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Desmitificando la ciencia y el quehacer científico

#OPINIÓN: «Imaginemos que la ciencia es un gran edificio en donde cada científico aporta un ladrillo. Todos los ladrillos de conocimiento juntos forman las ciencias. Sin el ladrillo donde apoyarse, no es posible seguir construyendo nuestro edificio».

Por: Cristián A. Gidi, M.Sc. en Bioquímica y Javier Antonio Pinochet R., Biólogo Marino, M.Sc. en Ecología Marina

La pandemia de COVID-19 que afecta al mundo en estos días, ha puesto en la palestra a algunos miembros de nuestra sociedad un poco mitológicos hasta ahora. Por supuesto, con esto me refiero a los científicos. Uno podría pensar en un ejercicio, como salir a la calle cualquier día de la semana y preguntarle a la gente, como usted o como yo, qué es un científico o qué hace un científico. Nosotros mismos, los autores, somos científicos y no tuvimos respuesta a estas preguntas hasta muy tarde en nuestra formación. Sospecho que quizá nunca nos lo preguntamos porque teníamos un conocimiento intuitivo de lo que es un científico.

Fuera del estereotipo de la bata, los lentes y la calculadora en el bolsillo (características que uno de los autores de este artículo cumple a cabalidad, incluyendo estarse quedando calvo), creo que tanto usted como nosotros podríamos convenir en que un científico es una persona que hace ciencia, ¿no? Inmediatamente desprendemos de estos puntos, primero, que la ciencia es el oficio del científico, así como hornear lo es del panadero, atender pacientes lo es para el médico y trabajar la tierra el del campesino. Segundo, que, en tanto oficio, el “hacer ciencia” es una actividad concreta y tercero, que esta actividad la desarrollan personas comunes que se entrenan para hacerlo. Como cualquier otro oficio.

Ahora que definimos que un científico es un civil de a pie que se entrenó para pensar el mundo de una forma muy específica y que adquirió una serie de herramientas prácticas que le permiten interrogar el fenómeno de su interés, toca hacerse otra pregunta. ¿Qué es la ciencia en específico y cómo se hace?

Teorías, hipótesis y otras hierbas

La ciencia por definición es una manera sistemática de conocer el mundo y que nos permite hacer predicciones sobre él. Imaginemos que la ciencia es un gran edificio en donde cada científico aporta un ladrillo. Todos los ladrillos de conocimiento juntos forman las ciencias. Sin el ladrillo donde apoyarse, no es posible seguir construyendo nuestro edificio. Estos ladrillos son hipótesis, y estas son contrastadas con la realidad mediante experimentación y observación. Entonces, la labor del científico es formular hipótesis y ponerlas a prueba.

Hasta aquí todo ok, pero siempre escuchamos de teorías científicas. ¿Es una teoría diferente a una hipótesis? ¿Tiene más o menos valor? Cuando escuchamos de teorías generalmente es en uno de dos contextos. El primero es cuando escuchamos de una teoría en específico, como la teoría de la evolución que se nos presenta en el colegio. Una explicación de un fenómeno. El segundo es cuando se nos propone algo así como “la evolución es sólo una teoría”, generalmente acompañado de algún desvarío sobre la edad de la tierra o el diablo plantando fósiles para confundirnos. Para poder acercarnos a entender cómo funciona esto, podríamos convenir en que una teoría es una explicación de un fenómeno natural que proviene de hechos que han sido probados, observados y examinados de forma consistente y repetida. Por el contrario, una hipótesis es una proposición, verdadera o falsa, que debe ser contrastada con la realidad. Volviendo al tema de “es sólo una teoría”, y esta mala comprensión del término, conviene recordar al legendario paleontólogo Stephen Jay Gould, cuando decía que “los hechos y teorías son cosas distintas, no peldaños en una jerarquía de certidumbre incremental. Los hechos son los datos del mundo. Las teorías son las estructuras de ideas que explican e interpretan los hechos” (Gould SJ, en Lebo L., The Devil in Dover, 2008). De esta forma vemos que las teorías son construcciones que hacen los científicos para dar coherencia a un conjunto de hechos verificados.

El problema de la verificación:

Karl Popper proponía en 1934 que si uno se pone a observar cisnes, no importa cuántos cisnes blancos veamos, de esa observación no podremos derivar que todos los cisnes son blancos (Popper K., Logik der Forschung 1934). Esto tiene fuertes implicaciones sobre la manera en la que los científicos construimos nuestras hipótesis y las ponemos a prueba. En principio una hipótesis para este caso de los cisnes podría ser algo como “todos los cisnes son blancos”.

Si nosotros buscamos probar este punto intentando verificar la hipótesis, bastará con observar 100 cisnes blancos para dar la hipótesis por probada. Sin embargo, sabemos que existen cisnes negros. ¿Cómo procedemos a contrastar nuestra hipótesis científica entonces?. Por contraintuitivo que parezca, buscaremos la manera de probar que nuestra afirmación es falsa. Es decir, al observar, buscaremos un cisne que no sea blanco. Si no lo encontramos, entonces nuestras observaciones coincidirán con los hechos del mundo natural. Todos los cisnes entonces, serán blancos. Esto se conoce como el problema de la verificación. Para que una hipótesis sea válida, ésta debe ser falsable. Es decir, debe ser susceptible de ser probada como falsa. Si la hipótesis no puede ser falseada, no se ajusta al método científico. Esto parece muy obvio visto así, no obstante, hay muchísima confusión al respecto cuando no se piensa de forma correcta el problema.

El martillo del científico

Con esta reflexión sobre teorías, hipótesis, y la labor del científico como trabajador, entonces llegamos a un punto clave. Usar bata blanca, calculadora y pipetas no hace al científico un científico. Es una perspectiva sistemática de observar y pensar el universo, esa es su herramienta más importante y lo que le define. Y esa capacidad se entrena como cualquier otra competencia técnica.

El célebre astrónomo Carl Sagan nos decía que “La ciencia (…) no es más que una herramienta, pero es la mejor herramienta que tenemos: se corrige a sí misma, está siempre evolucionando y se puede aplicar a todo. Con esta herramienta conquistamos lo imposible”. Entender esto no es anecdótico, sino que es aquello que nos permite distinguir si una idea presentada por un profesional o celebridad tiene mérito científico, y si como tal pretende explicar la realidad de una forma responsable, sistemática y rigurosa. Saber esto nos protege de charlatanes, opiniones infundadas y escepticismo barato. Nos permite entender por qué cuando una celebridad en la TV nos invita a tomar cloro no nos está diciendo eso basado en un proceso de pensamiento racional y probado. Nos permite escapar a la creencia basada sólo en la autoridad y la superstición. Nos permite empezar a pensar nosotros mismos como científicos y dudar de forma educada y sana sobre lo que leemos en esta era de la información.

Finalmente, y esto no es menor, también es una herramienta que nos permite apreciar la belleza que existe en la complejidad e inescrutabilidad del mundo natural. Nos devuelve parte de ese sentido de asombro que recordamos con nostalgia de cuando éramos niños y estábamos descubriendo el mundo.

Por: Cristián A. Gidi, M.Sc. en Bioquímica, Estudiante de doctorado en Ciencias Biológicas, área Biología Molecular, y Javier Antonio Pinochet Romero, Biólogo Marino, M.Sc en Ecología Marina, Estudiante del Doctorado en Sistemática y Biodiversidad, Universidad de Concepción.

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