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De pringada a buenorra en un segundo.

Aparecen videos de vez en cuando, algunos interesantes y educativos y otros no tanto. Este en concreto mostraba las imágenes de forma sucesiva de como una chica, al ritmo de la canción, y con un atuendo clásico de empollona, con sus gafas, con sus libros, con su pelo revuelto, chandal y poco estilo. Típica lerda de manual, y lo dice uno que nunca ha destacado por tener un grupo de amigos y haber pasado más tiempo realizando actividades y deportes individualistas.

Total que la canción, en un cambio de ritmo precedido por un tono estridente, de pronto un bum, la chica salta y cambia todo. Cambia la ropa, cambia la música, cambia el peinado y cambia la actitud, que es lo peor de todo. De ese chandal del Simago pasamos a unos pantalones suficiente cortos como para ver el pliegue de las nalgas, o a un vestido entallado y escotado más propio de actriz guarra que de persona elegante. La letra de la canción comienza en plan “los negros me miran, las perras quieren ser como yo” y continúa durante largo y tendido. Si uno se dedica a buscar a la cantante original, aparecerá una gorda, hortera, chabacana y de poco gusto. Del peinado, bueno, el peinado pocas veces caracteriza a una persona. Y la actitud de las chicas que en su momento parecían bien normales, cambia para mal, cambia a tener connotaciones sexuales, absurdas, y al igual que la cantante, más ordinarias que cualquier otra cosa. La mayor parte de estás chicas aparecen mostrando con orgullo sus incipientes pechos menores de edad apretados en un top de equis tallas menos.

No maldigo el poder de influencia de los medios porque siempre ha estado ahí. Lo que si que maldigo es a los descerebrados que permiten que sus hijas se comporten de tal manera, se expongan a los medios, se expongan a un público todavía más laxo e influenciable que lo que ellas son y así continúe la cadena de estupidez. Luego nos quejamos de que la mujer está cosificada… No, perdona. las tontas quieren ser cosas.

Con semejante juventud, adolescencia y en algunos casos hasta infancia, poco me queda por decir, excepto que mis esperanzas son nulas y que el día que tenga descendencia y esté en edad para ello, educaré a mi hijo a respetar a las mujeres, a las que se lo merecen. A las mujeres de verdad, con carácter, con la madurez que las define, las que no necesitan de atención para ser llamativas, las fuertes, las que no necesitan ayuda porque pueden solas con lo que sea, a las que saben leer. Por el contrario, también le educaré de forma que pueda aprovecharse de la estupidez de las otras, que las utilice como piezas de colección, cuanto más tonta y más guapa sea, más puntos vale, y más puedes presumir con tus colegas de lo que hiciste y con quien lo hiciste -aunque un caballero dice lo que hace pero no con quién lo hace, a estas burras no se les puede llamar damas-, que sean de usar y tirar, una tras otra, con consentimiento eso sí, para que no se meta en problemas, y además con protección, que todo lo malo se pega. Y si por casualidad tiene una cita en San Valentin con alguna tipa de esta calaña, que la obsequie con un diccionario de sinónimos con la palabra imbécil subrayada en rosa neon.

Así aprenderá la diferencia entre las mujeres de verdad y las que son más baratas que el redbull al que la acabas de invitar, a cambio de un par de horas de cariño.

¡Luego estamos!

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