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Ceguera Infantil

Como las hormigas sobre tierra blanca.

En la Peluquería

Toma un cuento de Kalimán y lo hojea lentamente. Calcula el tiempo que los adultos tardan en cambiar la página y los imita. Pone cara de mjú: cerrando un poco los ojos y asintiendo con la cabeza. Ve los circulitos blancos que salen de la boca de los personajes, pero no entiende lo que dicen.

El peluquero le pide que pase y pone la tabla para los niños sobre los brazos del sillón. Le molesta ser tan enano. Como siempre: corte flat-up, tipo militar. Que le dieran un rifle, eso quisiera. Sigue hojeando la historieta con algunos cabellos encima, hasta que le ponen talco y lo sacuden con el cepillo de crin blanca.

En el Departamento

Agarra el periódico que dejaron sobre la mesa de la sala, donde ponen las botanas. Entra al cuarto grande y toma los lentes de su papá. Acostado sobre la cama matrimonial, intenta leer el crucigrama resuelto y, por más que ve, no comprende nada.

Va a su recámara y se sienta en la pequeña silla de su escritorio. Talla con la goma las letras escritas con lápiz, cuidando de no romper la página y sacude las pelusas rojas. Saca la caja de crayolas e ilumina los cuadritos: primero alrededor, sin salirse de la raya, y luego por dentro, hasta completarlos. Después pasa a la sección de monitos: le dan risa, pero no entiende lo que está escrito. Se pone y se quita las enormes gafas cuadradas de su papá. Ve las cosas como si estuviera dentro de una pecera. Sigue usándolos hasta que se marea. Su mamá se acerca y le pregunta qué está leyendo y él responde que no ve las letras. Ella baja las cejas a manera de enojo:

-¿Ves esta palabra?
– No.
– ¿Y esta?
– Tampoco.

Su mamá se preocupa.

El niño se levanta, tira el periódico y se dirige a la puerta. Ella le dice que lo recoja. Entonces se devuelve, lo hace bolas y lo avienta a la basura con fuerza.

Minutos más tarde, sus padres se ponen de acuerdo para llevarlo al oculista. El niño entiende el “loculista”, o sea, el que atiende a los locos que no saben leer.

En el Consultorio

El médico señala con una vara larga sobre el letrero y le pregunta qué ve. El niño responde que un peine al ver la letra “E”, una escalera al ver la letra “A”, una víbora al ver la letra “S”, una pelota al ver la letra “O”, ¿una cuchara? al ver la letra “P” y no sabe que responder ante la letra “M”. El doctor sonríe y coloca una cartulina mucho más fácil. El pequeño contesta: estrella, pájaro, luna y cochecito.

El médico se acerca, le palmea la espalda con cariño y le da una paleta de naranja. Mientras los grandes platican los resultados, el niño observa en el aparador qué tipo de lentes va a escoger: que no sean enormes ni pesados, tal vez en forma de gota como los que usan los policías y el papá de su amigo, que es judicial.

De Vuelta a Casa

Llegan al departamento y sus padres comentan lo sucedido en el consultorio.

Al terminar, ella ve a su hijo con infinita ternura. Se pone de rodillas y le explica que las letras no son dibujos, que no se entienden nomás por verlas, que no son objetos ni fotografías, que ya en la escuela le van a enseñar.

El niño ve la cara de su madre, luego los pliegues de su falda y por último los mosaicos del piso. Al fin comprende que no está loco, ni ciego, ni que le van a comprar lentes, solo que esta medio pendejo.

© Guillermo Osuna

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