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Cinturita de avispa y culo de melocotón.

A donde vamos a parar. Antes se llevaban aquellos pantalones de tiro bajo, que a una se le salía la pinacha. Hoy, son esos de tiro tan alto, que al verla venir de frente, parece que te está diciendo algo. Esa especie de sandalias, por no llamarlas chanclas, con forro de pelo o pelusa, o algo en la parte frontal, ni que estuvieran de camino a la primera ducha de la mañana, aunque con esa pinta de sucias, dudo mucho de su higiene.

No es una crítica a las mujeres por ser mujeres, es una critica a las mujeres horteras. A las carnosas, que empiezan poniéndose las chanclas, luego un pantalón demasiado estrecho y demasiado alto, con lo que la lorza del ombligo se ve forzada a salir por encima del tiro del pantalón y una camiseta tan corta por la que asoma todo el tocino. Y es mucho.

Todo esto viene de las pinches redes sociales, principalmente de Instragram, donde una tipa de cintura de avispa y cadera ancha y morros de plástico y cejas pintadas, que además está casada con un maltratador y no ha hecho nada útil en su vida más que mostrarse echando una cana al aire y ser la peor actriz de reparto en dos ocasiones, se permite el lujo de enseñar esas curvas. Esas curvas que, a ver si alguna europea  se entera, no tienen nada que ver con las curvas vuestras. Ese culo gordo es un culo soviético, mezclado con irlandeses, holandeses y escoceses. Lo mejor de lo mejor oye.

Antes, hace no muchos años, estaban las chicas “Dove” en la tele, las que de verdad promovían una salud real en talla grande. Grande porque tenían un cuerpo proporcionado a su altura, un cuerpo real, unas medidas reales. Aquellas no marcaron tendencia. Las medidas tomadas por algún diseñador en el ámbito de las pasarelas, de que la talla mínima fuera la 36, tampoco hizo nada por el tema. Así hemos pasado de anoréxicas a zampabollos, con el objetivo de llegar a tener unas nalgas como dos lunas llenas.

Volviendo a la moda, lo más lógico que podría hacer una tipa de talla tapón de garrafa, sería ponerse unos  pantalones de pinzas y una blusa gaseosa, con el fin de ir arreglada y decente. Si, decente. Porque lo de ser un tapón, ponerse chanclas, pantalones hasta arribísima que se le marquen bien los labios, tocinillo al aire y camiseta de lycra lavada a sesenta grados y pensar. “Hala, ya estoy toda buena” no te convierte más que en choni indecente.

Estas tipas además conocen a su madre desde hace tiempo, así que viendo el futuro que les esperaba cuando vieron a la cabeza de  familia engordarse, bien podían haber tomado cartas en el asunto y haberse puesto a hacer deporte.

Por último, y casi diría que es el único aspecto positivo del tema, con esa obsesión por el culo de melocotón gordo, algunas son las chicas que hacen deporte y ejercicios para endurecer o aumentar el volumen en el gimnasio, donde adoptan unas posturas más propias de película de cine sucio que de otra cosa.

Así recuerdo un profesor de derecho que tuve, aquel Fonseca, que hizo una breve encuesta. ¿Cuantos de vosotros lleváis chándal? Y se levantaron equis. los que lleveis chandal y estéis ahora mismo en el gimnasio os podéis sentar. El resto os vais a casa a vestiros como personas decentes.

¡Luego estamos!

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