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A 137 años, legado literario y humanístico de Carlos A. Bravo perdura en el tiempo

De izquierda a derecha: Carlos Alberto Marín de la Rocha, el narrador Carlos A. Bravo y poeta Fernando Silva (16 de abril de 1970) LA PRENSA/Cortesía

La riqueza y magia de su palabra coloquial, retratista y muy nicaragüense sigue resonando 137 años después. Comparto hoy un poco de su vida y extraordinaria trayectoria literaria y humanística:

Carlos Alberto Bravo Herrera (1882-1975) con el transcurrir del tiempos ha llegado a ser uno de los más importantes escritores nicaragüenses, un magistral narrador del paisaje y geografía nacional, un acuarelista verbal, y un perfilador de personajes populares del país, y que las nuevas generaciones deben conocer.

Nació un 7 de agosto de 1882 en San Miguelito, entonces departamento de Chontales, Nicaragua.

Bajo su firma de Carlos A. Bravo se descolló también como un magistral conferencista radial, gracias a su sólido conocimiento de la literatura universal.

Desempeñó el magisterio en literatura e historia adquiriendo por esta labor un reconocimiento nacional que lo llevó a recibir por parte de la Universidad Nacional de Nicaragua (UNAN) la distinción de Profesor Honoris Causa.

Alternó con la intelectualidad de su época, fue un amante de la obra y vida de Darío, Martí y Simón Bolívar como paradigmas de personajes de la historia universal. Estudió a los clásicos de la literatura mundial.

Se caracterizó por ser un devoto mariano aunque de una religiosidad singular, amigo de obispos y curas católicos con los que cultivó una sólida amistad intelectual.

Fue secretario privado del presidente José María Moncada, funcionario gubernamental, director de la biblioteca nacional, profesor del Instituto Nacional de Oriente.

Miembro de Número de la Academia Nicaragüense de la Lengua y Miembro de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua.

Está considerado como el iniciador de la narrativa costumbrista nacional, se estimó que fue el padre literario del poeta y narrador Fernando Silva.

Su obra inédita es vasta la que en su mayoría sus herederos depositaron en manos del poeta Julio Valle Castillo, quien editó y publicó, hasta el momento, la obra «Nicaragua Teatro de lo grandioso» , una recopilación de relatos maravillosos de una prosa culta y de una riqueza verbal que satisface su lectura.

Y se espera que oportunamente logre agregar otras publicaciones de esa obra rica en imágenes y en detalles de la flora, fauna y personajes y cultura de Nicaragua, para que se conozca más ampliamente su obra.

En la memoria colectiva de una generación que cada día se extingue, se fijó, aunque no sea veraz la versión (según me comenta mi esposa su hija María Cecilia Bravo Serrano), con la frase que aún sigue siendo repetida por unos cuantos sobrevivientes:

«Chontales es bello, sus ríos son de leche y sus piedras son cuajadas», que según se cree utilizaba en sus magistrales conferencias radiales  transmitidas por Radio Mundial y Radio Corporación. Siempre comenzaba con el saludo a su hija:  «Buenos días María Cecilia».

También fue un destacado integrante de un famoso programa radial en vivo conocido como «Los Catedráticos» en el que alternaba con destacados intelectuales nacionales como el profesor Sofonías Salvatierra.

Honores póstumos y familia

Póstumamente ha recibido los reconocimientos como Personaje del Siglo e Hijo Dilecto de la Ciudad de Granada, y se perpetúa su nombre para los granadinos y nicaragüenses con la Escuela Carlos A. Bravo, en su ciudad de adopción.

Así en la cuna de su descendencia habida de su segundo matrimonio con doña María de los Dolores Serrano (jinotepina), de sus hijos Alejandro José Bravo Serrano y María Cecilia Bravo Serrano.

De su primer matrimonio con Modesta Castillo tuvo dos hijos, Carlos María quien murió al nacer y José María quien murió a temprana edad.

Ante esas perdidas irreparables adoptaron un niño de origen costarricense al que bautizaron como Carlos María Bravo Castillo (q.d.e.p.), quien siguió los pasos de su padre en la docencia y la escritura.

Alejandro y María Cecilia, conocidos como «El Negro Bravo» y la «Negra Bravo», también han seguido esa inclinación por el magisterio y la literatura.

Y no puedo dejar de incluir en este escrito de homenaje, a dos de sus sobrinos que fueron más que hijos para él, ambos Octaviano Bravo Mejía (q.d.e.p) y Noel Ernesto Rivas Bravo, siguieron la senda del ejercicio intelectual que ha asentado la tradición familiar.

(Miércoles 7 de agosto de 2019. La Villa de Guadalupe. CDMX, México)

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