera caído bien, porque para hacer amistades era única. Ese corpiño me abrió las puertas a un mundo desconocido pues el día que decidí re-inventarlo y colocarlo encima de una camisa blanca con corte masculino ascendí dos puestos por  encima del esperado, no sin antes prometer a mi jefe que me vestiría así todos los martes, el hombre era fetichista, que le vamos a hacer, todos tenemos nuestras cosillas y gracias a ese corpiño conseguí que mi padre entendiera que no haría carrera de mí y que debía dejarme encontrar cuál era mi misión en esta vida, hasta que un día me di cuenta que no tenía ninguna misión y que se trataba de que Madonna me había poseído sin piedad. En la actualidad, lo máximo que hago es abrazar a mi corpiño, recuerdo o intento recordar los nombres de todos los que disfrutaron de esa pieza única de alta costura con una añoranza digna de ver y rememoro aquel día en el que una de mis tetas quiso seguir la mano de uno de ellos en medio de una pista de baile para disfrute de todo el personal. En esos casos no era recomendable utilizar la fuerza porque una parecía poco cariñosa, en realidad el intento de meter mano carecía de importancia lo que realmente era incómodo era el toque en sí debido a la opresión que un objeto extraño producía en mis dos artículos de regalo, que por otro lado valoraba y valoro mucho y con los que me unen profundas conversaciones filosóficas coincidentes con las mañanas en las que me levanto en muy mal estado.

Relacionado