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Cortando gastos, no pelos

Una fachada ancha de vidrio que permitía ver los aparatos de estética nuevos, dos pisos para posibilitar la grande cantidad de servicios ofrecidos, el techo elevado en aproximadamente 5 metros y dos teles donde Gisele Bündchen desfilaba en el Victoria’s Secret Fashiow Show de 2005 para que los clientes vean mientras esperan su turno componen el salón Sizó Gerard, ubicado en Puerto Madero. Y, a pesar de la opulencia contundente con el elegante barrio, también cuenta con problemas en mantener el espacio a causa de la pandemia.

“Te podría decir, como dueña de un negocio pequeño que ahora nos está costando, o sea, estamos poniéndole todo el esfuerzo, toda la experiencia para por lo menos mantenernos, sostenernos”, cuenta Flor Matos, peruana y una de las socias del salón ubicado en la calle Aimé Paine, 1575, sobre como estuvo funcionando su establecimiento desde el 29 de julio.

Las consecuencias del virus se expresan en cada canto de Sizó Gerard: luego en la entrada hay un vidrio de alcohol en gel y una “cabina sanitizante”, en la cual el cliente entra y espera que la luz violeta se apague para salir, dejándole desinfectado a causa del ozono liberado por la máquina, en la mesa de la recepción y en la mesilla frente al sofá de espera otros dos vidrios de alcohol se suman a las revistas de OPI y los pocos clientes y empleados usan barbijos y están distantes entre si.

Además de todas las consecuencias visibles que la presencia del virus genera en el salón, hay también las “invisibles”: el cambio de una parte del equipo de trabajo, actualmente formado por seis personas, por la imposibilidad de algunos de tomar el transporte público, el descarte de toallas y otros utensilios de peluquería después de su uso y las diferentes estrategias empleadas para poder llegar al salón. Sol, una de las peluqueras, cuenta que durante la semana vive lejos de sus niñas para poder trabajar: “Vivo en Morón, pero tengo casa en Once. Tengo mis nenas y a veces están con su padre. Para no ir y venir siempre, se quedan con mis padres y los findes voy con ellos para no venir con las nenas. Y me manejo con mi hermana o con transporte particular, como Uber, taxi o caminando”.

Cerca de su puesto de trabajo, “The color bar” como dice el letrero plateado encima de las estantes con toallas, champús, acondicionares y cremas de diferentes marcas y colores, su colega, un hombre bajo con pelo gris, lava el pelo de la cliente, una de los cuatro atendidos en el salón de las tres a las cinco de la tarde en un miércoles. “La pandemia más el clima que coinciden no ayudan”, explica la dueña, esperando que en septiembre los números de clientes mejoren tal cual el clima, y cuenta que en el actual momento “un promedio de ocho personas/día, siete personas es bastante bueno”.

Flor también comenta sobre las preocupaciones económicas de los clientes de Sizó Gerard después de la cuarentena: “En marzo nadie me preguntaba todos los precios, ‘¿cuánto cuesta esto?’, ‘¿cuánto cuesta aquello?’, lo normal. Hoy, 80% de la gente lo pregunta y yo entiendo y estoy de acuerdo, yo también lo pregunto. Antes no tenían esa preocupación de cuidar, digamos, de manejarte en un presupuesto”.

La recepción, ubicada en la entrada al lado de la “cabina sanitizante”, tiene folders de distintas marcas de estética y envases de champú y acondicionador de Kérastase y Moroccanoil detrás de Abigail, la recepcionista, sentada junto a la computadora. La venezolana cuenta que fueron difíciles los meses sin trabajar, no solo por el hecho de ser inmigrante (“La idea es tener una calidad de vida mejor y poder ayudar”), pero también porque siempre trabajó y “es extraño quedarse en casa”.

Para Flor, que también es inmigrante, continuar con el salón significa una doble inversión: tanto en el país como en un deseo de años. “Tenía muchos años investigando, como vendo tecnología conozco un poco de aparatos y eso es un rubro que me gusta. Más allá que me encanta todo lo que trabajo, esto en particular es como algo, algo donde pude un poco manifestar lo que me gusta de la decoración, del diseño interior y todo eso”, cuenta sonriendo.

Y cada espacio del salón tiene su propio estilo: en frente al balcón de recepción, en “The color bar”, los lavatorios son acompañados por sillones azul royal; al otro lado del balcón hay el espacio de los caballeros, totalmente distinto, con sillas en color beige y marrón y los espejos con moldura de madera; hay también un bar, que ofrece no solo café y agua como también Johnny Walker Black Label; subiendo la escalerita, se puede ver sillas de peluquería, a su izquierda la mesa de maquillaje y a su derecha un spa para los pies, todos sin clientes ni profesionales; el segundo andar es más simple, las paredes de las salas de estética con blancas y en ellas la única decoración son los aparatos.

Aunque el tamaño de Sizó Gerard sea impresionante, el valor del alquiler de Puerto Madero también lo es, ultrapasando la marca de los 6000 dólares por metro cuadrado. “Mi desafío es por lo menos llegar a cubrir los gastos, y después sí, y el segundo paso, lo normal de todo negocio: que me deje una rentabilidad, pero hoy no se está dando”, suelta la dueña sobre la actual situación del salón.

Es casi unánime el doble sentimiento del personal de Sizó Gerard de Puerto Madero: miedo y liberación. Como puso Sol, le dio “cosita” volver a trabajar, usaba guantes y protector facial por miedo de contagiarse, pero ella, así como Abigail, sintió un desahogo tremendo al volver. La recepcionista incluso opina que “la sociedad no está diseñada para estar en cuarentena” y que “si los lugares toman las precauciones y siguen los protocolos, y invitan a los empleados a hacerlo, está bien”.

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