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BANALIZANDO EL FEMINISMO, UN MERCADO DE MODA

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Amigas, compañeras y todas aquellas que me lean es momento de que hablemos del crecimiento que está teniendo el feminismo en toda América Latina, y que se debe en gran medida a las campañas en contra del acoso, al movimiento proaborto y la indignación que causan los feminicidios sacando a la calle a miles de mujeres. Este resurgir del movimiento no ha pasado inadvertido en la sociedad y eso lo ha notado el mercado, el mundo de la moda y literal, hasta quienes buscan un nuevo emprendimiento, por eso es necesario recordar y decir en voz alta que no todo lo que haga una mujer es feminismo, ni se le puede clasificar o vender (como ustedes le quieran decir) así.

El feminismo es una ideología crítica, muy amplia claro está (con muchas posturas que no me interesa cuestionar), pero que de nuevo resalto se basa en el pensamiento crítico, por lo que no todo cabe. No se trata de tener un feministómetro con el cual se determine quien es más o menos, pero no se puede ser condescendiente cuando el movimiento nos exige más. Se debe entender que se rige bajo unos criterios mínimos que la redes sociales y las tendencias tienden a banalizar.

Al hacerlo se convierte en una especie de movimiento hippie de la nueva era, donde su objetivo no es la eliminación del patriarcado y la equidad de género, a través de unas prácticas que cuestionen y busquen eliminar de forma estructural los sistemas de violencias hacía las mujeres, sino una guía de vida para que algunas mujeres (generalmente las más privilegiadas) se conecten con su espíritu, puedan posar de activistas vendiendo “Girl power”, se unan a través de mándalas o mantras, encuentren lugares chic, promocionen marcas (entre muchas otras cosas) y cuyo trasfondo es hacer dinero a costa de mujeres que lo único que quieren es que les hagan más digerible el movimiento que busca que la sociedad las trate con respeto y dignidad.

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Si eso es lo que desean busquen hacer yoga o meditación y lo encontrarán más fácil, monten un taller de marketing y liderazgo, pero se debe cuestionar eso del feminismo al estilo coaching, que solo busca ofrecer consejos o diversión y que manda para el carajo lo social, horizontal y a la academia (o la analiza como le conviene). Se le reconoce porque es complaciente, heteronormado, romántico, se adecua a las exigencias del mundo actual, no se cuestiona los privilegios, no le da voz a las mujeres que siempre han sido invisibilizadas, por el contrario las borra del panorama e inventa cuáles deben ser sus necesidades. No todas hacemos el mismo feminismo, ni tenemos porque hacerlo, esta bien que se nutra de los disensos, pero si decimos que estamos en este proceso de deconstrucción sí debemos ser críticas y analizar que consumimos o reproducimos.

Así como en el resto de movimientos hay unas bases, acá también las hay, con constantes cambios y transformaciones en los países y contextos pero las hay, y sobra aclarar que no se estructura como una religión, porque no lo es, el fanatismo o las deidades dejémoslas para la derecha, pues lo que es necesario recordar es que no podemos caer en la infantilización y delicadeza de los discursos, para acomodarse a la audiencia.

Porque las violencias que atraviesan a las mujeres no se pueden romantizar, ni comercializar, no caigamos en el mismo discurso liberal del patriarcado, que cree que nada es lo suficientemente grave como para que la rabia digna sobrepase la fotogénica comodidad, que al parecer ahora lleva como nombre sororidad y como apellido empoderamiento.

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Sepan que no hablar de un tema (que nos incomode) no es elegir un tipo de feminismo (como muchas aseguran), no hablar de un tema es la definición de privilegio y en eso no se puede convertir esta lucha. Todas tenemos estereotipos y prejuicios sí, pero el feminismo debe ser la herramienta que derrumbe eso, que visibilice otras voces, otras formas de ser mujer y de habitar en este mundo. No podemos hacerle juego a las dinámicas neoliberales con el argumento de que nos debemos adaptar a esta época y que todos los discursos con los que se han conseguido derechos ahora son anacrónicos.

Como anacrónico no puede catalogarse a la lucha que clama para que todas las mujeres tengamos unas condiciones de vida justas y dignas (términos que no, así lo diga el neoliberalismo no son subjetivos), donde dejemos de ser ciudadanas de segunda, tengamos autonomía y hagamos uso de nuestros derechos, y donde además nuestro valor no esté mediado por nuestro aparato reproductivo, ni sea una imposición social. Es fundamental que todo esté dentro de la crítica y no en aspectos relacionados con lo personal o individual, no le facilitemos el camino al patriarcado atacándonos por el mero hecho de imponer, desde la empatia también se transforma.

Sin crítica y deconstrucción no hay feminismo.

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