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De consumidores a productores. La importancia individual en la creación de las noticias

El periodismo se ha diversificado. Ahora basta con vivir un acontecimiento, agarrar el móvil, y comenzar a difundir información por los canales que tenemos a nuestra mano. ¿Lo hacemos bien? ¿Estamos poniendo en peligro el periodismo tradicional? ¿Somos conscientes de la relevancia que tiene el mensaje que enviamos?

Hace algunos años, el periodismo era la única profesión encargada de conseguir, recopilar y difundir la información. Toda la sociedad era consciente de la relevancia que tenía su labor y el poder de los periodistas sobre toda la información de la que disponían.

Con el auge de las nuevas tecnologías, y la facilidad de poseer un smartphone, esta profesión ha vivido un cambio trascendental. Cualquiera con una cuenta en WhatsApp o cualquier otra red social, puede producir, difundir y reenviar contenido de todo tipo, pero ¿somos conscientes de la trascendencia que tiene todo aquello que compartimos? El periodismo sí.

De la misma manera que tu reenvías un mensaje, una foto o un vídeo a tu familia, amigos o compañeros de trabajo, esa información, en un momento determinado, llega a las redacciones de muchos medios. Una vez ahí se convierte en lo que el periodismo denomina “material testimonial”, es decir, todo aquello captado por el ciudadano de a pie que puede aportar verosimilitud y dotar de mayor credibilidad a una noticia.

Hasta aquí todo tiene sentido, ¿no? El periodismo se ha diversificado y ha sido capaz de aprovechar una ventaja de la sociedad, para utilizar esos materiales que se comparten de forma pública, y dar mayor valor a sus contenidos. Pero ¿debemos creernos todo lo que llega a nuestros móviles? ¿Cómo podemos verificar si una información es real o no?

Es en este punto donde entra el juego el término desinformación. La mayor parte de la población no contrasta las noticias que llegan a sus ojos, y termina por creérselas. De este modo, las noticias falsas o fake news, que tienen como objetivo la mala comprensión del contenido o engañar al lector, corren como la espuma y llegan a millones de personas rápidamente. Una labor que consigue su fin por la mala praxis de los ciudadanos, que no son capaces de verificar ese contenido antes de “pasar la pelota” y difundirlo más allá. Sobre todo, este fenómeno alcanza su esplendor cuando se trata de temas “socialmente sensibles”, como asesinatos o abusos sexuales, así como otros que afectan directamente a la población, como las prohibiciones y cambios de regulación de los últimos meses en todo el mundo a causa del COVID-19.

Existen métodos y herramientas muy útiles para hacer esa verificación de contenidos de manera rápida y sencilla, pero tenemos que poner toda nuestra voluntad para que eso sea posible y, principalmente, ser conscientes del papel trascendental que tenemos cada uno de nosotros a la hora de viralizar cualquier tipo de contenido. Quizá el periodismo tiene que plantearse un nuevo reto de futuro, y luchar contra la desinformación, siempre respetando el principio de libertad de expresión, y sin perder el valor esencial que lo caracteriza desde siempre: informar de manera correcta, veraz y fiel a su ética profesional.

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