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Dvotio, devoción por lo artesanal, lo social y lo sostenible (segunda parte)

El proyecto de la diseñadora pastusa Margarita Sarmiento es mucho más que una marca de ropa. No solo rescata las técnicas ancestrales de su región, también apoya a los artesanos en la formalización de su oficio, le apuesta a la economía colaborativa y se ha convertido en un referente de sostenibilidad en la industria de la moda nacional. Esta es la segunda parte de su historia.

En la entrega anterior (si no la has leído haz clic acá) hice referencia a los acontecimientos que han impulsado la historia reciente de Dvotio, la marca de la diseñadora Margarita Sarmiento. Pero antes de continuar con la dedicada labor que ha realizado a favor de las comunidades indígenas y artesanales de su región, quiero volver al comienzo de todo.

Margarita nació en Pasto, Nariño, enraizada al volcán Galeras o al Urcunina —llamado así por los nativos quillacingas— y apegada a sus tradiciones ancestrales. Al terminar sus estudios básicos viajó a Canadá para hacer una carrera en diseño de interiores con énfasis en moda. 

Después de culminar la universidad trabajó en una tienda de high-end retail que albergaba 35 grandes marcas de moda (entre ellas Chanel, Louis Vuitton y Hermès). Era la diseñadora de interiores, es decir, la que hacía el styling yarmaba las vidrieras, una experiencia que le permitió educar los ojos y darse cuenta que existía un gran vacío artesanal en aquellas firmas. 

“Todo era sintético y hecho en China. La gente que llegaba a este lugar, que por lo general era muy, muy rica, decía: ‘quiero algo natural, quiero algodón’… Pero no había, aunque se tratara de Burberry o Chanel; siempre era poliéster. En general me di cuenta de que son pocas las marcas que realmente se manufacturan en Europa; todo está monopolizado en China y muchas veces las empresas en ese país tercerizan los trabajos en otros lugares”, cuenta la diseñadora. 

Riqueza artesanal 

Esta realidad, lejos de entristecerla, le hizo ver el gran potencial que tenía Colombia en el tema artesanal y manufacturero. Por eso decidió dejar su trabajo y regresar a su ciudad natal, en donde se dio a la tarea de investigar las técnicas propias de su región. La primera con la que trabajó es Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad y un orgullo nariñense: el barniz de Pasto o Mopa-Mopa. 

“Es una técnica preciosa y, además, sostenible, porque se origina en una planta que crece en el Amazonas, llamada Mopa-Mopa, la cual bota una semilla que a la vez es fruto, por lo que es autoregenerativa. Esta técnica le da trabajo en la región tanto a los artesanos como a los indígenas, pues los segundos se meten a la selva a recolectar la resina de este arbusto que después los primeros compran y procesan”, explica la fundadora de Dvotio. 

Según explica Margarita, por lo general el Mopa-Mopa se utiliza para la decoración de objetos, pero ella decidió aplicarla en la creación de carteras sostenibles en madera. Y son sostenibles no solo porque la técnica lo sea, la madera utilizada es reciclada de las estibas, que usualmente son desechadas, a las que se les hace un tratamiento especial. “Nos tomó dos años de investigación lograr que la pintura funcionara y que el peso fuera el adecuado. Al final, conseguimos lo que queríamos”, dice Margarita.

Pero no se quedó ahí. También adoptó para sus carteras otra técnica nariñense: el enchapado en tamo. “Es una técnica del siglo XVI que si bien no es precolombina, como el Mopa-Mopa, es una herencia de nuestros ancestros españoles. Consiste en la recolección de las varitas o los tallos que quedan del trigo cosechado, luego se abren por la mitad, se remojan para evitar el quiebre y se pegan una a una hasta crear hojas. Después, con una segueta o bisturí se cortan finas láminas que posteriormente se pegan a la pieza que se quiere enchapar. Esto da una textura única”. 

La decoración de cada cartera enchapada en tamo tarda un día completo. Pero además pasa por las manos de otros tres artesanos: el carpintero, que hace la estructura; el pintor, que trata la madera, y el marroquinero, que forra internamente la cartera con cuero, una materia prima sacada de piezas en stock y saldos de ropa que la gente no compra en Estados Unidos. “Podemos decir, entonces, que la cartera es sostenible porque todo es reciclado, a excepción de los herrajes”. 

Accesorios con acento ancestral 

Además de carteras y prendas de vestir con detalles tejidos artesanalmente, la marca ha desarrollado sombreros que combinan dos tipos de técnicas oriundas de su región: el tejido en paja toquilla, de Sandoná, y el tejido en guanga de la comunidad quillacinga de la Laguna de la Cocha.

La firma también ha incluido en sus colecciones el Ikat, una técnica de teñido realizada naturalmente por un insecto que nace en las pencas, llamado cochinilla, hecho artesanalmente en Ecuador. “Empezar a trabajar con estos tejidos fue muy retador, porque nadie lo había hecho antes ni sabía nada de ellos, ni cómo cortarlos, ni cómo coserlos ni cómo fusionarlos. Todo fue muy experimental; eso ha sido realmente fascinante”. Pronto emprenderá un nuevo proyecto colaborativo con las mujeres dedicadas a la fabricación de seda en Timbío, Cauca. 

Recientemente, lanzó una colección de impermeables para ciclistas, con el fin de fomentar el uso de la bicicleta en la zona urbana y rural. Cuenta, así mismo, con una línea de accesorios y tenis de cuero en la que incluye los sobrantes de las telas artesanales que utiliza para evitar el desperdicio. “Trabajamos con cada comunidad en diferentes tiempos y siempre tratamos de encontrar nuevos aliados”.

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