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Ay, reina

Advertencia: Todos los hechos y personajes descritos aquí son más o menos reales (mejor dicho, algunos podrían serlo).

Hay dos tipos de mujeres en el mundo: las que conversan fácilmente con un peluquero y las que no. Por mi parte, yo pertenezco al segundo grupo. Tal vez por eso atesoro mi relación con Marizza, mi estilista de toda la vida. No recuerdo si la primera vez que me cortó el pelo hablamos. Solo sé que con los años hemos acumulado una serie de tópicos elementales con los que empezar una charla amena sobre nada importante. Por eso, cuando me encontré con un pequeño letrero que decía: «Nos fuimos de vacaciones» pegado a su puerta, sentí una incertidumbre chiquita, pero incertidumbre al fin: tenía que buscar otra peluquería.

Caminé diez cuadras, más o menos, hasta que encontré Prica’Style, una alternativa más pelucona y, supongo que, por eso, más concurrida. Cuando llegué, la muchacha que estaba en la caja me preguntó si quería que alguien en específico me atendiera. Le dije que era la primera vez que iba ahí, así que ella me asigno a César. Ahora espero mi turno, sentada en un sillón de tapiz de cebra mientras ojeo una revista Cosas. El tiempo pasa lento, como suele pasar en las peluquerías. Yo leo y me entero que, aparentemente, los pantalones acampanados están de vuelta; que la actriz Erika Vélez y su coestrella fueron vistos «intercambiando muestras de afecto en un bar de Samborondón» y que Meghan Markle y el Príncipe Harry tuvieron un hijo a quien llamaron Archie. Me pregunto por qué nadie les dijo que Archie es nombre de perro.

—¿Rosalía?

—¿Sí? ¡Presente!

—Ven acá, reina —me dice una voz con un ligero dejo costeño.

Me levanto. Decido llevarme la revista, porsia, y me encamino hacia el origen de la voz, hacia el tocador de César, un hombre alto y fornido, de piel morena y peinado tipo Ricky Martin. Lleva puesta una camiseta negra y tiene un tatuaje tribal que le cruza todo el brazo. Con un gesto me invita a que me siente. Yo lo hago y acto seguido desata mi cabello.

—Ay, ¡tanto pelo que has tenido, reina!

—Sí —contesto sin saber si se trata de un cumplido u otra cosa.

—Bueno, cuéntame ¿qué tienes en mente? ­—me quedo callada por un segundo. Nunca tengo nada planeado porque es Marizza la que tiene opiniones sobre mi pelo.

—No sé.

—Bueno, ­—César se posiciona frente a mí y me mira —por la forma de tu cara —me toma el rostro con su mano derecha como si yo fuese una escultura— creo que te quedaría bien el pelo escalonado.

—Ok.

—Y, hasta aquí —pone su mano a la altura de mi hombro.

—No, no. Quiero mantener el largo —respondo mientras agarro las puntas de un mechón de cabello que está a la altura de mi pecho.

—Lo que tu digas, hermosa.

Cesar se voltea, toma unas tijeras y se posiciona detrás de mí. Yo lo veo en el reflejo del espejo. Él me sonríe y me pide que me saque los lentes. Lo hago y su reflejo y el mío se desfiguran hasta transformase en una mancha colorida, en una visión tipo cuadro impresionista.

—¿Cómo te llamabas, reina?

—Rosalía, ¿y vos? —pregunto, aunque ya lo sé.

—César, ¡el más malcriadito! —me dice y suelta una carcajada sonora que retumba en toda la peluquería. Me río también, pero más por inercia que por otra cosa.

—Y ¿de dónde eres?

—¿De dónde crees?

—De la costa. Digo, por el acento.

—Soy de Durán, reina.

Le sonrío, pero no me ve. César se pasea a mi alrededor mientras acomoda mi cabello y lo mide con la mirada. Tiene la misma expresión con la que uno se imagina a los pintores. El tiempo empieza a pasar. Yo quiero volver a la trivialidad de mi revista, pero él toma mi cabeza cómo si yo fuera una muñeca y me obliga a mirar al frente, a la visión deformada y borrosa del espejo. El silencio se prolonga por más rato hasta que me pregunta:

—¿Tienes alguna fiesta, reina? o ¿te vas a ver con tu novio?

—No, no. Es que hace tiempo no me cortaba el pelo y, pues, quería aprovechar porque mañana me voy de viaje.

—¡Acho! ¿Y a dónde te vas, reina?

—A España.

—Ay, yo tengo una prima que viajó allá hace años. Vive en Murcia. ¿Te vas por trabajo?

—No, no. Voy a hacer un máster.

—Ay, ¡qué lindo! —me responde con una falta de entusiasmo que no se preocupa en disimular— Supongo que no has de volver —Me quedo callada y siento cómo el silencio empieza a tornase incómodo, así que agrego.

—La verdad no había pensado en eso.

—Pero eso es fácil de decidir.

—¿Ah, sí?

—¡Claro, reina! ¿Estás soltera?

—Sí.

—¿Tienes hijos?

—No.

—Entonces no vas a volver —me dice, seguro, como si fuera una especie de oráculo, o como si él supiese algo que yo no. No sé que decir. César continúa— ¿Para qué vas a volver? Mi prima, la que se fue, también decía que no sabía, pero ¡ya ves! Cuando uno conoce algo mejor… Por eso mismo yo nunca me volví para Durán, reina. Lo que tú tienes que hacer es conseguirte un noviecito español para que te den la residencia y puedas trabajar. ¿De qué es tu máster?

—De Escritura Creativa —César se petrifica por un segundo —Ah, ¡qué lindo! —me responde con una condescendencia que hace que su exclamación suene a pregunta. Ambos nos quedamos callados. Luego, él reanuda la conversación y, sinceramente confundido, agrega— Y ¿para qué te sirve ese máster? ¿Quieres ser escritora?

—Sí —digo sin pensarlo mucho.

—¡Ay!, reina, pero ¿habrá trabajo de eso?

Pienso en todas las veces que me han preguntado esto, en las respuestas que he dado y las reacciones que he recibido. César continúa su caminata circular. Parece no escucharme, así que me reservo todo el cuento de la vocación para otra persona y me limito a responder que podría trabajar como docente o en prensa, pero antes de que pueda terminar me interrumpe.

—¡Listo, reina! —me pongo las gafas y veo con frustración, pero sin sorpresa, que la mitad de mi pelo se ha ido. Él continúa— ¡Estás perfecta!, lista para conseguirte un español bien guapo en ese máster.

Texto y collage: Rosalía Vázquez Moreno (en Madrid)

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